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Después de esquivarlo durante años y cuando pensaba que ya no sucedería llegó el día tan temido: Frank Goblet se quedó sin nada que contar.
El primero que supo la noticia fue su agente, que sufrió en el acto una descompensación y tuvo que ser llevado a la sala de guardia de un hospital, donde le hicieron aspirar alcohol, entre otras cosas. Al recuperarse, pasó del desmayo a la ira. Tenía planeado un millonario cambio de editorial, llevándose incluso parte de la colección de los últimos cinco años. Era un acuerdo que representaba una fortuna. Claro, con un autor productivo, como lo había sido su representado hasta ese fatídico momento, y desde hacía tres décadas. Tan fértil era su pluma que los detractores sospechaban que podría ser más de uno, y los seguidores lograron que su estilo se convirtiera en un género, en una época, en un canon. Se hablaba de submaestros del género Goblet, la época Goblet, la literatura Goblet.
Pues parecía que había llegado la hora del desierto Goblet.
No había sido uno de esos autores encasillados en un género. Ni siquiera había un personaje repetido entre sus obras. Las había costumbristas, de horror, aventuras, suspenso y románticas. Incluso una editorial mediana editaba exclusivamente sus reflexiones espirituales, y era la que más vendía.
Su imaginación era solo comparable con su capacidad de trabajo. Escribía desde el amanecer hasta el mediodía; luego de almorzar dormía una breve siesta y dejaba de escribir cuando el sol se ponía. Tenía hábitos sencillos y una sola extravagancia: los fines de semana se disfrazaba de pandillero motociclista y salía a la ruta con su soberbia Harley Davidson, escoltado por una banda de señores mayores ya excedidos de peso, muy amigos del cuero, el alcohol y las pendencias.
Frank jamás había sentido la angustia del papel en blanco. Era un favorecido por la naturaleza. Le bastaba con escribir una oración para que le siguiera otra y otra, encadenándose en una estructura que jamás preveía antes de comenzar. La estructura estaba en su cabeza, de la que percibía solo sus perfiles saliendo a la luz, como salían a la luz las formas en la piedra que Miguel Ángel descubría a golpes de cincel. Un favorecido, eso era. Le habían propuesto estudiar su cerebro para descubrir la particularidad que lo llevaba a tal desempeño, pero siempre se negó. “El mío es un trabajo como cualquier otro”, decía, a periodistas, investigadores y curiosos.
Y de un modo tan inexplicable como había aparecido y durado, su manantial se secó, de la noche a la mañana. Así sucedió: se acostó con el germen de una idea y se despertó con la incómoda sensación de haberla olvidado. Se sentó a escribir confiado de que esa “punta” volvería a aparecer, pero pasaron las horas y fue su esposa la que advirtió que el teclado no había sido tocado, que la hoja de su app de escritura en el monitor de su iMac gigante permanecía blanca, brillante, como un foco.
Después de un momento de gran angustia, Frank se paró, caminó hacia el parque en el fondo de su casa y se sentó en un banco a la sombra de su tilo perfumado. Se serenó y alcanzó la resignación con sorprendente velocidad. Ya no volvería a escribir. Ya no tenía nada que decir ni deuda pendiente con la palabra. Podría descansar desde entonces. Y se durmió.
El agente no dormía haciendo cálculos. Con lo ya escrito por Goblet le alcanzaba para vivir dos vidas sin preocupaciones. Pero las ofertas que no podrían aceptarse significaban la pérdida de una fortuna que le hubiera permitido pasar al siguiente nivel: a la liga de los propietarios de yates y caballos de carrera. Algo se le ocurriría. Sencillamente no podía resignarse.
Como si la vida desafiara su propio concepto del absurdo, Goblet fue el designado próximo premio Nobel de Literatura. Casi por primera vez se premiaría a un autor tan prolífico como popular, en lugar de aquellos escritores talentosos y desconocidos de países marginales, que tanto deslumbraban a la Academia. Goblet dudó acerca de la justicia de recibir un premio cuando ya no sería efectivamente un escritor, pero se serenó pensando que lo que se premiaba era su trayectoria.
Más difícil para él fue aceptar el pacto que le propuso su agente, con argumentos que oscilaban entre la victimización y la amenaza. Le resultaba vergonzoso pero, a la vez, le asombraba la indiferencia que pronto le ganó. Le regaló un casco a su esposa y ambos cargaron morrales no muy pesados para unir en moto la costa este con el Pacífico.
Fue al llegar a Los Angeles, tres meses después, que vio el lanzamiento en librerías de su más reciente novela, “Luna de Sangre”, una que no había escrito pero estaba en todas las vitrinas con su nombre y su foto destacada. Era la maniobra que había permitido a su nueva editorial posicionarse como la primera en el mercado, absorbiendo a la tercera y la cuarta y dejando en mala posición financiera a la segunda. También la fuente de ingresos destinada a “Frankie”, el yate de cuatrocientos metros de eslora que su agente había bautizado con su nombre en su honor.
Lo que nadie se enteraría jamás, con viento a favor, es que la nueva novela era de un autor inédito, un hombre de la edad de Goblet pero sin antecedentes. Un fantasma en el mundillo literario que no había tenido la suerte, pero tampoco el mérito del autor al que reemplazaría. Era como su doble oscuro, un fracasado al que le tocaba el nada envidiable oficio de vivir a la sombra de un grande y de su nombre, permaneciendo él anónimo, con el único consuelo de ganarse un buen dinero.
Frank mandó comprar la novela y la leyó en una tarde, tomando margaritas en la terraza de un hotel de Venice. Era francamente espantosa. Cuando su agente mencionó la sustitución, él no imaginó que rehuiría el esfuerzo de buscar, por lo menos, a un escritor de buen nivel. Carecía de ritmo y de encanto. Tenía episodios convulsivos de escritura automática y capítulos enteros tediosos como un filme checoslovaco. Se darían cuenta del timo y eso sería su fin.
Pero en eso se equivocaba. La novela resultó un éxito de ventas y de crítica. Los más avispados advirtieron que el autor había entrado en una nueva época, pero la consideraban -un disparate- el “salto cuántico” de Goblet hacia el futuro. De hecho, la multitud que lo esperó a la salida de la entrega del premio Nobel, unos meses después, tenía un ejemplar de “Luna de Sangre” para ser autografiado. Ninguna de las anteriores, de las que lo enorgullecían, sino la que no era suya, aunque no pudiera revelarlo.
Siguieron a esa novela otras tres en muy corto tiempo. La presión sobre el autor fantasma arruinaba aun más su capacidad literaria. Goblet estaba enfurecido. Luego deprimido. Se sentía víctima y victimario de un pacto siniestro, que mancillaba su sentido de la verdad y la belleza. “Mindy”, el nombre de la esposa de Goblet, se llamó la hacienda que su agente compró para la cría de pura sangre de carrera. Su gratitud no tenía límites, excepto el de su ambición.
Encontraron muerto a Frank Goblet una mañana de agosto, cuando las lluvias comenzaron a retirarse y el viento frío desmantelaba los árboles. Estaba sentado a la sombra de su tilo, como dormido. Una pericia posterior descubrió un coctel de barbitúricos en su sangre, causante de su deceso.
En todo el mundo su grey de fanáticos declaró _motu propio_ un duelo de proporciones inéditas. Desde el sepelio de Victor Hugo no se había visto una manifestación espontánea de dolor popular por la muerte de un artista.
Lo que nadie sospechaba es que Goblet, que ya hacía tiempo se había quedado sin nada para contar, supo que el final más digno para esa historia era desaparecer. No podía tolerar que se siguieran publicando esas novelas absurdas, que ya escribían un equipo de autores, y, lo peor, que siguieran vendiéndose como pan caliente.
No más tarde que un mes después, se publicó su novela póstuma. “Bajo el tilo” era una patraña mal concebida, peor escrita y unánimemente recibida con ansiedad. Nadie estaba ya en condiciones de poder discriminar entre su obra y el horror de sus últimos apócrifos.
Fue un récord de ventas histórico.
Fue bautizado “Goblet” el castillo del siglo doce que su agente compró para restaurar en la zona de Perigord. Llegaba para él la hora del retiro.

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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