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—Déjalo ya. Tenemos suficiente material gráfico —gritó Alberto, cámara de TVE, mientras me dirigía hacia el edificio situado a nuestra izquierda con la fachada desparramada sobre la calle por la explosión del obús.
Le hice la señal de que aguardara un instante y él me gritó por encima del ulular de las sirenas:
—Debemos abandonar este lugar antes de que reinicien los pepinazos.
“Necesito otro punto de vista”, pensé. “La toma cenital explicará con mayor dramatismo aquello que esta pobre gente está padeciendo”. Entré en el ruinoso zaguán. Subí hasta la azotea. Enormes bloques de hormigón la bloqueaban. A mi derecha la vivienda del último piso tenía la puerta entreabierta. Entré. Avancé por el pasillo cubierto de cascotes hasta el dormitorio del fondo con ventanas a la calle, y allí encontré al anciano. Estaba sentado sobre el borde de la cama de matrimonio. La colcha, en el lugar ocupado por él, había sido retirada como si pretendiese protegerla de su polvoriento traje. Junto a él un gramófono de cuerda con la tapa levantada mantenía un disco sobre su plato sin que emitiese algún sonido. El hombre, con pipa apagada en la mano izquierda, mano derecha reposada en el regazo, piernas cruzadas, lo contemplaba como si estuviese atento a una melodía que sólo él escuchaba. De su bolsillo izquierdo sobresalía un documento cuyo contenido no alcancé a distinguir. Grandes bloques de hormigón esparcidos a su alrededor evidenciaban lo allí ocurrido.
—As-salamu aláikum —saludé, sin obtener respuesta.
Fotografié la escena mientras él se mantenía impasible. Me acerqué a la desvencijada ventana sin que el anciano moviese un sólo músculo. Enfoqué la calle repleta de coches ardiendo, gente mutilada que gritaba pidiendo ayuda y voluntarios de la Media Luna Roja que se esforzaban en la evacuación de los heridos, y tomé varias fotografías.
De regreso al Aleppo Palace Hotel redacté la crónica para mi periódico, y acto seguido descargué en el portátil la tarjeta de memoria de mi cámara Canon. Inicie la búsqueda de la imagen perfecta que ilustrase el artículo. Cada una de las fotografías tomadas podrían pertenecer a la sesión fotográfica de cualquier otro día de guerra: cuerpos mutilados por la metralla, civiles aplastados bajo los cascotes e imágenes de niños bañados en sangre. Estas últimas solían ser las preferidas por mi editor. Nada nuevo. Pulse la tecla de “siguiente” y apareció sorpresivamente el anciano sentado sobre la cama junto al gramófono antiguo, con su pipa apagada. Aquella escena carecía de muertos, de cuerpos mutilados; ni siquiera mostraba una simple gota de sangre que rompiese la armonía gris de aquellos colores desvaídos del cromatismo del blanco y negro, aunque era en color, reveladora de todo lo ominoso que la guerra atesora. Ninguna de las miles de fotografía tomadas a lo largo de los veintitantos años de carrera profesional, como fotoperiodista, visualizaba mejor que esta aquello que eufemísticamente denominamos “daños colaterales”.
Durante unos instantes experimenté profunda tristeza en mi encallecida alma. Me había acostumbrado a ejercer mi oficio en medio del dolor ajeno, como aquel que contempla lo que acontece en casa de otros a través de una ventana, o como quien asiste a la proyección de una película que olvida en cuanto abandona la sala de cine. Aquel viejo sentado sobre el borde de la cama desafiaba todos los mecanismos de autoprotección que me habían salvaguardado durante años cuando regresaba a las cómodas habitaciones de hotel desde donde escribía mis crónicas. Sabía que con un par de güisquis conciliaría el sueño hasta el siguiente día, en el que todo volvería a ser igual de horroroso y falto de sentido que el día de antes, y el anterior a este, hasta el mismo instante en que Caín asesinó a su hermano Abel.
¿Quién era aquel hombre? ¿Qué hacía allí? ¿A quién esperaba? Me causó un profundo dolor la certidumbre de que nunca conocería las respuestas. Experimenté el repentino impulso de regresar e incluir su historia en mi crónica, pero en aquel mismo instante llamaron a la puerta y Alberto dijo excitado que habíamos conseguido permiso para acompañar al ejército sirio en su asalto final al barrio de Yakhur para desalojar a las tropas rebeldes.
Aquella fotografía causó un impacto impredecible en los lectores del ABC. Con ella fui nominado y obtuve el premio internacional Pulitzer de fotografía, pero hubiese renunciado con gusto a la fama y a los honores que esa imagen reportó a mi carrera profesional por unos pocos minutos de conversación con aquel hombre de Alepo.
***
Mouhamed Whuidar llegó a Alepo con catorce años. La ciudad florecía bajo el dominio turco y él deseaba prosperar. Entró como aprendiz en el más prestigioso taller de sastrería, junto a la Gran Mezquita. El joven estaba dotado de una habilidad excepcional para el corte y confección de trajes de hombre. Los ricos comerciantes exigían que fuera Mouhamed quien se encargara de sus trajes occidentales. Con veinte años ya era socio del negocio y disponía de suficientes ahorros para comprar una vivienda en el barrio de Yakhur, al este de Alepo. Allí fijó su residencia, tras su matrimonio con Selda. Fueron padres de cinco hijas. A la muerte de Bassam Hussein, fundador de la sastrería, se convirtió en el único y rico propietario. El matrimonio participaba en todos los actos culturales y benéficos que se celebraban en la ciudad y Selda se vanagloriaba de que sus hijas estudiasen en el prestigioso y exclusivo colegio francés para señoritas, fundado durante la administración colonial francesa.
Una mañana Selda llegó al lujoso apartamento con un antiguo gramófono de cuerda protegido por una primorosa caja de madera tallada, que según el vendedor había pertenecido al gran Enrico Caruso, acreditado por un documento que exhibió emocionada ante su marido, que hizo enmarcar y colocó en una de las paredes del dormitorio. Desde aquel día, su pasión era descubrir viejos discos de ópera en los bazares, que escuchaba mientras le servían el desayuno en la cama.
Tras su jubilación, Mouhamed daba diariamente largos paseos matinales y a su regreso se sentaba en el borde de la cama a fumar su pipa mientras escuchaba las arias con sonido añejo. Selda le gritaba:
—Amor, retira la colcha. Por favor, no te sientes sobre ella, que la estropeas.
Mouhamed se levantaba con lentos movimiento de viejo y obedecía a su mujer. Cada día igual, siempre lo mismo, hasta convertirse en rutina de vida: regresaba de los paseos, cruzaba las piernas, sacaba la pipa, la encendía, posaba la otra mano sobre el regazo y se sumergía en recuerdos de juventud y nostalgia. A media mañana tomaba un taxi y marchaba a la sastrería que dirigía su hija mayor, y regresaba a la hora de la comida. Cuando empezaron los combates, el edificio en cuyos bajos estaba situada la sastrería fue destruido por un bombardeó de la aviación rusa. Murieron todos los empleados y sus cinco hijas. A medida que la guerra se hizo presente se fueron acabando los suministros y era imposible conseguir algo de comida, o tabaco para la pipa.
Aquella mañana el reloj de la desgracia se puso inexorablemente en marcha. Había caminado unos quinientos metros cuando un conocido le advirtió del francotirador que abatía a los transeúntes, al doblar la esquina siguiente. Se detuvo. Entonces escuchó la grandísima explosión. Todos los cristales de las viviendas colindantes se convirtieron en cuchillos mortales. Ni uno sólo le alcanzó. La onda expansiva lo derribó y sus oídos comenzaron a emitir un infernal pitido. La gran nube de polvo avanzó hacia él como una riada y le cubrió de polvo blanco. Su corazón inicio un desbocado latido. Entonces escuchó el griterío, el sonido de los cláxones y el ulular de las sirenas. Corrió hacia su domicilio deseando estar equivocado. Frente al edificio varios coches ardían y la calle estaba repleta de víctimas que gritaban entre los cascotes de la fachada que se había desplomado sobre ellos. Avanzó trastabillando, sorteando cadáveres de niños y mujeres mutiladas. El edificio estaba sin luz. El aire, saturado de polvo, presentaba un fuerte olor metálico y a gas. Era irrespirable. Ascendió todo lo rápido que le permitían las piernas. Tuvo que valerse del encendedor Zippo para introducir la llave en la cerradura y avanzó sobrecogido por el pasillo en dirección al dormitorio. La habitación estaba en ruinas, pero no encontró a Selda. Recorrió la casa llamándola a gritos, sin obtener respuesta. Al entrar en el cuarto de baño la encontró en la bañera. Un gran bloque de hormigón la había aplastado. Él murió allí mismo con ella. Regresó a la habitación. En el suelo encontró el marco roto con el documento que acreditaba la pertenencia del gramófono al gran Caruso. Recogió el papel y lo guardó en el bolsillo. Apartó la colcha, se sentó en la cama, sacó la pipa del bolsillo, cruzó las piernas, apoyó el otro brazo sobre el regazo, y comenzó a escuchar a María Callas interpretando “O mio babbino caro” de Puccini, a la espera de su amada Selda.
Por Arturo Ortega Ibáñez.

Desde que PINGUIN RANDON GRUPO EDITORIAL me propuso publicar mi novela en uno de sus sellos editoriales, todo está siendo increíble. El inicio fue el informe de lectura del primer capítulo que recogía afirmaciones como las siguientes: “Una premisa muy atractiva, bien narrada y documentada, con un personaje complejo que deberá lidiar con una situación igualmente complicada. Es un muy buen primer capítulo, intenso, que dosifica bien la información y que establece las tramas que se desarrollarán a continuación… El autor logra explicar mucho sin necesidad de extenderse: descripciones bien medidas, que ubican al lector sin detener la acción; diálogos creíbles y pertinentes, usados como vehículo para avanzar en la historia; una estructura en dos tiempos que ahorra un capítulo dedicado sólo a los motivos que llevaron a Irune hasta Managua. Los recursos literarios se ponen al servicio de la trama y se usan con inteligencia para hacerla avanzar, cerrando el capítulo con un final que promete que valdrá la pena seguir leyendo… La narración es fluida, los personajes están bien dibujados y se abren varias tramas, todas ellas atractivas para el lector… Un muy buen primer capítulo: el lector se convence de que el autor sabe bien de qué habla al describir lugares y explicar el contexto socio político. Incita a seguir leyendo.” A continuación solicitaron el manuscrito completo, y a los pocos días recibí el contrato de publicación. Lo cierto es que han apostado por un relato sobre el “realismo divino” que, aunque realiza guiños al “realismo mágico”, se decanta por la realidad de Dios en medio de la vida de los hombres: algunos le ven, la mayoría le ignora, pero Él está ahí. Un relato trepidante sobre la culpabilidad y la redención, en la que la fe y la voluntad jugarán un papel decisivo en los momentos más cruciales de la vida de las dos heroínas.
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