Que no me haya pasado a mí no significa que esta historia me sea ajena. Pude haber sido yo el más desdichado: sólo el azar decidió que a otro le haya tocado la peor parte y yo la narre. Pero no suele ser excluyente la desdicha. Para la memoria desatenta pronto seremos el mismo.
La historia concluye en sus antecedentes. Lo que supe tardíamente está en el origen y así elijo contarlo. Un día me enteré, y de la peor manera, que aquella que me había criado y a quien llamaba “mamá” era, en realidad, mi abuela. Como podrán adivinar, ya que por extraño que parezca este desvío es muy frecuente, mi “hermana mayor” Silvina era quien me había parido. A escondidas, luego de haber transcurrido su embarazo alejada de la mirada de familiares y vecinos, ante quienes no se podía justificar la vergüenza. Silvina apenas tenía catorce años y no entendía bien qué era lo que le había pasado. Luego de que aquel hombre la lastimara comenzó a vivir en la bruma. Todos los acontecimientos pasaban demasiado rápido y ella había quedado detenida en un ritmo interno vacilante y lento.
Por esa injustificable razón, su madre usurpó su lugar y le pidió su juramento de no revelarme jamás mi origen. El padre de Silvina, a quien yo llamaba “papá”, no contaba demasiado. Era una figura oscura, que entraba y salía de la casa en silencio, hasta que murió en la calle, algunos años después, de camino al jardín maternal donde debía recogerme. El plan había marchado a la perfección. Todos interpretamos nuestro papel durante demasiados años en forma coherente, algunos por desconocimiento, otros por obligación.
La forma en que el secreto fue violado parece signada por una extraña voluntad por detrás de los hechos.

Conocí a Martín en la Facultad de Medicina. Ambos militábamos en la misma agrupación política, una que soñaba con replicar las revoluciones latinoamericanas de mitad del siglo XX. Como éramos muy pocos, estábamos liberados de la responsabilidad de tener un plan de cumplimiento. Así y todo podíamos quebrar una asamblea estudiantil con nuestros argumentos de barricada, débiles pero estentóreos. Además era muy estimulante intelectualmente discutir el futuro de la Humanidad en torno a un café o un vaso de vino barato hasta la madrugada. Con Martín ya nos habíamos repartido los cargos en el eventual gobierno que inauguraría la Revolución. A él le tocaría Cultura y a mí Economía. Como entrenamiento, yo me las ingeniaba para que él pagara las cuentas la mayor parte del tiempo.
Martín me presentó a sus padres cuando me invitaron a un asado en su casa de fin de semana. No se trataba de una propiedad lujosa; era un chalet de los ´60 con un buen terreno libre y arbolado alrededor, en un barrio bonaerense aún no invadido por el narco y el delito. Pedí permiso para asistir con Luciana, mi noviecita de aquellos años, la que prefería que la presentara como “compañera”, no en el sentido peronista de la camaradería, sino en un contexto marxista. Nuestro movimiento no acertaba a tener una posición definida frente al Peronismo, no por flaqueza de nuestras ideas sino por la cambiante y oportunista definición política de este. Aunque lo hubiera preferido, no estaba dispuesto a llamarla “camarada”, por sonarme demasiado afectado y soviético. Pero “novia” estaba vedado por insoportablemente burgués. Luciana adoraba que yo me llamara Juan y que trabajara como albañil para pagarme la Universidad. No podía, aunque me esforzara, ser más popular. Amaba al estereotipo más que al hombre, pienso ahora.
Puede sonar mágico, y por lo tanto inverosímil, pero fue pisar esa casa y comenzar a sentir una inquietud extraña. Lo que sentía era miedo, como si me encontrara en la vigilia con el escenario de una pesadilla que ya no recordaba.
Los padres de Martín eran personajes oscuros, que libraban entre ellos una batalla mal disimulada. Fuera cual fuese el origen, era evidente que tal batalla estaba perdida para la mujer y, por ninguna otra razón que la crueldad, el padre seguía empeñado en agredirla en forma constante. La madre de Martín trató de disimular frente a nosotros, tratando de armar una anfitriona esforzada en la que se adivinaba la ausencia -por destrucción- de un alma. Pero al arreciar el maltrato juguetón de Felipe, su esposo, ella dejó de fingir y comenzó a moverse como un autómata. El día transcurrió de ese talante, ripioso e incómodo. Martín trataba de moderar su disgusto y nos distraía alejándonos de sus padres, pero ya no pudo hacer nada a la hora de la comida. Fue un suplicio en el que Felipe ofició de torturador y payaso. Ese hombre generaba en mi una antipatía profunda, cercana a la violencia.
Cuando nos retiramos, Luciana echó a andar el mecanismo de la fatalidad, en forma no premeditada. Antiguamente sus palabras hubieran sido atribuidas a los dioses. Íbamos en el colectivo, que recorría despacio el camino de regreso, con el fondo de la transmisión del partido del domingo, cuando Luciana dijo: “es insólito, pero ese hombre se parece a vos. ¿No te diste cuenta?”

Era verdad. Me costó reconocerlo en principio y se generó una pequeña discusión entre nosotros. Ese hombre, Felipe Villa, para mí no tenía un aspecto físico que pudiera recordar. La nube negra en la que estaba envuelto, su personalidad hiriente y desconsiderada era lo que lo identificaba. Por más que ejerciera autocrítica, ninguno de esos rasgos me identificaba. Me parecía desconsiderado por parte de Luciana, pero lo que ella había descubierto era más elemental. No estaba comparándome, tan solo había descubierto la repetición inexplicable de sus rasgos en mí.
¿Qué hacer con esa evidencia? Si todos tenemos por lo menos seis dobles viviendo en algún lugar del planeta, no puede establecerse que estos sean contemporáneos. Quizás él era mi doble y me había precedido. No valía la pena investigar más. Yo no estaba dispuesto, pero no pude contar con la misma predisposición por parte de Martín. Cuando le comenté lo que Luciana había dicho, se transfiguró. De repente se volvió áspero y retraído. Comenzó a mirarme de una forma diferente.
Cabe aclarar en este punto, imaginando los cálculos que el lector estará haciendo, que Martín era dos años mayor que yo. Y que se parecía mucho a su madre. Sin embargo, había una manera de mirar en la que éramos similares. No era algo que nosotros hubiéramos podido advertir, pero Luciana, lanzada sobre la presa como perro de caza, afirmó poco después, cuando los tres tomábamos un café.

Los acontecimientos posteriores, tal como fueron publicados en los diarios, se desarrollaron con mucha rapidez.
Martín sabía que su padre había cometido muchos atropellos en su juventud, aun estando casado con su madre. Felipe solía enorgullecerse de ellos cuando tomaba demasiado. Y remataba esa ronda de confesiones con una paliza consecutiva a su esposa y a su hijo. Pero Martín ya no estaba en edad de soportar castigo sin resistir. El equilibrio de la fuerza física se había volteado a su favor. Y tenía una causa importante para empujar a su padre a contar lo que en otro momento hubiera preferido no escuchar. Pudo reunir algunas anécdotas sueltas, lugares y referencias para acercar a Felipe al escenario de hechos ya olvidados. Se hizo de unos cabellos míos en una maniobra hábil y realizó una prueba de ADN donde me comparó con su padre.
En efecto, éramos hermanos. Medio hermanos, pero más que hermanos, ya que éramos amigos y correligionarios antes de saber que además nos unía la detestable sangre de Felipe Villa. No me lo dijo inmediatamente. No encontró la manera, supongo ahora. Nunca lo sabré.
Sobre lo que pasó el fatídico día final poco puede conocerse. En parte por lo que contaron los vecinos que escucharon los gritos y los disparos. Al parecer Martín contó a su madre el hallazgo, delante de Felipe, para humillarlo y escupirle su odio en la cara. Luego la discusión se hizo pública en volumen hasta los disparos cerraron el climax y luego vino el silencio. Encontraron a Martín con dos disparos en el pecho, muerto por la mano de su madre, luego de que él clavara un cuchillo de cocina en el vientre de Felipe, que murió desangrado.

En un solo acto me enteré de todos mis lazos familiares que habían sido trastocados y falseados. Y que el engaño tuvo un desenlace trágico. Es extraño, pero al único que echo de menos es a mi amigo, al que me cuesta pensar como un hermano, aunque mi amor por él no hubiera sido mayor de saberlo. Siento verdadera compasión por mi madre y un fastidio indisimulable por mi abuela. Tal vez deba reconstituir el entramado secreto y agregarle detalles de lo que yo pensaba era mi vida real. Pero mi primer sentimiento es una necesidad de distancia y olvido. Cambié mi nombre y comencé una nueva vida lejos de mi ciudad. De todos modos, nada podrá resultar más falso que lo que yo tenía por verdad.
Martín no es el único desdichado de esta historia. Que yo la cuente es fruto del azar.

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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