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Mateo no pudo contener un estornudo al sentarse en el lugar asignado frente al canciller de la República Veneciana. No se trataba de uno, sino de una serie que, según sus estadísticas personales, podía superar la docena. El funcionario anfitrión indicó con un gesto que prosiguiera con sus efusiones físicas todo lo necesario. Mientras tanto, él se acomodaba sus guantes blancos con brocado de oro sin demostrar apuro.
El amplio salón, elegante pero frío como la mano de un muerto, provocó escalofríos en Mateo Di Monteriggioni, delegado papal, y pensó que era un mal momento para coger una gripe. Luego de estornudar hasta quedar tan agotado como avergonzado, pidió disculpas y entregó un pergamino al canciller Fortuny.
-De modo que Su Santidad echa de menos a un fraile y piensa que nosotros lo retenemos contra su voluntad. -El canciller sonrió y sumó incomodidad a Mateo.
-Fra Antonello Lippi es un fraile, pero no uno menor. Es el encargado de los asuntos limítrofes del Vaticano. Como usted sabrá perfectamente, estamos a punto de firmar un acuerdo con la Serenissima República Veneciana que usted representa, y la desaparición del funcionario en su ciudad no crea las mejores condiciones.-El estilo de Mateo era directo, algo rudo para los modales orientales de los venecianos, en parte peninsulares, en parte ajenos a la mismísima Europa.
-Soy consciente de este pequeño obstáculo diplomático. Por ello nos hemos permitido investigar el paradero del fraile Lippi. Verá usted que nuestros datos nos conducen a un lugar… particular… donde se pierde su pista, así como la de cualquiera que pise allí. Si usted no tiene planeado nada para esta noche, lo invito personalmente allí, donde lo han visto por última vez.
El canciller Fortuny se puso de pie y tras un breve saludo muy afectado, se marchó hacia otra dependencia del inmenso palacio. Un funcionario de menor jerarquía se acercó al delegado y le dio una serie de instrucciones.

Por aquellos días, la República Veneciana vivía una existencia onírica, increíble para los ojos de los extranjeros. Al anochecer las calles se llenaban de personajes vestidos con grandes lujos, pero de una moda sólo existente en la imaginación. Se organizaban espontáneamente desfiles donde hombres y mujeres, enmascarados y coloridos, se mostraban y, a la vez, se ocultaban tan eficientemente que era imposible distinguir entre nobles y pueblo, entre ancianos y jóvenes, incluso entre hombres y mujeres. Lo que comenzaba como una mascarada elegante proseguía en los palacios, entre bailes y banquetes, hasta que en una hora no acordada, pero por todos conocida, tenían lugar excesos impensables. Los rincones más oscuros y miserables de las calles así como las habitaciones más opulentas de los palacios eran testigos de desbordes de lujuria, en parejas o grupales, donde el anónimo era el único límite. Los venecianos podían mantener sus máscaras y apenas arrugarse sus sedas mientras practicaban cualquier género de degradación.
A Mateo esa noche le había sido suministrada una máscara negra con una gran nariz, que le daba aspecto de médico de la Edad Media. Una capa de terciopelo negro completaba el disfraz mínimo, pero reglamentario para acceder a los salones del palacio conocido como Cá Rezzonico.
El funcionario que lo acompañaba, Cristante de apellido, segundo en categoría a las órdenes de Fortuny, vestía de dama bajo pesadas ropas donde predominaba el color plateado, combinado con paños de azul cobalto y pequeñas estrellas de diamante. Ni un centímetro de piel estaba expuesto. Bajo ese disfraz podía ser perfectamente una mujer, hombre o demonio.
-El fraile Lippi estaba vestido como usted la noche de su desaparición. Protestó, no mucho, pero accedió finalmente a la invitación. Masculló algunas excusas sobre el conocimiento del pecado de los carnavales allí donde se producía. ➖Explicó Cristante, con voz gruesa bajo la encantadora máscara de plata con cejas de cristales -También podrá ver que hay otros con el mismo disfraz que usted lleva. Normalmente lo usan los no venecianos que vienen a espiar de qué se tratan estas festividades. En base a una laboriosa serie de interrogatorios, pudimos reconstruir el destino de cinco disfrazados de negro, pero ninguno de ellos era el fraile Lippi. Desapareció entre los cortinados del palacio o cayó al agua, que es lo que normalmente sucede con los que se pasan de alcohol.
-No imagino al fraile alcoholizado. No sé si era hombre santo, pero sí ajeno a tentaciones menores.
-Aquí ninguna tentación es menor, Signor Mateo.
El delegado papal hubiera jurado en ese instante que Cristante, bajo su atuendo de dama de plata, hizo un gracioso gesto femenino, donde se combinaban la picardía y el pudor. Mateo pensó que debía cuidarse de esas imágenes confusas para las cuales ninguna experiencia previa podía prepararlo. A esa altura estaba mareado por la mezcla de perfumes y transpiración que saturaban el aire del salón.
Con la excusa de sumergirse en el ambiente en el cual llevaba a cabo su investigación, Mateo tomó y bailó más de lo que acostumbraba, que era nada. Cristante, o la dama de plata, se alejó de a poco confundiéndose entre las máscaras. La música se mezclaba con las risas y el roce de los vestidos de seda. Poco a poco, la voluntad de Mateo se desvaneció en el caldero del carnaval, donde dominaban apetitos superiores al control de una sola persona.
Una mano enguantada, surgida de las sombras, aferró su muñeca y lo invitó a seguirla. Por el tamaño, parecía la mano de una mujer, pero la presión ejercida era firme. Mateo atravesó puertas que se abrían y coortinados que se corrían, cuidando que su nariz prominente no quedara enganchada. Llegó a un salón con luz muy tenue, donde la temperatura era agobiante. El cuadro que se abría ante sus ojos tenía mucho de teatral, como si se estuviera representando una escena del infierno. O del paraíso, dependiendo de las creencias.
Los disfrazados allí se confundían en escenas de regocijo carnal. Los trajes desaparecían de la cintura para abajo y las máscaras seguían firmes cubriendo las identidades. Enormes faldas caían como telones dejando hombres desnudos que parecían muñecos formados por dos piezas adosadas: damas enmascaradas hasta la cintura, piernas musculosas y falos erectos en la mitad inferior. De la misma manera aparecían formas femeninas acariciadas por múltiples manos todavía enguantadas de seda. Esa multitud se unía en posiciones y agrupaciones que superaban la imaginación de Mateo. Sentía que pronto abandonaría su cuerpo, el cual prestaría a esa masa vibrante.

El canciller Fortuny acomodaba su guante con brocados de oro mientras observaba indirectamente al delegado papal, fray Schiavone, un dominico con los ojos inyectados en sangre, con cara de inquisidor trasnochado.
-Mi ayudante, el secretario Cristante, puede acompañar esta noche a su excelencia al lugar donde hemos perdido a sus colegas. Su predecesor, Di Monteriggioni creo que era su nombre, así como el fraile Lippi al cual este echaba en falta, afortunadamente se ausentaron de sus obligaciones en el mismo lugar, lo cual debería ayudarnos en la investigación. Le advierto que verá allí cosas que un hombre santo como presumo que es usted pueden parecerle… banales, hasta escandalosas. Pero sepa que nuestro Carnaval es una tradición permitida por la Iglesia, y de la cual nos sentimos orgullosos. Ojalá pueda usted disfrutarla mientras encuentra sus ovejas perdidas.
Fortuny y Cristante cruzaron una mirada imperceptible, mientras apenas esbozaban una sonrisa. Sobre un sillón con los brazos labrados, descansaba el traje negro de máscara y capa de terciopelo, destinado al dominico.

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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