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“Yo recuerdo a menudo a mi gran amor. Y lo recuerdo en sueños también, tan vívidos que despierto agitada.
Claro, ¿qué te piensas? Los jóvenes creen que los ancianos tenemos en mente otras cosas. Que nuestros sueños son en blanco y negro y que fantaseamos con manteles de encaje de bolillo o comida para gatos. La única diferencia, querida, es que nuestros recuerdos están lejos, pero están hechos de lo mismo que hoy te podría agitar a ti. Recuerdos de piel y de pasión, de ilusiones y también de fracasos.
Mi gran amor, que no fue mi esposo, con quien fui moderadamente feliz, era un viajante. Tenía los ojos claros y los hombros anchos. En él nada era moderado. Me daba vértigo. Cuando ya nos conocimos era tarde, no era fácil para mí dejar todo y seguirlo. Tampoco él quería eso. Parecía conformarse con nuestros encuentros, en los cuales incendiábamos las sábanas, querida. No hay manera de contarlo sin excederse. No te imaginas. O sí, tal vez lo has vivido.
Pienso en él y recuerdo nuestras escenas. Detrás de estos ojos débiles, que parecen idos, hay una hoguera, querida”.

“Esas palabras son las últimas que recuerdo de la señora Esther. Más o menos eso dijo; tal vez alteré una o dos cositas involuntariamente, pero creo recordarlo muy bien. Como luego de esa charla conmigo se durmió y ya no despertó, es posible que sea lo último que haya dicho en esta vida.
Días después de aquella charla conocí a su hijo, que vino por las cosas de la anciana. Es un joven apuesto, de ojos claros y hombros anchos.
Debo decir que fue un encuentro explosivo. De la nada comencé a temblar. Nunca me había pasado antes. Su sola presencia bastó para alterarme completa. Ansié, te lo juro, desgarrar mi ropa y frotarme contra él. Mi mente se descarrió, como si estuviera inmersa en un caldero y no pudiera regularse. Me da un poco de vergüenza contártelo, pero no podrías entender nada de lo que pasó después si no me refiero a ese comienzo. Nunca dudé, desde el primer instante, que ese hombre cambiaría mi vida, para bien o para mal. No existió la distancia más que como una vivencia dolorosa. Lo que quise desde el primer momento fue zambullirme en él, abrigarme con su olor, ser desgarrada por el placer que, sospechaba, sería supremo.
Se dio cuenta, claro. No tuvo que esforzarse para nada. En segundos tenía mi teléfono y la promesa de una cita sin condiciones, donde él quisiera y como él quisiera.
Y así empezamos. No puedo explicar mejor lo que sucede entre nosotros que como una combustión. Donde él es el fuego y yo la madera que consume”.

“Cuando Lupe me contó cómo conoció a ese hombre, ya parecía haber partido sin retorno. Había en sus ojos una especie de manía; en sus rasgos todos los signos de una enfermedad que la estaba corroyendo. Ya no era la enfermera formal y dedicada que cuidaba su apariencia de forma casi monacal. Empalidecía y se ruborizaba varias veces por minuto, como si su sangre bombeara o desapareciera de acuerdo al hilo de la narración.
Se había convertido en otra persona. O quizás había dejado de ser Lupe para ser una criatura dependiente, la extensión de la voluntad de otro.
Recuerdo haberla visto una vez con él. Estaban en un café y cuando entré, elegí no hacerme ver. Me senté en una mesa retirada, a espiarlos. Él sin duda es un hombre muy guapo, un seductor que conoce el oficio, desde la manera de peinarse hasta los pequeños movimientos de sus dedos. Alguien en control, ¿me explico? Y ella: un espejo deslucido. Inclinada sobre la mesa como si necesitara respirarlo, lo observaba y se movía de acuerdo a los gestos de él. Parecía que en cualquier momento atravesaría la mesa y se aferraría a su amante, desesperada, hambrienta.
De vez en cuando él parecía sentirse incómodo. Yo lo estaría, porque Lupe parecía un yonqui fuera de control. En un movimiento rápido y seguro, él la tomaba de una muñeca y le hablaba a los ojos. La reprendía, la amenazaba, no podría decirlo, pero eso parecía. Ella se quedaba inmóvil, pero no recobraba la compostura. Le duraba unos segundos hasta el próximo llamado de atención.
Como yo era habitué de ese café pude establecer la rutina que ellos seguían allí. Se encontraban dos veces por semana siempre a la misma hora, un rato antes del atardecer. Seguí observándolos, siempre escondida, con una cierta fascinación, aunque consciente de que Lupe corría peligro.
Unos meses después de ese primer encuentro, me llamaron para reconocerla en la morgue. Se había tirado de un balcón. Eso dicen. No sé si él estuvo allí, pero en persona o en ausencia, él la empujó”.

Nota encontrada entre las pertenencias de la señora Esther Páez, dos días después de su deceso:
“El momento de revelar la verdad es, a veces, cuando ya a nadie le interesa. Cuando todos olvidaron los sucesos. Pero próxima a partir, siento que debo liberarme de esta carga.
Martín ha sido el amor de mi vida, por supuesto, aunque nunca se lo conté a nadie. Recién hace un par de noches una enfermera, atenta conmigo como ninguna hija lo sería, me escuchó decirlo y yo me escuché decirlo por primera vez.
Lo que no le dije y dejo ahora por escrito, es que ese amor también fue mi maldición. Me consumió como un cáncer; pero aun el cáncer brinda momentos de paz, mientras crece en las sombras. Con Martín no existía más que la excitación y el vértigo descontrolados. Era como tener de amante al demonio mismo.
Supe un día que la única manera de liberarme de él sería acabar con él. Y eso hice. Lo envenené despacio. Nadie se dio cuenta. Nadie lo extrañaría. No me descubrieron.
Me había quedado en el vientre su único regalo. Lo único que no tomó para él de mí, sino que ayudó a dármelo. Lo crié como hijo de mi esposo, que sospechaba, seguramente, pero nunca dijo nada.
La vida quiso tomarse revancha. He reproducido al monstruo, lo he duplicado sin sospecharlo. Basta mirar sus ojos, lo que produce en las mujeres que elige, para darse cuenta que Martín aún acecha.
No le den esta carta a mi hijo. No está dirigida a él ni a nadie.
Es sólo una confesión para dejar de soñar. Y poder dormir en paz”.

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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