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Él creía que la explicación de su interior en palabras podía modificar la realidad. Como un sacerdote que predica en voz alta frente a un pueblo hostil que ni siquiera entiende su idioma, su fe se basaba en la jerarquía ética de de sus intenciones y en la magia sagrada del término exacto. Para él la palabra era arte y una divinidad fantasmal, que podía corporeizarse para acariciar y curar.
Ella hacía un uso prudente del lenguaje, un elemento volátil y peligroso, que servía para poner cimientos, construir muros o destruir lo hecho con la fuerza de un fenómeno natural desencadenado. Guardaba celosamente sus emociones y su historia en una caja labrada de acceso restringido. Había alcanzado una felicidad fuera del estruendo. Su vida le sugería que era más deseable un silencio bien construido que un cataclismo bien expresado.
Él le decía te amo como quien se desnuda con naturalidad en la intemperie: sin pudor, sin trabas, con un orgullo inocultable. Había en su actitud una irreverencia desafiante que podría ser confundida con liviandad.
Ella, en cambio, sabía que las palabras son hechos. No se puede decir “te amo” sin que el mundo se conmueva. Sin que se rajen las murallas. Sin desatar una fuerza subversiva que puede acabar en una tempestad.
A él le bastaba amar, aunque saberse amado le habría anticipado el Paraíso.
A ella le bastaba ser amada, aunque amar le habría devuelto la emoción que ya creía innecesaria y perdida.
Ellos hablaban y se entendían en el diálogo paradójico de dos universos destinados a colapsar al encontrarse. Él a veces sentía que sus parrafadas resbalaban sobre una superficie lisa sin grietas. Ella percibía que sus cerraduras eran invadidas por miles de llaves y, de vez en cuando, alguna encajaba. Él siempre estaba a punto de rendirse, ella siempre a punto de bloquearse. Él fue perdiendo la fe en su trova romántica y sincera, ella trataba de reconocer la trampa que le devolviera la paz.
Los sorprendió el silencio cuando ambos dejaron de confiar en la efectividad de las palabras. Él comenzó a escucharse hablar, más para los oídos de ella que desde su propio corazón. Ella comenzó a hablar sin escuchar, siguiendo el hilo de su pensamiento e ignorando la posibilidad de responder. Perdieron el poder de explicarse, de modificar cualquier distancia, cualquier lapso y se quedaron solos rumiando las frases que los justificaban. Perdieron la fe en el amor, en el otro, en los destinos que parecen manifiestos.
Se extrañan desde entonces, cada uno a su manera. Cautivos de sus propias mitologías, perdieron el futuro juntos que nunca se animaron a nombrar.

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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