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“Vos estás condenado al éxito”. La frase, aplicada antes a la Argentina por un ex presidente sin el don de la profecía, sonaba fuera de lugar en aquel momento. De hecho, hoy la recuerdo con afecto aunque sigue sin cumplirse tal condena. Pero entonces, cuando yo ya llevaba tiempo en el paro e iba desmantelándose mi vida como una escenografía abandonada, sonaba delirante aunque tenía la fuerza de un signo. De esos que uno busca en la niebla para poder seguir. A medida que iba lacerándome en una caída que no parecía tener fin, mi amigo anunciaba un triunfo que nada por entonces, pero nada, podía sostener.
Cuando casi todos se habían retirado, por impotencia o por temor al contagio, Rubén pasaba por mí y me llevaba a almorzar. Frecuentábamos un restaurante armenio donde él pedía unas ligeras modificaciones en la preparación de los platos para adaptarlos al gusto libanés, el que su padre le había inculcado. Entonces se ponía severo, como si fuera un asunto de mucha importancia y explicaba: “con mucho trigo burgol, estilo libanés, ¿está claro?”. Luego volvía al desarrollo de sus teorías acerca de la fatalidad del éxito, que yo experimentaba como caricias, sin creerle una palabra. Luego me dejaba por ahí, para poder caminar un rato y pensar con esfuerzo que mi vida no iba a terminarse allí.
Conocí a Rubén en el trabajo, a principios de los años ´90. Él formaba parte de mi equipo. Tenía un puesto menor, en el que etiquetaba cassettes y los movía de aquí para allá. No éramos amigos. Tal vez él desconfiaba de mí como uno desconfía de los que tienen una jerarquía superior en la organización. Tal vez yo estaba ocupado en otras cosas y otras personas como para prestarle mucha atención. Es más: ni siquiera me simpatizaba. Un día la empresa cerró y ambos fuimos lanzados al mundo con diversos destinos. En eso la vida nos igualaba por primera vez. Y el tiempo se ocupó de poner las cosas en su lugar: él encontraba oportunidades maravillosas de crecimiento y yo iba hundiéndome de a poco.
Fue entonces cuando empezamos a frecuentarnos. Abrazó mi causa y puso todo su empeño en acompañarme. Recuerdo el día, como si volviera a vivirlo en este instante, en el que experimenté, con profunda vergüenza, la revelación de que yo no habría hecho por él lo que él estaba haciendo por mí. En ese instante empecé a quererlo, a dejarme ayudar y a prometerme que algún día le devolvería con creces tanto, pero tanto amor.
No fue necesario. La vida tenía para él planes ambiguos, en los cuales las penurias económicas ya no estarían incluidas. Viajó por todo el mundo e hizo amigos en todos los continentes. A veces hacía una escala forzada en México y pasaba a visitarme. Insistía todavía en invitarme a comer, como si el tiempo no hubiera pasado o su rol ya estuviera definido.
En uno de esos viajes me contó que años atrás había sufrido un cáncer del cual se había recuperado. La suya fue una experiencia límite en la cual se aisló para no preocupar a nadie. Desde entonces había tomado la decisión de vivir a pleno, sin rencores, sin preocupaciones. Que era más o menos lo mismo que pensaba antes, pero con dos puntos más de volumen. Parecía dotado de una vitalidad tal que era imposible reconocer restos de la experiencia límite que había pasado.
Hace un año vino por última vez, aunque no lo sabíamos. Me trajo regalos y pidió un vino para la comida que yo debería comprar en cuotas. Hace un par de meses me llamó desde el aeropuerto de la Ciudad de México, en una escala hacia Quintana Roo. Yo estaba manejando y casi no atiendo. Me aseguró que pronto andaría por aquí, que se tomaría un día completo para charlar.
Un post en inglés en Facebook hablaba hace una semana de la triste pérdida de un amigo de todo el mundo. Rubén aparecía allí, pero no podía ser él, uno no se entera de estas cosas de esta manera. Estaba su foto, siempre sonriente, abrazado a grupos de colegas, cabalgando un tigre de porcelana en el lejano Oriente, a punto de subir a un globo en el desierto de Anatolia. Pero no podía ser él. De pronto sentí que mi vida se había convertido en una prisión sin más ventana al exterior que los caprichosos formatos de las redes sociales. Y que el cuerpo reclama presencia en los instantes culminantes del amor y de la muerte.
Amigo, ojalá mi condena se cumpla y algún día, en alguna dimensión, pueda invitarte a comer keppe con mucho trigo burgol, al estilo libanés, sólo para verte reír otra vez.

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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