Esta historia es real, en el sentido de que la recuerdo tal cual, pero pudo haber sucedido cualquier otra cosa, aunque ya no importa. De todos modos lo real no parece ser una categoría aplicable a los recuerdos, más cercanos a una ensoñación que a la historia. Sin embargo, la memoria está intacta en un cajón secreto al que sólo se accede por vías sospechosas: la música o la hipnosis.

 Entre las vaguedades de mi infancia solitaria, ocupada de ilusiones y castigada por algunas realidades, recuerdo que los veranos me resultaban amenazantes. En cambio, la rutina del frío y del colegio era cómoda. El día completo tenía un sentido regulado por la agenda. Hasta la hora de los juegos tenía su lugar indiscutido. Yo era un buen alumno, curioso y esforzado, excepto para la asignatura de gimnasia, que consistía en el cumplimiento de una fantasía fascista regulada por un profesor sin motivación, donde destacaban los habilidosos y los demás mordíamos el polvo.
El verano tenía un cierto parentesco con las clases de gimnasia. Era la época del año donde el liderazgo infantil era de los hiperquinéticos extrovertidos. No eran propicios los días para los introvertidos, tímidos y excedidos de peso como yo. Recuerdo haber deseado la lluvia día tras día, con su naturaleza igualadora, que me permitía estar adentro y jugar si necesidad de moverme demasiado.
Mis padres imaginaron un verano que mandarme a una  colonia de vacaciones sería la solución. Así como hay quien piensa que se enseña a nadar arrojando al agua al que le teme, consideraban que mi timidez se disiparía insertándome en un grupo de niños sanos, donde todos eran desconocidos y, según yo, probablemente hostiles. No fue una buena idea. Ese lugar condensaba los inconvenientes de la estación para mí. En una alberca pequeña saltaban demasiados niños, como si estuvieran hirviendo en una sopa cargada. Yo contaba las horas, en un rincón, sin atreverme a socializar. Luego del chapuzón, había actividades en un salón de gimnasia. Allí era más tolerable. Generalmente se trataba de juegos grupales y el reparador momento de la merienda.
Fue en ese salón, no puedo precisar si a los cinco o seis años, cuando descubrí una nueva y perturbadora dimensión de la vida.
Ni siquiera recuerdo si ella era joven o bella. Recuerdo su energía, si es que existe tal cosa, pero no su aspecto. Coordinaba los juegos y nos ayudaba con la comida y la ropa. Había pasado desapercibida para mí hasta aquella tarde.
Sentada en medio del salón, con las piernas cruzadas casi en posición de flor de loto, cantaba y dirigía al coro desmadejado de niños inquietos. Tal vez por la dinámica de un juego invitó a uno de los niños a sentarse sobre sus piernas, quedando el afortunado de espaldas a ella, en su regazo. Sentí entonces un raro impulso interno, acompañado de un calor que me subía a la cara, como cuando tenía que enfrentar a un desconocido y hablarle, pero ese calor era nuevo, agradable. Levanté la mano y pedí ser yo el próximo. Con insistencia sospechosa, nada coherente con mi timidez. Ese lugar sobre sus piernas, ese refugio de piel cálida, se había convertido de repente en una promesa de placer indefinido. Sentía hormigas bajo la piel. Prisa, entusiasmo, misterio y revelación a la vez.
La señorita a cargo me miró. Invitó al niño a salir de su regazo y cambió el juego. No sé si entendió mi perturbación o fue una reacción instintiva. O quizás no me registró en absoluto. Después de todo éramos una horda de pequeños revoltosos transpirados a los que apenas podía mantener en paz en ese salón demasiado caluroso.
La impresión de aquella tarde, que había despertado en mis células una información que tal vez debería haber estado latente unos años más, se prolongó por días. Los juegos no se repitieron, la señorita no hizo nada más que hoy pueda recordar. Pensé en aquel momento que mi emoción había roto un encantamiento. Se manifestaron, de manera bíblica, el exceso y la culpa de manera sucesiva, inmediata. Aquel lugar de castigo se había convertido en la promesa diaria de una sensación sin nombre ni control aún.

No recuerdo a esa mujer, ni su nombre ni su aspecto, pero aún puedo sentir con precisión ese confuso y luminoso despertar. Desde entonces he estado en otros regazos, he experimentado el cumplimiento de aquella promesa original, y sé lo que se siente. Aquello que ese niño tímido y obeso, introvertido y fantasioso, apenas vislumbró.

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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