Al despertar se descubrió tratando de prolongar la sugestión que el sueño había instalado en sus sentidos. Un armado complejo y expresivo que contradecía toda lógica, pues solemos creer que los sentidos y sus tentaciones están ligados a la vigilia.
Confuso aún pero entrenado en la alerta, interrumpió ese relato de su inconsciente, sobre el cual aún no tenía un juicio. No se trataba de esos sueños que abundaban en su juventud, de los cuales despertaba derramado entre convulsiones. No, no había existido esa lujuria desatada de las cadenas del celibato, que lo sumía en la vergüenza y que la penitencia apenas podía acallar. Pero a medida que volvía en sí se preguntaba qué tentación sería la peor para su espíritu.
El padre Juan había soñado que descansaba en el regazo de la señora M., la dama que asistía puntualmente a misa de once los domingos y se confesaba unos quince minutos antes. El recuerdo perfecto que luchaba entre conservar y borrar era el de una oscuridad tenue, un olor humano suave, afinado con un perfume dulce (que inundaba su confesionario, donde se demoraba hasta casi comenzar tarde la misa), y unas manos tibias que acariciaban su rostro. Un sueño que no era un recuerdo, sino una composición de la mente con el auxilio de retazos proporcionados por los sentidos. En el sueño ella le hablaba, aunque no podía recordar sus palabras, si el calor de un mensaje apaciguador. Sus labios y sus ojos le hablaban, y él se sentía como ante la presencia de una divinidad. En este punto su piel se erizó. El indefinible erotismo de su sueño ya orillaba la herejía.
Pasó cavilando todo el día, el mismo que había comenzado en el ambiguo territorio de los sueños. No estaba preparado para un dilema que no se había hecho presente en sus meditaciones hasta el momento. No se trataba del minucioso desmantelamiento de su orgullo, que había iniciado en su primera juventud como estudiante de seminario. Ni de la duda metódica acerca de la existencia de Dios y la verosimilitud de las Escrituras, que manejaba a tropezones con la fe. Y parecía no tener relación alguna, a pesar de su primera impresión, con la difícil, a veces lacerante, decisión de su privación sexual. ¿Cómo se había instalado en su mente y tocaba a las puertas de su espíritu un sueño, una fantasmagoría hecha con jirones de una realidad inadvertida, fragmentaria e insignificante hasta hoy?
Cada vez que cerraba los ojos, muy a su pesar, estaba otra vez en su regazo. Quizás era un recuerdo involuntario de su infancia, pero no le parecía la señora M. comparable a su madre. Y le desagradaba la idea. ¿Por qué? ¿Qué otra cosa podría ser? Una persona más entre otros fieles, de quien conocía su confesión serena, libre de revelaciones escandalosas. Una “pecadora leve”, como solía llamarla para tranquilizarla a la hora de la contrición. Leve en sus pecados, pero enorme en su tentación, ahora podía comprenderlo.
Quizás en su sueño él era quien se confesaba y a ella le tocaba reconfortarlo. Una realidad especular. Alterna. Le agradó esa conclusión y se apaciguó. Hasta sintió un poco de orgullo por su ocurrencia.
El domingo siguiente ella no asistió a misa.
Se descubrió distraído en algunos pasajes claves del oficio. Los feligreses debieron haberlo notado. Lo que creía analizado e inventariado en un rincón del armario, seguro y potencialmente desactivado, se había convertido en una inquietud como un virus. Al terminar la misa se sintió enfermo y avergonzado al mismo tiempo. Así estuvo toda la semana. Durmió poco y sin sueños.
Puntualmente a las diez cuarenta y cinco del domingo siguiente, el perfume dulce primero y la palabra serena luego, irrumpieron en el confesionario. A través de la textura de filigrana de la ventana que lo separaba de la señora M. espió sus ojos y su boca. También pudo ver sus manos, que se posaban sobre su cartera en la misma actitud que habían acariciado su cabeza en sueños.
“Padre Juan, no sé cómo expresar lo que sucedió. Tal vez debería reservármelo porque dudo que sea un pecado y, por cierto, no siento que deba arrepentirme. Soñé con usted. Y en el sueño acariciaba su cabeza en mi regazo y le decía, en palabras que no recuerdo, cómo lo amaba”.
Entonces eso era lo que él no había alcanzado a descifrar en el sueño. Se trataba de palabras de amor, con el perfume de una mujer amada y amante. Palabras que nunca había escuchado antes. Palabras que había jurado no escuchar jamás. Palabras por las que renunciaría a su fe en ese mismo instante, en el que un cataclismo inesperado había detenido su vida.

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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