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Cuando la tuvo en sus manos supo qué era ese objeto antiguo y terrible del cual había escuchado comentarios en voz baja y en secreto: se trataba de una fotografía. Un papel grueso y desgastado, de bordes irregulares, donde estaba grabada una escena extraña, gracias a una técnica primitiva. En lo que parecía una antigua nave a tracción por explosión de combustible fósil, una mujer sentada sonreía, mostrando a una niña recargada en su regazo. Los colores estaban muy apagados y los rasgos desvaídos. Un objeto y una imagen de una antigüedad inconcebible. Esas naves habían dejado de usarse en 2100.
La mano le temblaba pero no podía dejar de mirar. Dudaba si lo correcto era la destrucción inmediata de la evidencia o la entrega a un oficial del Programa. Sabía que el demorarse no era la opción indicada.
Su trabajo lo ponía a menudo en contacto con objetos de otra era. No tenía afanes de coleccionista o curiosidades de historiador. Era un “acondicionador”. Su tarea consistía en poner en disponibilidad unidades habitacionales que habían sido abandonadas tras la muerte de su ocupante. Normalmente no tenía que hacerse cargo de muchas pertenencias, que eran desechadas, ya que los ciudadanos acataban el riguroso programa de no posesión. Pero muy de vez en cuando encontraba objetos guardados con celo en forma clandestina. Instrumentos de escritura, soportes digitales de música de forma circular, pequeñas figuras de plástico, trozos de metal o piedras, eran los más frecuentes. No pasaba de la observación curiosa de unos segundos para arrojarlos a la bolsa de residuos confidenciales, que serían procesados por la inteligencia central antes de ser destruidos. Nunca había topado con una fotografía, que era uno de los vestigios más penalizados por el Programa.
En su versión 105.03 de noviembre de 2232, el Programa establecía la prohibición de poseer cualquier vestigio del pasado grabado sobre un soporte, lo cual se extendía a las antiguas fotografías, libros, películas y sucesivos desarrollos digitales. El espíritu de la ley no iba dirigido a bloquear el conocimiento del pasado, sino a asegurar el desapego con toda realidad que el tiempo consume. La civilización había llegado a un punto de conciencia absoluta del presente, que hacía innecesaria e inconveniente cualquier conducta de de evocación del pasado, consideraba como enferma y delictiva. Los hologramas de definición absoluta sólo se generaban para enviar testimonios del presente a áreas alejadas, o para tener participación presencial en una reunión remota. No había más, no se guardaba nada, no tenía ningún sentido.
Sin dudas, la fotografía tenía un encanto indefinible. Su falta de definición, que atestiguaba el transcurso del tiempo, se metía en un su mente y despertaba sensaciones desconocidas. Lo que más lo impresionaba, además de la posesión precaria de un objeto de una época muerta, era la persistencia de la memoria de un par de seres humanos que ni siquiera serían cenizas ya. Ellos eran el origen de alguien que hoy está consciente. Probablemente eran antepasados del ex habitante del lugar donde la halló, o simplemente eran dos desconocidos en un tesoro arcaico y prohibido.
Él, como todos, no guardaba memoria de sus ancestros. El Programa había acabado con el antiguo hábito de formar familias que cohabitaban en espacios insuficientes. Cada ciudadano en el mundo ocupaba un espacio confortable que sólo abandonaba el día de su muerte. Era asignado en función de la cercanía a su lugar de trabajo, a menudo en el mismo complejo.
Las relaciones entre las personas eran fugaces, profundas tal vez, pero nunca permanentes. Los ciudadanos nacían de acuerdo a un programa permanente de mejoramiento de la especie, con protección de enfermedades y habilidades especiales segmentadas, de acuerdo al sector de producción al que eran destinados. Cuando el Programa encontraba la pareja calificada, la procreación era un servicio a la ciudadanía. Al nacer el bebé era entregado al Programa, y ninguno de los tres seres humanos partícipes del acto volvía a encontrarse.
En el momento en el que se encontraba por accidente, todo ese mundo ordenado y previsible se veía alterado por la aparición de otra forma posible de la especie. Una que ya había perdido su batalla evolutiva gracias a su manejo irresponsable de las emociones, su debilidad por las fronteras y la acumulación de objetos. Sin embargo, ese testimonio lo conmovía de manera extraña.
Guardó la fotografía entre sus ropas y siguió ordenando el lugar. Sabía que era probable que esa actitud le costara la vida. Pero alimentaba un orgullo insensato por su rebeldía. Y una profusión de adrenalina, superior a la produce el cine de inmersión.
Sólo quería ver la fotografía una vez más. Sentía la nostalgia de una emoción desconocida. Como un reflejo adormecido y nuevo, la soledad irrumpía en su pecho.

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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Comentarios

  1. ME gustan tus letras que se pierden entre las ideas del pensamiento, porque tú, las unes con un lazo de forma especial, porque no sé que tienes para escribir, distinto y original .. será lo que en ti llevas.. .un pintor que pinta palabras, refleja escenarios, y expande sus frases especiales, regalando sus mejores relatos en su galería privada…porque Mario Pinto..pinta letras en el cielo , tranquilamente…para que tú las leas.

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