No insista.
Su determinación, aunque usted sospeche lo contrario, no me favorecerá, sino que me pondrá de un humor turbio. Imagínese que usted padece de tartamudez y yo le sugiero que hable bien, porque, claro, es mejor para quien lo escucha. Lo más seguro es que ya no le salga una palabra. De la misma manera, su gesto de invitación desde la pista me resulta intimidante, invasivo y le diría que hasta maleducado.
Entiéndame bien, no tengo una prevención moral en contra del baile. Se trata de una cuestión de preferencias. Inexplicable, si quiere, en mi caso, salvo por el recuerdo atenuado de mi timidez infantil. Debería tener el derecho de no tener de justificarme, ¿no le parece? Tampoco es que esté desertando de un deber con la Patria o negándole mi ayuda a un moribundo.
Le cuento: su existiera un universo con personas como yo, se bailaría, tal vez, en otras circunstancias. Yo lo hago en soledad. El baile es un acto íntimo para mí, una expansión corporal de la actitud de escuchar música. Claro, la música que escucho no serviría para animar una fiesta. No obligo a nadie. Llevo auriculares la mayor parte del tiempo y sólo el trabajo de explicar qué tipo de música prefiero escucho me resulta fatigoso.
Pero, la verdad, el hecho de que una fiesta… de casamiento, pongamos por caso, dedique el noventa por ciento de su extensión al baile… me resulta inexplicable. Esa confusión entre diversión y baile me resulta tan extraña como el folklore de Ganímedes.
Tan extraño como el entusiasmo que invade a todos cuando las luces se acomodan y se “abre la pista”. A mí, por el contrario, me invade una especie de parálisis y mi mente vuela, buscando un entretenimiento que compense las horas dedicadas al baile a partir de ese momento. La paso mal; me cuesta confesarlo, no se crea. Termino por concluir que las fiestas no sólo no me divierten, sino que me torturan un poco.
Por empezar, la música. La sobreabundancia de ritmos latinos -de letras penosas-, la música de los ´80, las pulsaciones compulsivas del tecno, los espacios de nostalgia y el carnaval carioca, me hacen daño a los oídos. ¿Por qué no ritmos africanos, del próximo oriente o jigas celtas? No, no hace falta que ponga esa cara: entiendo que la cultura musical de los invitados se agota en la FM cercana a su localidad.
Luego, los danzantes. Si bien hay héroes que destacan (es curioso que no parezcan así de sensuales antes de moverse), en general son nuestros prójimos los que se mueven como atacados por el mal de San Vito. Ver bailar a nuestros conocidos es como verlos desnudos. De no mediar un interés erótico, yo elegiría no tener que ver desnudo a nadie.
¿Es divertido, dice usted? Puede ser. Recuerde que yo no discuto sus preferencias ni las de la mayoría, sino que trato de establecer mi punto. Y mi punto es que yo no bailo, por más que me haga señas en las que deja ver su opinión: soy un aburrido, un antisocial, un raro. No se equivoca, si quiere.
Pero aun así, yo no bailo.
Sepa usted perdonar, no pierda el tiempo y sacúdase todo lo que quiera. Yo la miro desde acá.

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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