Lo llamaban Harald “Corazón de Perro”, pero nunca de frente, porque podría haberse comido las entrañas de quien lo insultara. Exigía un tratamiento más formal, donde estaban condensados los trazos de su estirpe y sus hazañas: “Harald Magnusson, heredero del trono de Islandia y conquistador del Mediterráneo, el de la voz de trueno”.
Se lo podía reconocer entre sus hombres por su altura descomunal, la cabellera como una bandera dorada y su musculatura tatuada de heridas y estilizadas siluetas de lobos entrelazadas. Vestía simplemente; en eso no se distinguía de los otros guerreros, todos cubiertos con capas de piel sujetas con lazos de cuero, con refuerzos de metal allí donde se esperaban los golpes de la espada de los enemigos. Harald era un ser diseñado para la guerra y la conquista, el líder perfecto de un pueblo que prefería el pillaje a la agricultura, aunque aquel fuera consecuencia de la escasez de tierra fértil en sus heladas comarcas.
Aunque acostumbrado a los países lejanos, sean las verdes costas de Sicilia, los serpenteantes ríos de la Francia o el mar de arena de los árabes, por primera vez el guerrero supo que se habían alejado demasiado.

Un navegante solitario, con trazas de haber sido abandonado por los dioses y la razón, apareció en la sala del trono hace unos meses prometiendo tesoros en la dirección en la que el sol se pone. Harald jamás había lanzado sus draken más que hacia Europa, siempre navegando hacia el este y sur. No tenía conocimiento de esas tierras de poniente y la aventura parecía demasiado arriesgada, pero su espíritu inquieto y una inexplicable confianza en ese loco harapiento lo pusieron a reflexionar.
Después de haberse aprovisionado para un viaje que sospechaba extenso, se lanzó al mar con veinte draken, ornados con la cabeza de Fenrir en la proa y los escudos con el color rojo de su estirpe a los costados. No era un hombre de fe, si bien no se animaba a admitirlo a viva voz, pero determinados signos en el sacrificio que oficiaron al partir lo alertaron. La sangre que brotó del cuello de la doncella que se ofreció como víctima era negra como las alas de un cuervo.
Luego de un mes de navegación donde lo único que podían ver era el mar infinito que los rodeaba, el cielo se puso plomizo y ya no pudieron leer el rumbo. Así estuvo por cuatro días hasta que se desencadenó una tormenta que parecía gobernada por la ira de Thor. Las embarcaciones se fueron dispersando, cada una enzarzada en una lucha desigual por mantenerse a flote. Harald vio hundirse al draken de Gunnar Haraldsson luego de partirse en medio y un rayo caer sobre el palo del navío de Per Sigurdsson. Este último se encendió como una tea y la tormenta no podía apagarlo; los hombres, todos ellos buenos guerreros, se arrojaron al mar, prefiriendo morir ahogados que carbonizados. Algunos de la nave de Harald cayeron al mar, pero el orgulloso draken del líder soportó los embates y sobrevivieron. Cuando salió el sol al día siguiente, estaban solos en medio del océano, agotados y sin esperanza. Al anochecer, las estrellas confirmaron que habían derivado hacia el sur, aunque seguían en el rumbo indicado, esa decisión fatal de alcanzar el sol en su muerte.
Como llevados sobre una mano delicada, cuando ya estaban dispuestos a dejarse morir de hambre y sed, la marea los acercó a la costa. Lo primero que vieron fue una pared de vegetación verde y cerrada, arrojando sombras sobre una playa de arena luminosa como jamás habían conocido. No había puertos ni señales de edificación. Algunas siluetas los espiaban, pero a medida que se acercaron huyeron hacia la selva. El calor era abrumador. No como el del desierto de Africa, sino un calor húmedo, que provocaba un sudor permanente. Algunos deliraban de fiebre por deshidratación.
Luego de unas horas se acercaron lo suficiente como para poder descender. Se arrojaron sobre la arena, delgada y blanca como harina, y algunos lloraron. Harald no se burló de ellos, sentía en carne propia la angustia de tantas muertes que pudieron ser las propias.
Se habían alejado demasiado, se repetía una y otra vez en silencio, con una mezcla de orgullo, pánico y funesta premonición.

Por lo pronto no morirían de hambre. Apenas se internaron en la selva encontraron algunos animales y frutos de los que alimentarse. Mientras exploraban, sin alejarse demasiado de la playa -aunque algunos metros dentro de la vegetación ya no les permitía ver nada alrededor-, con el ruido del mar como única orientación, tuvieron la sensación de estar siendo observados. En el campamento montado sobre la arena, en torno al fuego donde comenzaron a contarse las experiencias de la tormenta, recordando a sus compañeros de batalla y prometiéndose a sí mismos encargar a un poeta una saga sobre Harald el de la Voz de Trueno, afilaron sus armas para darse ánimo. Al día siguiente llevarían su exploración más allá, hasta encontrar a los hombres que los observaban desde lejos.
Pero no hizo falta. Al despertar de su primer sueño en tierra firme, un grupo de extraño aspecto los observaba. Eran de baja estatura, con la piel del color del cuero curtido, algunos de ellos pintados en parte de color azul, vestidos con telas de colores y penachos extravagantes. Había algo irregular en sus facciones: no sólo el agregado de adornos que atravesaban su piel, sino una mirada unánimemente estrábica y el cráneo estirado hacia la nuca. El que parecía liderarlos tenía piezas de piedra verde en las orejas, nariz y boca. Su penacho era aún más grande, lo que lo hacía verse más alto de lo normal para su gente. Portaban armas o eso parecía. Pudieron reconocer una versión sencilla de lanzas, arcos y garrotes. Pero no imaginaban cómo se usaba un bastón de madera plano del cual sobresalían piedras negras de su lados más estrechos.
Uno de ellos, que parecía ser un segundo al mando, comenzó un discurso incomprensible, en el cual supuestamente enumeraba las virtudes del jefe, que asentía cerrando los ojos apenas, aparentemente cómodo por los halagos de su lugarteniente. Finalmente el jefe habló al grupo de Harald. Como no obtuvo respuesta se rió, actitud que imitaron ampulosamente los guerreros que lo rodeaban. Hizo una seña de que lo siguieran, pero parecía exigir que las armas se quedaran en el campamento. Cuando los guerreros islandeses parecían reaccionar a lo que consideraron una provocación, Harald arrojó su hacha de combate al suelo e invitó a sus hombres a hacer lo mismo.
Caminaron por la selva por un par de horas. De repente la vegetación desapareció y se encontraron en medio de una ciudad de enormes dimensiones, con formas de edificación desconocidas para los recién llegados. Edificios piramidales con escalones en lugar de paredes lisas, algunos que podían ser subidos por un hombre y otros de mayor altura entre los peldaños, llegaban a alturas mayores que los palacios que pudieron haber conocido en Europa. La ciudad hervía de gente que interrumpía sus asuntos para mirarlos con curiosidad. Harald comprendía que él y sus hombres resultaban tan pintorescos para los locales como estos para él. Todo a su alrededor era colorido: frutas y pájaros de plumajes coloridos, telas y pinturas en los edificios, llenaban sus ojos. Jamás había escuchado de un pueblo así, y comenzaba a sentirse orgulloso de ser el primer hombre de su raza que los conociera. Pero, en la evaluación que acostumbraba a hacer cada vez que desembarcaba, no encontraba sencillo someterlos y robar sus tesoros, que seguramente los tendrían. Ellos eran sólo catorce hombres en medio de una ciudad con miles de guerreros que se defenderían con facilidad.
El rey de ese pueblo se mostraba en pocas ocasiones. Como atontado por la cantidad de adornos que atravesaban y cubrían su cuerpo, saludaba al pueblo desde lo alto de un palacio y volvía a entrar, sin modificar su expresión, como si se tratase de un dios abúlico. Un día, algunos meses después de haber llegado, llamó a su presencia a los islandeses. Los observó con sus ojos perfectamente bizcos y acercó una mano cargada de anillos hasta el pelo dorado de Harald. No dijo palabra. Se retiró como solía hacerlo, sin mayor modificación de su impresión, más allá de todo lo humano, por extraño que pareciese.

Pasaron algunos años en los que Harald y su gente aprendieron el idioma y libraron las guerras de los locales. Tuvieron mujeres y riquezas más allá de cualquier pretensión. Pero no pudieron volver a su hogar. Se acostumbraron a los sacrificios humanos, más frecuentes que en Escandinavia, aprendieron a observar nuevas relaciones en los astros de la noche, aprendieron las sagas de los primeros hombres, creados del maíz. Probaron la bebida del cacao. Conocieron las bestias feroces y los pájaros que se escondían en la selva. Y fueron muriendo, con el tiempo, sin que nadie pudiese enterarse nunca en el frío hogar de la gloriosa historia de Harald, el de la Voz de Trueno o el Corazón de Perro.
Antes de morir, Harald reunió a los hijos que tuvo con su mujer maya y les habló en su lengua natal, ese gutural sonido apto para la guerra y las fiestas eternas en el Valhalla. Les recordó la genealogía desde su predecesor divino, Thor, hasta su padre Magnus. Les prometió la recompensa de los guerreros vikingos en vida y luego de la vida. Y les dio sus armas que necesitaban ser nutridas con sangre humana. Los niños lo miraron con cierta sorpresa. Pocas veces habían escuchado ese dialecto y les desagradaba, tanto como ver morir al gigante rubio que, según su abuelo materno, había descendido de los cielos del verano.

Algunos cientos de años después, el obispo Hernández de la Huella, castellano enviado a Yucatán a enseñar la verdadera fe a los indígenas ignorantes del Dios verdadero, escribía:
“…Vivían los naturales juntos en pueblos, con mucha policía, y tenían una tierra muy limpia y desmontada de malas plantas y puestos muy buenos árboles; y que su habitación era de esta manera: en medio del pueblo estaban los templos con hermosas plazas y en torno de los templos estaban las casas de los señores y los sacerdotes y luego la gente más principal, y así iban los más ricos y estimados más cercanos a estas y a los fines del pueblo estaban las casas de la gente más baja. Los salvajes tienen la frente amplia y la cabeza aguda, y las mujeres son de una condición armoniosa, sin la cintura amplia de las negras, pero las hay de gran belleza y atrevimiento. En uno de esos pueblos, en un edificio próximo al templo de sus diabólicas prácticas que ofenden a los ojos de Dios, se encontraron hombres de tez blanca y cabello amarillo. Aunque habiendo olvidado nuestro idioma y maneras, bien puede asegurarse Su Majestad que son súbditos españoles que han errado su camino en expediciones que creíamos tragadas por el mar, pero siendo pocos fueron olvidados sus orígenes y convertidos a la barbarie. Que Dios quería para su servicio que poblásemos en aquella tierra en gran número y al fin se ha cumplido Su Voluntad y la Vuestra, Su Majestad…”

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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