Ayer lo hice otra vez. Llegué al cine con demasiada anticipación. Demasiado es, para que tenga una idea exacta, cuarenta y cinco minutos antes. Me alcanzaba el tiempo para salir a caminar por el centro comercial o ir a comer algo al Fast Food Court (ya sabe, ahí donde eliges entre muchas opciones de mala comida y te sientas en una mesa incómoda rodeado de una multitud), pero me detuvo un infundado temor: quizás la película empezara antes y yo no estaría allí para verla. Era más que improbable, pero me quedé sentado porque prefiero, en general, esperar lo imposible.
Toda una definición de vida. Ya sé, ya me di cuenta ni bien lo estaba pensando. Y lo dije; espero que aprecie mi apertura incondicional.
Parafraseando a la canción, siempre llego temprano donde nunca pasa nada. No puedo evitarlo. Ojalá pudiera decir que es un rasgo de civilidad: el respeto por el que espera y todo eso, pero no. Eso está, sí, pero antes hay otras certezas. La de la responsabilidad indiscutible, como si la puntualidad fuera un artículo de fe. Y quizás un recuerdo instintivo de mis ancestros, el de las filas a la espera del reparto de comida o algo peor. El orden de llegada significaba allí la diferencia entre la vida y la muerte. Si usted ha tenido oportunidad de observarlo, habrá visto que eso tenemos en común los argentinos: hacemos filas, largas filas donde no es necesario, como en el embarque de los aeropuertos. Son pocos los beneficios que se obtienen al entrar antes, acomodar mejor los bultos, tal vez no hay ningún otro, pero nos formamos y desarrollamos una susceptibilidad extrema ante los aprovechados que tratan de adelantarse.
Entonces llego antes. Lo prefiero, me causa mucha angustia llegar sobre la hora o tarde. Bueno, nunca he llegado tarde a ningún lado, así que no sé lo que se siente.
He desarrollado distintas tácticas para llenar mis tiempos de espera. La principal: un estado meditativo paciente y resignado. Mi carácter se ha formado en la espera. Mi temperamento es hijo de la puntualidad y la paciencia. Pero jamás he desafiado el mandato de estar allí antes de que las cosas sucedan. Anote, doctor, no puedo prometerle que estas ocurrencias vuelvan a salir a la luz de nuevo.
Mi relación con el tiempo es tormentosa. Mientras vivo obsesionado con la puntualidad, lo que me obliga a una logística certera, de relojería, en las acciones cotidianas, en lo que respecta a mi vida en conjunto, me comporto de manera diferente. Paradójica, o muy lógica, usted dirá.
Vivo como si mi existencia tuviera la extensión de la vida de un duende. Como si cientos de años me esperasen para realizar mis sueños, como si el cumplimiento de las etapas de la vida se pudieran dar en cualquier momento, como si la muerte o la resignación no entraran jamás en consideración. Así llego tardíamente a las cosas que la mayoría ya ha hecho hace mucho. A tiempo, o por lo menos lo que se considera como normal. No voy a definir “normal”, usted me entiende. Seguir creyendo en Santa Claus a los veinticinco años no es lo normal, y seguro desembocará en una decepción tardía. Rara. No, yo no creo en Santa Claus, pero creo en otros disparates comparables, como el amor o la justicia humana.
Usted se va a reír, se lo advierto, pero la única consecuencia positiva de esto es que mi cuerpo envejece despacio, sea porque se ha acostumbrado conmigo a no tener en cuenta el tiempo global, o porque tal vez se prepare para lo que viene, que es lo mejor, aunque llegue muy tarde. Se lo advertí. Ríase tranquilo.
No sé dónde debería estar en este momento de mi vida, qué es lo que corresponde a mi edad. Sé a qué hora debo llegar a mi próxima cita y la combinación de medios de transporte para llegar temprano. Sé donde sirven el mejor café cerca para la espera. Sé en qué página dejé de leer el libro que cargo para esos momentos. Pero no sé si voy a llegar a tiempo a hacer lo que quiero hacer antes de morir de anciano. No sé cuánto me falta para envejecer tampoco. Aunque ya va siendo hora.
¿Se trata de una paradoja o hay alguna conexión entre ambos sentidos caprichosos del tiempo? No puedo evitar sentirme en este punto desviado de la normalidad, aunque tampoco me preocupa demasiado. No hay un real sufrimiento. Sólo el comprobar que el resto de la gente es diferente me causa una cierta ansiedad, pero nada más. En realidad no sé porqué se lo cuento, entonces, pero es bueno que usted lo conozca. Quizás aquí esté la puerta que conduzca a otros descubrimientos que usted considere más… trascendentes, no sé. ¿Qué piensa?
Ah, disculpe. Ya es la hora. ¿Anotó, no? Porque no me voy a acordar donde dejé. Es increíble como pasó la sesión.
No hace falta decir que el tiempo se me va de las manos a veces.

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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