Conocí a Mateo Sangiovanni demasiado tarde, por varias razones. Desde un punto de vista estrictamente clínico, se convirtió en mi paciente tras haber alcanzado un estado que podría definirse como irreversible. De haber seguido la evolución de sus síntomas con cierta anticipación me hubiera permitido intentar algún tratamiento o una mejor comprensión del caso. No pienso en una recuperación, ciertamente, pues aún dudo que haya existido patología alguna.
Llegué a Mateo en forma accidental. Los Sangiovanni son parientes en segundo grado de mi esposa, a quienes apenas conocemos. En una fiesta familiar una sobrina de Mateo animó la sobremesa con las peculiaridades de su tío “el lunático”; sospeché que el problema tenía contornos más interesantes que los que se adivinaban en aquella vulgarización de entrecasa, por lo que me manifesté muy interesado en conocerlo. Su familia aceptó con la resignación de quien ya ha probado todos los recursos terapéuticos posibles e imposibles, científicos y mágicos.
Dos meses después tuve mi primer contacto. Lo visité en su casa, algo alejada del centro de la ciudad, donde una hermana anciana y otras figuras oscuras se movían en silencio en torno al sancta sanctorum donde pasaba la mayoría de sus horas “el enfermo”. Al entrar en aquella habitación de aspecto humilde y mal iluminada, donde los objetos participaban de la definición de una fuerte aunque ausente personalidad, tuve la sensación fugaz de que Mateo Sangiovanni me convocaba.
Tenía entonces poco más de cincuenta años. Se conservaba bien, sin abandono ni desorden mental aparente. Excepto por su negativa a toda comunicación, nadie hubiese sospechado una real patología.
Nunca olvidaré la mirada de Mateo. En sus ojos había una erudición de siglos, una sabiduría burlona que se negaba a ser revelada. Imaginé a menudo en nuestros encuentros que, de hablar, lo haría en otro idioma, alguna lengua muerta o aún no creada, y que su intención hubiese sido precisamente la de confundir, la de crear abismos insalvables. Me seguía con la mirada permanentemente, y cuando no lo podía evitar, sonreía ante alguna provocación. Mateo podía entender lo que yo le decía, pero se negaba a participar.
Cuando abandonaba su habitación se sentaba a la mesa familiar, cumplía su rutina de cuidados personales como cualquier persona civilizada, pero siempre en silencio. Hacía un imperceptible esfuerzo para no devolver las impresiones que el mundo causaba en él.
Según los que lo conocieron en su juventud, Mateo había sido una persona de gran vitalidad. Varias carreras universitarias inconclusas, algunas aventuras secretas en distintos lugares del mundo, abundante y poco sistemática lectura. Ansioso por conocerlo todo, sufría ante la limitación de los días y las noches, y se propuso al cumplir treinta y cinco años acortar el espacio dedicado al sueño. Pasó doce meses y veinticuatro días extrayendo a las jornadas una vida útil de veintiún horas, hasta que cayó agotado y durmió sin interrupción por doce días. En ese período descubrió el valor revelador de los sueños, por lo que su nueva estrategia en adelante consistió en dedicar a la vigilia sólo el tiempo necesario para el alimento y el aseo. Ese fue el comienzo de su extremismo, de su pasión por la polaridad y la conversión de su voluntad en un instrumento dócil de su intelecto.
Durmiendo se asomó al misterio de la revelación de imágenes no convocadas a voluntad, un mundo demasiado rico para desperdiciarlo en el olvido. De esta época procede el primer sueño, detalladamente narrado en su diario personal (al que tuve acceso durante su prolongada agonía, alrededor de un año después de nuestro primer encuentro):
“…Yo desarrollo mi vida normal, esto es: camino por la calle, paso por la verdulería y si me acerco lo suficiente puedo distinguir las primeras manchas de corrupción en los tomates. Nada es extravagante: me lavo los dientes, bostezo y siento el calor del sol en la cara al abrir las ventanas. Es mi vida de todos los días, pero proyectada en una inmensa pantalla de cine. El público es el resto de la humanidad. Una platea unánime, repartida en distintas salas cinematográficas donde el espectáculo es siempre el mismo: mi vida, las veinticuatro horas, aun las del sueño, seguida con interés por todos. La gente, de acuerdo a su nivel de fanatismo por la historia, permanece sentada una, cuatro o todas las horas frente a la pantalla. Comen allí, incluso hay un sistema para que toda la vida orgánica de un individuo tenga su alimento y alivio sin moverse de la butaca. Aquellos que soportan la mayor cantidad de horas posible se consideran personajes notables, admirados y envidiados por el resto, y sus conciencias se funden con la mía propia, pues no tienen historia personal, ni placer alguno más que el de vivir a través de mis pensamientos y sentidos. Otros, en cambio, abandonan la sala y participan en la historia, en forma anónima, como vendedores de diarios o gente que pasa a mi lado simulando no conocerme. Incluso aquellos más cercanos a mis sentimientos, los que cohabitan conmigo o comparten mi oficina, en cuanto los abandono corren a algún cine a seguir una historia que, a menudo, los involucra muy directamente en mis pensamientos, recuerdos o fantasías. Para ellos es el papel más difícil: a pesar de conocer todos los resortes de mi personalidad, mis planes y anhelos, deben simular una absoluta ignorancia de mis intenciones, aunque éstas modifiquen sustancialmente sus vidas…”
Abundaba en detalles, sobre todo en lo que se refiere al manejo de su gestualidad en el sueño. Consideraba de gran importancia no revelar el saberse observado. Aunque, a veces en soledad, hablaba en voz alta cuando consideraba que su pensamiento merecía alguna forma de posteridad.
Este sueño se convirtió en una fantasía recurrente a la que alimentaba con más detalles, según lo que se desprendía del análisis del diario. Mis investigaciones psicoanalíticas pudieron haberse concentrado en este esquema, pero la evolución del caso trajo nuevas pautas de extremo interés.
Un día, Mateo Sangiovanni apareció en la sala y espetó a su familia la decisión de despreciarlos profundamente a partir de ese momento, consciente ya de “su existencia como sombras”. Farfulló algo acerca de la “confabulación universal” y se encerró en el mutismo que ya no abandonaría hasta su muerte. Su diario personal fue interrumpido, y el último de sus sueños, el consciente, debió ser reconstruido por mí.
Según mis impresiones, surgidas de diálogos con sus familiares, del examen de las notas marginales de las lecturas que frecuentó a partir de ese momento, de las reacciones incontenibles de Mateo al formularle determinadas preguntas, fue su teoría de la “confabulación universal” la que lo sumió en esa forma de autismo voluntario, de solipsismo extremo.
Mateo Sangiovanni, luego de soñarse como único intérprete de una película planetaria, había pergeñado una idea crítica. Combinando la lectura de Platón y Descartes, sazonada con algo de los escépticos y mucho de su cosecha personal, llegó a la conclusión de que sólo podía estar seguro de dos cosas: su existencia personal como conciencia y la existencia del Otro. Nada evidente podía convencerlo de que los colores, las ideas, los sentimientos y el tiempo tuvieran alguna forma de realidad. De hecho, estas cosas eran, en su teoría, resultados de percepciones subjetivas.
¿Quién puede asegurarme que lo que yo percibo como `rojo’, `ayer’ y `delicadeza’ sea compartido por alguien? ¿Quién puede asegurarme que ese alguien que asegura ser otro no sea otra impresión en el mismo grado de incertidumbre?“, anotaba en el margen de uno de los capítulos de las “Meditaciones Metafísicas”, que compartió en principio y luego denigró (con insultos en algunas páginas).
Lo que no puedo dudar es de la existencia de Aquel gran Engañador“, concluía.
Para Mateo, Dios, el Otro, o como se lo llame, era quien había tramado la “confabulación universal”, quien había montado la mise en scène ante sus ojos y su cerebro. Todo, excepto su propia percepción intelectiva, era sospechoso de irrealidad. Es más, era irreal: la historia, la histeria, los caminos, el sistema planetario, la filosofía, el drama, el teléfono y los recuerdos, no eran más que una tremenda fantochada animada para el único consumo de un ser: Mateo Sangiovanni. Como protagonista innato, se negaba a ser engañado por un propósito que no llegaba a entender.
Le declaró la guerra a Dios y se negó a participar en el teatro. Y tuvo que ser muy duro. Había llegado a amar y a odiar a algunos individuos, y el comprender de un día para el otro que no eran más que sombras engañosas lo sumió en la postración.
Otras veces se sentía admirado cuando la literatura lo conmovía: todo eso había sido escrito por Alguien que además escribió la historia de las sombras que supuestamente habían sido los autores. Había mucha genialidad en su Contendiente.
Una vez le pregunté: “Mateo, ¿pero acaso usted no llegó a estas conclusiones inspirado por la lectura de algunos de esos libros falsos? Es Dios, en definitiva, quien condujo su pensamiento hasta este punto“.
Mateo me contestó -no exactamente, pero yo me volví experto en conocer sus señas inconscientes- con un alzamiento de cejas. Se dio vuelta hacia la pared y movió un pie con nerviosismo.
Otro día le dije: “Un día escribiré su historia, tal vez cuando usted haya muerto. Eso probará el error de sus especulaciones. La ilusión no sobrevive al que sueña“.
Esta vez, Mateo rió muy disimuladamente y miró su biblioteca semidestruida. Evidentemente, existían muchas de esas ilusiones sobreviviendo allí.
Después de un año de nuestro primer encuentro, Mateo murió. Fue el fin de una agonía callada, durante la cual se negó a probar alimento. En los momentos postreros, inmovilizado por la debilidad, un triunfo melancólico le iluminaba los ojos. Una noche, dos días antes de su muerte, extendió su mano hasta tocarme. Había ternura en su gesto. Y un profundo arrepentimiento inmediato. El Contendiente había triunfado por un momento con la peor de sus armas, el afecto.
Hoy recuerdo a Mateo, pero no como el más notable de los casos que me tocó conocer, pues mi ciencia no llega a imaginar remedio para una filosofía. Lo pienso más bien como un provocador que dejó su huella en mis reflexiones.
Tal vez por esa razón cuento su historia, o por los designios triunfantes del Contendiente, Dramaturgo constante, que prosigue el espectáculo aún después de haber caído el telón.

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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