Roncesvalles, viernes 16 de agosto de 1985.

La fachada recubierta de buganvilias, los geranios en los alféizares de las ventanas, los prados ascendiendo con suavidad hasta convertirse de manera abrupta en montes con bosques de hayas, los potrillos en lontananza trotando alegres detrás de las yeguas ofrecía una apariencia que nada tenía que ver con aquello que sucedía en el interior de las instalaciones. En Larrandore, un caserío del Pirineo navarro, cercano a Roncesvalles, condujeron al excapitán Anchón Gurruaga hasta una habitación cuyo único mobiliario era una cama junto a la ventana. Los wáteres, lavabos y duchas eran comunes para los pacientes. Permanecía continuamente vigilado. Un médico, una psiquiatra, dos enfermeras y varios fornidos auxiliares, le dedicaban su profesionalidad y sapiencia para revertir el daño que el alcohol había provocado en su cerebro. Le recetaron tranquilizantes y sedantes con el propósito de aliviar y controlar los efectos de la continencia. Anchón Gurruaga permanecía todo el día tumbado en la cama, soportando con estoicismo las náuseas y las alucinaciones. «Es cuestión de tiempo. Ya pasarán», se decía a sí mismo. Estaba convencido de que no necesitaba ayuda. No le importaban los médicos, ni la psiquiatra, ni los tratamientos que tuviera que sobrellevar cada día. Sólo necesitaba aparentar que el tratamiento había sido efectivo.

Tres meses después, en la cafetería Rolando situada en la calle Correo, cercana a la Puerta del Sol, se reunió con Antonio Silva, agente del CESID. La decoración era funcional: numerosas mesas de metacrilato y aluminio, sillas tapizadas y una gran barra  con una vitrina refrigerada repleta de pinchos: callos madrileños, calamares y tortillas de varias clases. En las paredes colgaban enormes fotografías del Madrid antiguo y un casillero del que sobresalía la prensa diaria. Grandes ventanales mostraba el ir y venir de los transeúntes. Nada recordaba el atentado[1] en el que murieron trece personas y alrededor de setenta resultaron heridas. A aquella hora de la mañana, las mesas se encontraban ocupadas por los funcionarios que tomaban un tentempié y leían la prensa deportiva. Anchón Gurruaga le descubrió sentado al fondo del local, lejos de la barra, de cara a la puerta. Hacía girar entre los dedos, según habían convenido, un Montecristo apagado. Se sentó frente a él. Pidió un cortado. Antonio Silva, de unos treinta años, aspecto anodino de empleado de banca, traje azul marino, camisa azul celeste y corbata de lunares, simulaba leer el ABC. Por debajo de la mesa, le entregó un falso pasaporte de Costa Rica, un billete de Iberia con destino a Guatemala y un sobre con dos mil dólares de los fondos reservados del ministerio del Interior. Se limitó a decir:

—Te trasladarás a Tegucigalpa, en Honduras. La CIA se encargará de introducirte en las guerrillas de la contrarrevolución que te infiltrarán en territorio nicaragüense. Desconocen quién eres, ni cuál es tu misión. No contactes, bajo ningún concepto, con el comandante Otegui en la embajada de Managua. ¡Suerte!

Dobló el periódico. Lo depositó en la mesa. Se levantó. Dejó una moneda de cinco pesetas y se fue. Anchón esperó unos minutos antes de abandonar la cafetería. Estaba eufórico. Al día siguiente voló a Guatemala.

Llegó a Las Vegas, campamento base de la contrarrevolución en Honduras, situado a unos cinco kilómetros de la frontera de Nicaragua. Era un gran complejo militar financiado por los Estados Unidos, allí se agrupaban el mando estratégico de la guerrilla, la logística, las instalaciones hospitalarias donde se recuperaban los heridos que habían tenido la suerte de ser evacuados, y un inmenso campo de adiestramiento y de prácticas de tiro. No existían edificaciones, sino algunas cabañas de madera que ocupaba la comandancia, en grandes barracones de lona dormía la tropa o se atendía a los heridos, unidos entre sí por un enlosado de piedra que evitaba el barro, siempre presente.

 

[1] Cometido por ETA el 13 de septiembre de 1974

Desde que PINGUIN RANDON GRUPO EDITORIAL me propuso publicar mi novela en uno de sus sellos editoriales, todo está siendo increíble. El inicio fue el informe de lectura del primer capítulo que recogía afirmaciones como las siguientes: “Una premisa muy atractiva, bien narrada y documentada, con un personaje complejo que deberá lidiar con una situación igualmente complicada. Es un muy buen primer capítulo, intenso, que dosifica bien la información y que establece las tramas que se desarrollarán a continuación… El autor logra explicar mucho sin necesidad de extenderse: descripciones bien medidas, que ubican al lector sin detener la acción; diálogos creíbles y pertinentes, usados como vehículo para avanzar en la historia; una estructura en dos tiempos que ahorra un capítulo dedicado sólo a los motivos que llevaron a Irune hasta Managua. Los recursos literarios se ponen al servicio de la trama y se usan con inteligencia para hacerla avanzar, cerrando el capítulo con un final que promete que valdrá la pena seguir leyendo… La narración es fluida, los personajes están bien dibujados y se abren varias tramas, todas ellas atractivas para el lector… Un muy buen primer capítulo: el lector se convence de que el autor sabe bien de qué habla al describir lugares y explicar el contexto socio político. Incita a seguir leyendo.” A continuación solicitaron el manuscrito completo, y a los pocos días recibí el contrato de publicación. Lo cierto es que han apostado por un relato sobre el “realismo divino” que, aunque realiza guiños al “realismo mágico”, se decanta por la realidad de Dios en medio de la vida de los hombres: algunos le ven, la mayoría le ignora, pero Él está ahí. Un relato trepidante sobre la culpabilidad y la redención, en la que la fe y la voluntad jugarán un papel decisivo en los momentos más cruciales de la vida de las dos heroínas.
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