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El viejo supo de la inminencia del eclipse por algunos signos equívocos en el paisaje: el mar había sosegado su impaciencia, una bandada de pájaros negros volaba hacia el poniente y el viento permanente había cesado. Faltando unas horas para la noche, la oscuridad cubriría la Tierra y él debería encender el faro. La excepción, tan rara como un cataclismo en su labor sin sorpresas, lo tenía inquieto.
No era lo normal; el faro sólo se enciende durante el día cuando la tormenta bloquea la luz, o la niebla esconde las caprichosas formas de la costa, tan peligrosa para los navíos como un cuchillo aserrado.
Su trabajo tenía una utilidad simbólica, cuando no psicológica, porque los barcos ya contaban desde hacía mucho con sistemas de navegación satelital. Sin embargo, él sabía por experiencia propia que esa luz intermitente tranquiliza a los marinos: es una confirmación de la proximidad de la costa, un mensaje de cuidado, de contención. Sí: el faro era una tozuda supervivencia de otra época, como él mismo.
A cien kilómetros del poblado más cercano, el pequeño islote en la costa patagónica, con una casa y la torre del faro, era su dominio. La soledad no le pesaba al viejo. Tenía todo lo que necesitaba; incluso una pequeña quinta que defendía del viento inclemente y el frío, le proveía de algunas verduras frescas que a veces cambiaba en el pueblo por algunas botellas de vodka, para las noches en las que los recuerdos parecían ocupar el lugar de invitados no deseados en su mesa. La mayor parte del tiempo estaba satisfecho. Tenía lectura para pasar algunas horas del día y disfrutaba cada noche, como si fuera la primera, de la extraña sensación de seguir con la mirada el haz de luz hendiendo el vapor de la perfecta oscuridad. Había sido educado en una vida controlada por los procedimientos, donde las posibilidades del azar eran inexistentes. A cada momento le correspondía una tarea: mantenimiento del mecanismo, algo anticuado, del faro; las tareas de su hogar, que jamás estaba desordenado; cuidado de la quinta; cálculo de las provisiones; observación de los eventuales y muy escasos barcos que pasaban de largo en el horizonte; redacción de sus memorias; sueño y olvido. Conservaba una salud de atleta, si bien sus rodillas le recordaban que el tiempo también pasaba para él.
Sentía un orgullo especial de vivir y trabajar en un monumento histórico. Además, era el último hombre en su oficio: sabía que luego de su muerte el faro sería automatizado y controlado a distancia, como casi todos en la actualidad. Siempre necesitó que su vida silenciosa y austera fuera incluida en una idea superior que le otorgara un sentido trascendental. Aunque la idea que guio su juventud fuera extinguida en la derrota y el desastre, su madurez, y ahora su vejez, gozaban de una utilidad legendaria, casi literaria. Cada tanto el gobierno lo homenajeaba con una carta llena de halagos tan formales y repetidos, que parecía creada por un mecanismo automático; sin embargo, él la disfrutaba como una condecoración, la guardaba prolijamente en un cuaderno de bitácora, el que releía desde su origen, fijado en una fecha remota en el lejano puerto de Bergen. Un capítulo de ese cuaderno era una prodigiosa fuente de secretos, algunos de ellos entre los mejor guardados del siglo que había terminado. El resto, la mayor parte, era una descripción monótona de acciones contenidas, sin impresiones afectivas o reflexiones. Podría haber sido el reporte de un vigilante olvidado, cuya visión del mundo no iba más allá de los límites de su caseta de seguridad. Para él era un sustituto de su memoria escrito en el preciso estilo en el que había sido entrenado, con la falta de ambigüedad que su lengua natal permitía. Con las intermitencias del destino y la regularidad de su conducta, esos escritos eran un faro secreto que arrojaba luz sobre episodios que la historia había decidido ignorar. Esperaba tener el buen juicio de destruirlo cuando se supiera próximo a morir, aunque la idea de que se perdiera le importaba más que su propio final, que sería intrascendente y solitario.
De pie en la puerta de su pequeña casa, observaba el comienzo del eclipse a través de los vidrios ahumados de una botella. Un inmenso círculo negro comenzaba a avanzar sobre la circunferencia imprecisa del sol. El yermo paisaje, infinito, que lo rodeaba, comenzaba a teñirse de sombras, prescindiendo de los colores del ocaso.

Había llegado a esas costas una noche a mediados de 1945. Era casi un niño, sin más conciencia de su misión que las órdenes puntuales de su superior. Su perspectiva estaba limitada al reducido espacio de su cucheta, el pasillo estrecho donde se almacenaban las provisiones y el rincón que fungía de cocina en el U-Boote de la Kriegsmarine. Sólo había realizado un viaje con anterioridad, que ni siquiera calificaba como entrenamiento: una corta excursión en el mar Báltico en la que no habían encontrado ningún enemigo. De regreso a la base tuvo dos días de permiso para despedirse de su familia y prepararse para una nueva misión. Sus padres y su hermana estaban demasiado lejos. No le fue permitido redactar una carta. Pasó los dos días mirando el mar y fumando los primeros (y últimos) cigarrillos de su vida.
Era el más joven de su grupo, formado por hombres silenciosos de miradas duras, envejecidos prematuramente por un oficio en el que difícilmente se llegara a viejo. Lo trataban bien, como a una mascota. Su responsabilidad estaba limitada a asistir al cocinero y efectuar cualquier mandado que se le ocurriera a un oficial. Albergaba la esperanza de llegar a ser un oficial él mismo y comandar su propio submarino, pero la guerra no le daría tiempo. La derrota inminente se podía sentir como un regusto amargo en el paladar, presente en cada comida y cada conversación, a pesar de que los marinos jamás se referían a ella; hablaban de las mujeres que habían dejado en su ciudad, la mitología de las profundidades y la narración detallada de alguna victoria. Desconocían la naturaleza de la próxima misión, pero se les había asegurado que sería la última y la más importante. Una flotilla de tres submarinos del tipo IX esperaba en el puerto. Hasta donde sabían, navegarían de noche hasta el puerto de Bergen, en Noruega, donde se reunirían con otras tres unidades para emprender la que sería la misión más secreta e importante de su carrera de combatientes.

A medida que avanzaba la oscuridad, el viejo recordaba con más precisión aquel viaje. Desconocía la razón de aquella evocación que parecía empujada por el eclipse.
Se dirigió hacia el faro para encenderlo. El mecanismo chirrió y la poderosa luz comenzó a girar como las paletas inmateriales de una hélice. No eran todavía las seis de la tarde cuando los objetos habían perdido su sombra. El mundo se había convertido en un museo de siluetas sin color.

La actividad en el puerto de Bergen se asimilaba a los preparativos de una mudanza acelerada. Los submarinos fueron cargados con cajas de gran tamaño, con los sellos del águila del Reich pintados con prisa, aún frescos. El joven, luego de colaborar en la carga fue embarcado con instrucciones de no abandonar el área restringida de sus actividades. No podría deambular por la nave ni entrar en contacto con otras personas que no fueran sus inmediatos superiores. Aun así, pudo escuchar el rumor de los nuevos ocupantes, entre los que había, podía jurarlo, algunas mujeres.
Con la precisión acostumbrada, pero con un nerviosismo adicional, la partida de la flota se produjo en la madrugada del 5 de junio de 1945, de acuerdo a su reloj, ya que en la nave se perdía todo sentido del día y de la noche.
Pasarían unos días hasta que volviera a respirar el aire fresco del exterior, hasta que cruzaron el Ecuador, cuando los marinos efectuaron la ceremonia de bautismo de los novatos. No quería recordarlo. Entre todos los malos recuerdos de su vida, que incluían la agonía de su mujer en un oscuro hospital de Santa Cruz y el abandono de su hijo, aquel episodio era el único que se resistía a evocar. Estaba clausurado como una tumba. La próxima vez que salió a la superficie fue la noche en que desembarcaron, con sigilo, en una costa infinita, en la que los riscos formaban un muro hasta donde la vista podía alcanzar. Por alguna razón misteriosa supo que ya no volvería jamás a Alemania, aunque desconocía adonde había llegado.

El faro era del tipo de destellos largos, con un período de luz de dos segundos y medio y un eclipse de veintidós segundos y medio. Este ritmo era perceptible desde el mar varios kilómetros adentro. No poseía códigos de color. Como era su costumbre cada vez que lo encendía, el viejo medía los destellos y los eclipses con su viejo reloj de bolsillo. También medía el eclipse solar, que no debería superar los 5 minutos. Uno similar se había registrado en 1991. Se le ocurrió pensar en el sol como un faro de un ritmo moroso, destinado a una navegación de gigantes cuya vida transcurría mucho más lentamente. De repente recordó que era 11 de julio, el aniversario de su desembarco. Habían pasado sesenta y cinco años. Mientras pensaba en esto y se asombraba de estar vivo, vio a lo lejos, en el mar, una luz intermitente, de señales, no demasiado lejos de la costa.

Algunos autos y camiones esperaban el desembarco. Hicieron señas con sus luces y las dejaron encendidas, iluminando la playa, donde había gran actividad. Algunos hombres bajaron de los camiones y comenzaron a guardar las pesadas cajas. El joven pudo ver a un grupo de personas vestidas con ropas de paisano, rodeados de valijas y otros bultos. Entre ellos había algunas pocas mujeres, que se esforzaban poco en ocultar su incomodidad. Una de ellas estaba sentada sobre su arcón, con signos de agotamiento, el cuello rodeado por una estola de visón, lo cual era una imagen absolutamente inesperada, perteneciente a otro contexto. Imaginó entonces que esa escena, iluminada por las luces de los automóviles y camiones, se debía asemejar a un set de filmación, aunque nunca había visto uno.
Escoltado por tres hombres apareció la figura de un personaje ataviado con un largo abrigo oscuro y un sombrero de calle. Las reverencias del comité de recepción revelaron su importancia. Al joven le pareció reconocer su rostro, súbitamente iluminado. No podía ser él, imposible ubicarlo en ese contexto. Sin embargo, a pesar de llevar rasurado su típico bigote, tenía los rasgos del Führer, con un gesto de profundo cansancio acentuado por la sombra que se proyectaba sobre sus ojos. Lo recibieron con los brazos extendidos en el saludo de rigor, que él no se molestó en contestar, quizás para disimular el perceptible temblor de su mano derecha. Se lo llevaron rápidamente de allí, en el más moderno de los autos, iniciando un cortejo que se perdió rápidamente en la oscuridad. Nunca más volvió a verlo. Otro hombre hubiera preferido pensar que todo había sido un sueño y seguir con su vida. Él lo consideró un acontecimiento de guerra, del cual no le correspondía haber sido testigo, por lo cual sellaría sus labios para siempre.
Un grupo de marineros, entre los que estaba el joven, fueron llevados a uno de los camiones. Allí se les proveyó de una muda de ropa. A él le quedó grande lo que le tocó en suerte. Pero no le importó. Apenas podía entender lo que estaba pasando, pero confiaba en la autoridad y el buen sentido de sus superiores.
Su destino sería un establecimiento rural que ocupaba tantas hectáreas como el territorio de un pequeño país. Allí pasaría los próximos tres años, aprendiendo a cuidar ovejas y asistiendo a clases de castellano, aunque todos en el lugar se comunicaban en alemán. Gracias al adoctrinamiento de algunos oficiales, esos marineros supieron que habían cumplido con la misión más importante del Tercer Reich, y que la derrota, ya confirmada, era sólo una eventualidad que sería corregida con los años. El Führer, desde un lugar secreto de la Patagonia, forjaría los planes para el restablecimiento definitivo del Reich de los Mil Años. Pero eso nunca sucedió. Cuando abandonaron la estancia, los hombres se separaron y se perdieron en distintos rincones del país, con la única instrucción del silencio y el olvido. Serían convocados oportunamente: para ellos la movilización jamás terminaría. La mayoría fue recibida en algunas colonias alemanas del centro del país, otros viajaron a la Capital. El joven se quedó en el sur, desempeñando distintos oficios a lo largo de su larga vida, formando una familia que luego se disgregaría tras la muerte de su esposa y la partida de su hijo adolescente, del cual jamás volvió a tener noticias. Apenas recuerda, aunque está escrito, cómo terminó al cuidado de un faro en el cual encontraría al fin un sentido para una vida en la cual nadie le había explicado nunca nada.

El eclipse había alcanzado su culminación: desde el cielo observaba una pupila negra rodeada por la cabellera del sol. Al viejo se le antojó que aquella era una mirada maligna.
La botella que le servía de visor se le cayó de las manos cuando miró hacia el horizonte. Se estrelló sobre una piedra partiéndose en pedazos. Sobre la superficie lisa de un mar que raramente perdía su temperamento enloquecido, se dibujaba la silueta delgada de un submarino, con su torre, su cañón de cubierta y sus baterías antiaéreas. Podía reconocerlo porque era aquel mismo en el que recorrió la travesía del Atlántico. La luz onírica del eclipse hacía que esta visión, absolutamente imposible, sólo se convirtiese en un evento inesperado, ante el cual se mezclaban en él las emociones del asombro, una cierta alegría y un pavor todavía encapsulado.
Provenientes de la nave, algunos botes oscuros se acercaban a la costa, impulsados vigorosamente por hombres de los cuales iba reconociendo sus rasgos poco a poco. Primero vio a Müller, “el gigante”. Un poco más tarde individualizó a Hans, “el puerco”, a Siegfried Kahn, Rolf Hedecke, Martin Von Röentgen y, entre varios otros, a Peter, el cocinero, su inmediato superior. El viejo sonrió, y luego miró sus manos en un gesto instintivo. Eran las manos de un anciano, y aquellos viejos camaradas se veían jóvenes, tal como en aquellos días del final de la guerra. El miedo subió por su garganta como una víbora que quiere abandonar su encierro, al recordar que, con su familia, visitaba a Rolf en los años cincuenta en su casa de Villa General Belgrano, en Córdoba. A comienzos de los sesenta Rolf Hedecke había muerto víctima de un cáncer fulminante y él mismo había cargado una de las manijas de bronce de su ataúd hacia el cementerio. A los demás no había vuelto a verlos, pero el viejo Rolf no podía estar allí.
Cuando los botes llegaron al muelle de la pequeña isla rocosa, empezaron a surgir las figuras que subían por la escalerilla de madera. El viejo comenzó a escuchar sus carcajadas y algunas expresiones obscenas en distintos acentos de alemán. Cuando comenzaron a acercarse al faro, las piernas del viejo se aflojaron y cayó de rodillas. De su garganta salió un gemido involuntario al descubrir que sus compañeros iban ataviados con disfraces improvisados, que él conocía bien. Algunos sólo traían turbantes improvisados de toalla y faldas hechas de flecos de paja, pero otros tenían el disfraz de la solemne función que, para su horror, estaban dispuestos a recrear allí, muy lejos del Ecuador. Una comparsa fantasmal bajo la luz oscura de un eclipse, encabezada por el Neptuno que solía interpretar el gigante Müller: mal acomodada una barba postiza, su cara en sombras bajo un sombrero de alas anchas, en su mano un tridente rojo que golpeaba rítmicamente sobre la madera del muelle a medida que avanzaba, con fingida solemnidad. Schaeffer, el bávaro, llevaba una alta galera negra y anteojos de armazones gruesos, sin cristal. Traía algunos papeles en su mano izquierda y con la derecha empuñaba una espada de madera. Era seguido de cerca por la diosa Tetis, el inmundo Hans semidesnudo bajo una tela vaporosa de color rojo, con destacados senos grotescos que pugnaban por salirse de un sostén apretado. Cerraba el cortejo el Sacerdote, Hedecke, cubierto con una sotana negra y una cruz de madera alzada a la altura de sus ojos.
Pronto el viejo fue rodeado por los hombres cubiertos con turbantes, que lo aferraron y comenzaron a despojarlo de sus ropas. Podía oler sus pieles sudorosas, calientes, como si en lugar del gélido clima del lugar los calentara el sol implacable del Ecuador. Contenían su risa, como aquella vez. El viejo no podía articular palabra, y de hacerlo hubiera rogado que se lo dejara en paz, que moriría de frío y horror sobre las piedras húmedas del propio patio de su casa.
—Me ha llamado especialmente la atención este marino de barba espesa, que para colmo es roja. —dijo Schaeffer imbuido de su rol de Policía— ¡Increíble!, si yo tuviera una barba de ese color solicitaría a su Majestad Neptuno una nueva cabeza. Ese color extraño con toda seguridad es consecuencia de maléficas actividades. ¡La barba está teñida con sangre!
—¿Le parece? —dijo Neptuno, mesándose su propia barba, con pomposa dignidad.
—Sin duda, Majestad.
—Padre, ¡ordena que deje de relatar esas cosas espantosas! ¡No quiero oírlas! —gimió Tetis, con mal fingida voz de mujer histérica.
—Naturalmente, querida hija, puedes estar tranquila. ¡Pena de tercer grado para este maldito! —ordenó Neptuno.
El viejo fue alzado en vilo por sus compañeros y sostenido para que el Policía descargue sobre él golpes con su espada de madera. No había simulación en el castigo. Caía la espada inclemente sobre sus hombros, su cabeza, su espalda, sus rodillas, produciéndole heridas y laceraciones, de las que comenzaba a salir sangre negra bajo la extraña luz de esa tarde. Cuando Schaeffer interrumpió su castigo, aparentemente saciado, uno de los hombres arrojó petróleo de un balde sobre el viejo, con paciencia, para que chorreara desde su cabeza como en un baño bautismal. Luego le amarraron una cuerda a la cintura y lo arrastraron hacia la costa, sobre las piedras, dejando un rastro de aceite negro. El cuerpo del viejo siguió desgarrándose, pero él había perdido las fuerzas para quejarse. En su mente debilitada por la sorpresa, el dolor y el pánico surgieron preguntas sin respuestas. Ya había pasado por esa ceremonia, la recordaba ahora, a pesar de su voluntad. A su metódico cerebro le costaba entender la repetición innecesaria más que la absoluta falta de lógica de que una tripulación de submarinistas fuera de servicio desde hacía más de medio siglo y posiblemente muerta en su totalidad, se presentara para una visita inoportuna y humillante.
Al llegar al muelle el viejo fue colgado por la cuerda que lo sostenía de la cintura y que comprimía su estómago hasta casi dejarlo sin aire. Lo sumergieron en el mar; sintió el impacto del agua helada, diferente del tibio mar de los trópicos, y por un momento su corazón pareció detenerse. No había mucha profundidad a la altura del muelle. Golpeó contra unas rocas al ser soltado. Su boca abierta involuntariamente tragó agua hasta el punto del ahogo, pero fue alzado a la superficie, sólo para que pudiera recuperarse apenas y lo volvieron a sumergir. Esto se repitió tres veces hasta que finalmente fue izado hasta el muelle. Allí, abandonado por los hombres que hacían un círculo a su alrededor, el viejo, medio ahogado y maltrecho por docenas de heridas, tosía y vomitaba. Un temblor se apoderó de su cuerpo, próximo al congelamiento. Intentaba hablar, pero no podía.
—La barba sigue roja, como puede ver su Majestad —dijo el Policía— Es imposible liberarse de los pecados de sangre de una vida.
—Pero yo… —alcanza a decir el viejo, como si estuviera dispuesto a esgrimir una defensa tardía.
—No puedo perdonarte. No puedo perdonar. Pero ahora eres un marino y puedes acompañarnos. Tu misión no admite el abandono. Marinos, den la bienvenida a un hombre y acompáñenlo a la nave. —sentenció Neptuno.
Hans, en su disfraz de Tetis, precedido por el olor nauseabundo que le valió el mote de “el puerco”, se acercó al viejo, acarició con ternura su cabeza acomodando el pelo engrasado que le dificultaba la visión. En su piedad pagana y fingida, había una ternura que infundió el último resto de brío en el viejo, que fue ayudado por otros marinos a ponerse de pie.
—La guerra nunca terminará para nosotros. —le susurró Hans, como si le estuviera confiando un secreto al fin revelado.
Cuando subieron al bote, el viejo maltrecho sintió un cierto alivio. La alegría escondida bajo los dolores del bautismo se abría paso como el sol que se liberaba de la opresiva mancha negra de la luna. Por fin caería el crepúsculo rojo que hacía brillar la torre del submarino al que se aproximaban. Miró sus manos nuevamente. Eran menos huesudas y habían desaparecido las manchas de la vejez. Sus compañeros se despojaban de sus disfraces y reían. Su amigo Rolf puso una mano en su hombro, en un gesto que parecía una disculpa por el mal momento vivido. Sin rencores, viejo, sin rencores.

Pasaron varios días hasta que una camioneta de la marina llegó hasta el faro. El silencio de radio los había alertado. Las luces continuaban encendidas en pleno día. Era increíble que siguiera funcionando sin el menor mantenimiento, en forma continua. El motor debería estar recalentado o próximo a apagarse por falta de combustible.
Hallaron al viejo caído en el patio de la casa, medio congelado, junto a los vidrios rotos de una botella. Sus ojos permanecían abiertos mirando hacia el mar, vigilante, como correspondía a su oficio, hasta el final.

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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