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Lo hizo otra vez. Frotándose las manos con un gesto aprendido en una capacitación de Managers del Siglo XXI, me miró de soslayo y espetó:
-Pudiera ser.
Me irrita hasta lo indecible su costumbre, frecuente en México, de usar el subjuntivo en lugar del condicional, como si fuera un modo verbal más elegante para las afirmaciones serias, en desmedro de la vaguedad inconveniente de expresar sólo una posibilidad incierta. Hablar con potenciales es como estar en junta con la camisa arremangada y los botones del cuello desabrochados: una falta de etiqueta. Ningún líder que se precie deja nada librado a la mente de los que interpretan. Cuando esquiva, omite, y es por estrategia, no por negligencia o falta de seguridad. Puedo darme cuenta por su mirada auto complaciente que eso piensa, y que prefiere colar el barbarismo como una institución formal del habla de su cultura. Al fin y al cabo, la Academia termina aceptando todo. Y cosas peores.
-Pudiera ser. -repite, y apuesto que ve las llamas detrás de mis ojos.
También eliminó de su habla el pretérito indefinido en beneficio del perfecto, pues todo el mundo sabe que lo perfecto es deseable y lo indefinido no. La elegancia del complemento que convierte al verbo en un participio gentil, parece ser un modo del habla con una elegancia antigua.
No hay nada casual en sus actos, mucho menos la elección de los tiempos verbales. Así como nada de lo que hace o dice es fruto de su reflexión particular, sino el acervo de lecturas populares que están entre la filosofía de autoayuda y la teoría de la gestión.
-Pienso, en cambio, que podría ser. -contraataco, y esta vez sus ojos son los que se encienden, aunque trata de disimular su temperamento cuando se trata de duelos verbales en el ámbito laboral.
Toda la escena tiene un motivo: quiere convencerme de algo en lo que manifiestamente mostré mi desacuerdo, como un gesto de magnanimidad preferible a la expresión desnuda de una orden. Lección también aprendida en los fatigosos talleres donde el café y las galletas dulces son el único consuelo. Por eso trata de arrinconarme con argumentos que esconden su verdadero espanto por la confrontación directa. Por cualquier acción que manche su cuidadoso camino de ascenso. Podría simplemente ordenármelo, ya que tiene autoridad formal sobre mí. Pero jamás usaría un verbo en imperativo.
Su uso del lenguaje se asemeja a quien busca la elegancia en la sencilla combinación de fórmulas probadas. Camisa blanca, traje azul y corbata a rayas. Lo mínimo y lo seguro. No hay en su discurso atisbo de imaginación u originalidad, ya que él no la tiene. Posiblemente en la intimidad de su recámara exprese algo de su yo más íntimo. El resto del tiempo es una máquina eficiente pero esforzada, aunque de esto sólo me doy cuenta yo, que lo observo y evalúo.
-Es discutible. -recurre a la fórmula frecuente para expresar que no piensa discutir, que no necesita hacerlo. Que su autoridad alcanza para que su voluntad decida y exprese, en un idioma propio, lo que debe suceder.
Este simulacro de conversación termina con su silencio elocuente, subjuntivo, y mi potencial sepultado bajo las condiciones relativas del poder.
Nada hay fuera del lenguaje, ya sea en la pretensión de infinito del poeta que busca tensar los límites para que el sentido estalle, o en el habla pequeña y cerrada del administrador de instrucciones, que nada quiere dejar librado al azar o la interpretación.
Respondo con silencio también. Mientras pienso, y digo con la mirada, sin duda, que me encantaría que reventara.

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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