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Río Coco, frontera entre Honduras y Nicaragua, jueves 3 de julio de 1986.

El grupo guerrillero integrado por treinta comandos, entre los que se encontraban Anchón y Lobato, abandonó el campamento de Las Vegas. Cargaban a la espalda una mochila que pesaba alrededor de cincuenta kilos; en ella portaban la munición para los fusiles, las granadas de mano, ocho cargadores con veinte balas cada uno, el cuchillo de comando, una radio Walkie Talkie con cuatro docenas de baterías, brújula, prismáticos, botes de comida de campaña, una caja metálica de primeros auxilios, un poncho impermeable, un poncho sábana y una hamaca. Tenían asignada la misión de desestabilizar Zelaya Norte, particularmente en Walpasiksa, Seven Benk, Bismuna y Prinzapolka, territorio nicaragüense. Debían volar las dos turbinas de la planta hidroeléctrica de Centro América en Jinotega y las torres de alta tensión. No era fácil cruzar el río Coco porque el enemigo estaba alerta, dispuesto a diezmar y a perseguir en territorio nicaragüense a la Contra invasora; las unidades militares cambiaban sus posiciones en la ribera continuamente.

Al abandonar el campamento Las Vegas en Honduras, Anchón empezó a sentirse mal, pero no dijo nada; le costaba trabajo seguir el ritmo de los compañeros. Trastabillada, se detenía a cada paso y, con su andar lento y pesado arrastraba los pies como si patinara sobre el terreno. Tras una hora de marcha llegaron al puesto de vigilancia de la frontera, en la llanura fluvial tapizada de arbustos, a cien metros de la ribera del río Coco, en la que se habían cavado trincheras protegidas con sacos terreros y se mantenía una guarnición de cuarenta comandos pertrechados para repeler cualquier ataque del ejército. Desde su posición divisaban, arribados entre los cañaverales y los juncos de la orilla, los pequeños botes y canoas que habían arrebatado a los sandinistas. Se detuvieron lo justo para cargar seis botes entre grupos de cinco. Anchón no pudo cargar con el suyo. La arcada le hizo caer de rodillas y necesitó ayuda para incorporarse. Después vinieron los escalofríos, la tiritona y unos dolores generalizados en los músculos y articulaciones que le impedían mantenerse derecho. La mochila tiraba de Anchón hacia el suelo. El paramédico le tomó el pulso y comprobó que tenía la fiebre alta. Había contraído la malaria. Le recomendó regresar a Las Vegas, pero  Anchón Gurruaga decidió continuar.

Cruzaron en bote el río Coco por un lugar llamado Bolinche, aprovechando la luna nueva. La corriente los arrastró cientos de metros y tuvieron que esforzarse en el manejo de los remos para no desviarse demasiado. Los saltos de agua aliviaron el fuego que Anchón sentía en el rostro. Escondieron los botes en los cañaverales y se adentraron en Nicaragua. Avanzaron en silencio por la parte cercana al cauce del río que se abría paso entre pequeñas colinas que delimitaban la selva y una estrecha franja de terreno aluvial donde crecían los cañaverales. Desconocían la orografía del terreno. La oscuridad de la noche los obligó a permanecer sujetos con una mano en la mochila del compañero que iba delante de cada uno de ellos. Un batallón sandinista ocupaba lo alto de la colina que tenían a la izquierda. Oían las conversaciones y las risas. Se detuvieron por un momento. Entonces, nítido y lúgubre, el canto de la lechuza emergió en el murmullo de la noche. Algunos pensaron que era un mal presagio; Lobato auguró que la masacre era inminente. No se equivocaba. El comandante dio la orden de avanzar hacia el barranco que se encontraba frente a ellos. La delantera tropezó con el fino hilo de una mina claymore[1]. La metralla se proyectó en forma de abanico a medio metro de altura del terreno. Alcanzó en el estómago a varios hombres que cayeron muertos. Habían entrado en terreno minado. Los cuerpos saltaban por el aire en medio de nubes de polvo y humo que convertían las tinieblas en día, en la coreografía de un baile dantesco. La noche se inundó de explosiones y gritos, el aire adquirió un perfume de pólvora y sangre. Una ratonera de la cual era imposible escapar.

Los sandinistas dominaban la loma, los pocos comandos que se mantenían ilesos no tenían donde resguardarse. Anchón empezó a correr en zigzag mientras disparaba.

—¡Valerio, ve hacía el río! —Lobato le gritaba entre los cañaverales, sin dejar de disparar. —¡Yo te cubro. No te detengas! ¡Corre hacia el río! ¡Guíate por mi voz!

Vació los cargadores contra los sandinistas que descendían a la carrera, colina abajo. Anchón detectó al capitán: corría intrépido al frente de los hombres. Apuntó hacia él y disparó antes de desaparecer junto a Lobato en la corriente del río. No llegó a ver como un gigante albino protegió al capitán con su cuerpo. Marco enloqueció. Juró que vengaría a su amigo Stuart. Ordenó disparar insistentemente en la dirección de los dos comandos, aunque resultaba imposible distinguir, entre las tinieblas de la noche, la corriente brava de las aguas. Desde el campamento instalado en lo alto de la colina, dos escuadras bordearon el río siguiendo la dirección que habían tomado los dos huidos. Los perros  iniciaron de inmediato la cacería.

Anchón empeoraba por momentos. A la fiebre alta y a los dolores por todo el cuerpo, se sumó una cefalea que le impedía mantener los ojos abiertos. Sentía palpitar el cerebro. Agarrado a un tronco, se dejó llevar por la corriente a lo largo de varios kilómetros.

 

[1] La M18A1 Claymore es una mina antipersonal direccional usada por las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos desde la Guerra de Vietnam. Fue diseñada entre 1952 y 1956 principalmente Norman A. Macleod, quien le puso el nombre en honor a una gran espada escocesa. A diferencia de una mina terrestre convencional, la Claymore es direccional y activada por control remoto, de forma que cuando es detonada dispara una lluvia de bolas metálicas hacia una zona determinada (zona de muerte) de forma similar a una escopeta. Es usada principalmente como dispositivo anti-infiltración contra infantería enemiga. La M18A1 Claymore tiene el tamaño de un ladrillo pequeño (216×124×38 mm) y pesa poco más de 1,5 kg. Tiene una carcasa de plástico verde horizontalmente convexa, cuya forma fue resultado de experimentar la distribución óptima de sus fragmentos a una distancia de 50 metros. Cuenta en la parte inferior con un par de patas de tijera para poder colocar la mina en el suelo verticalmente. En la parte superior se encuentran las dos entradas para el detonador, a ambos lados de la mina, en ángulo de 45º. Internamente la mina contiene una capa de explosivo C-4 (680 gramos) tras una matriz de unas 700 bolas de acero de 3,2 mm de diámetro fijadas con resina epoxi. Cuando la M18A1 es detonada, la explosión proyecta la matriz de bolas hacia adelante a una velocidad de 1.200 m/s (al mismo tiempo que rompe en fragmentos individuales) formando una nube de proyectiles con forma de abanico de 60° que alcanza casi 2 m (6,5 pies) de altura y 50 m de anchura a una distancia de 50 m. La fuerza de la explosión deforma las bolas a una forma similar a un proyectil .22 Long Rifle. Estos fragmentos son letales hasta 50 m, moderadamente efectivos hasta 100 m y pueden llegar hasta 250 m distancia.

Desde que PINGUIN RANDON GRUPO EDITORIAL me propuso publicar mi novela en uno de sus sellos editoriales, todo está siendo increíble. El inicio fue el informe de lectura del primer capítulo que recogía afirmaciones como las siguientes: “Una premisa muy atractiva, bien narrada y documentada, con un personaje complejo que deberá lidiar con una situación igualmente complicada. Es un muy buen primer capítulo, intenso, que dosifica bien la información y que establece las tramas que se desarrollarán a continuación… El autor logra explicar mucho sin necesidad de extenderse: descripciones bien medidas, que ubican al lector sin detener la acción; diálogos creíbles y pertinentes, usados como vehículo para avanzar en la historia; una estructura en dos tiempos que ahorra un capítulo dedicado sólo a los motivos que llevaron a Irune hasta Managua. Los recursos literarios se ponen al servicio de la trama y se usan con inteligencia para hacerla avanzar, cerrando el capítulo con un final que promete que valdrá la pena seguir leyendo… La narración es fluida, los personajes están bien dibujados y se abren varias tramas, todas ellas atractivas para el lector… Un muy buen primer capítulo: el lector se convence de que el autor sabe bien de qué habla al describir lugares y explicar el contexto socio político. Incita a seguir leyendo.” A continuación solicitaron el manuscrito completo, y a los pocos días recibí el contrato de publicación. Lo cierto es que han apostado por un relato sobre el “realismo divino” que, aunque realiza guiños al “realismo mágico”, se decanta por la realidad de Dios en medio de la vida de los hombres: algunos le ven, la mayoría le ignora, pero Él está ahí. Un relato trepidante sobre la culpabilidad y la redención, en la que la fe y la voluntad jugarán un papel decisivo en los momentos más cruciales de la vida de las dos heroínas.
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