Lucas,  así se llama mi perro y, por mucho que digan algunas voces que los animales son el vivo reflejo de sus amos, Lucas y yo no nos parecemos en nada; eso sí, el entendimiento es total. Cada uno de nosotros tiene sus manías, sus gustos y sus amores.

Hay una química entre ambos muy especial. Lo mío por él he de reconocer que comenzó por ese sentimiento llamado lástima. En aquel entonces, hace dos años, nueve meses y once días,  pasaba por el peor momento de mi vida en el que la pena y la soledad se habían incrustado en mi alma, en mí ser.

Él era demasiado pequeño para barruntar cómo podía ser la vida callejera si no llego a aparecer en su vida. Su madre parió delante de mis narices mientras estaba sentado al calorcito del sol andaluz un mes de abril del 2004; me impactó. Al rato, sin yo haber despegado los ojos de aquella escena y mientras la madre lamía los tres cuerpecillos famélicos, apareció el dueño del cortijo. Me explicó que estaba harto de que se le colaran chuchos por cualquier rendija y, sin más dilación, cogió a la madre y a los tres cachorros y se los llevó; no sé qué haría con ellos, lo que sí sé es que dos días después estaba observando la lluvia tan delicadamente triste igual a como yo me sentía cuando un ruido distrajo mi ensimismamiento. Miré en dirección a la maceta de geranios que está instalada junto a la puerta de la casa y, allí encontré una especie de bola negra con manchas blancas que levantaba a duras penas los ojos en mi dirección. ¡Joder! Se me pusieron de escapulario mis partes varoniles ante aquella mirada de desamparo, de abandono…, tal como yo me sentía.

Inmediatamente, según le cogía con mi mano, recordé que era uno de los perrillos de dos días antes. Aferré una toalla y lo envolví; estaba tiritando. A continuación, comenzó a chupar mi dedo meñique.
Sé que, a veces, los hombres damos de sí lo que damos, y lo único que se me ocurrió en aquel momento fue tirar de mi taza de café, ¡cómo lamía el plato!… Desde entonces, puedo decir que Lucas es un experto cafetero; no le vale cualquiera y, es más, el aroma le hace mover el rabo que da gusto. Si ve despistada una taza de café va a por ella así que hay que ser previsor y retirar lo que haya alrededor a riesgo que vaya al suelo. Ante el café no hay miramientos para él.
El resto de mis vacaciones solitarias las pasé con aquel chucho de raza imprecisa compartiendo mis cafés y llevándole en mi mochila cada vez que bajaba a Sevilla a ver alguna procesión; pensaba que si le dejaba solo le podría pasar algo.
Llegó el día de mi partida y, honestamente, mi intención fue dejarlo y entregárselo al dueño del cortijo pero, ¡coño!, me lanzó una de esas miradas tan suyas que se me partió el mundo en dos.

¿Qué iba a hacer yo con un perro en Madrid si no sabía cuidar ni de mi vida? Me sentía el ser más desdichado desde aquel once de marzo en que mi Macarena se fue al cielo en uno de aquellos trenes malditos. Yo, tampoco quería seguir viviendo y, sin embargo, estaba condenado a respirar el mismo aire que el de los asesinos que me robaron a mi esposa… Entonces, ¿qué hacía un perro en mi truculenta existencia?
Después de sopesar todos los inconvenientes y la ausencia de ventajas, el chucho se coló en mi coche… Bueno, no tengo porqué mentir: el perro era tan pequeño que si no le llego yo a montar en el asiento, allí se queda.

Así llegamos juntos a mi nueva vida de viudo de España. Con él, nunca me sentí solo en aquellos tiempos difíciles en que la niebla oscureció mi biografía.

Juntos hemos aprendido a caminar, a disfrutar de los pequeños placeres. Lucas es mi mejor confidente. Fíjense cómo será de inteligente que cuando le cuento historias de Macarena y me quedo callado porque una lágrima se escapa de mi corazón, él me lame mis manos perdidas en la nada.
Claro que, a veces, es un perro que no me respeta: odia a Tchaikovski y en el momento que me ve con el CD en la mano, se pone a ladrar como un poseso… ¿Lucas no será la reencarnación de Mozart?

… Si una mañana, alguien llama a tu puerta y ese alguien es de cuatro patas y te ladra, déjale que se enganche a tu corazón… Yo sé que Lucas me salvó del abismo.

Photo by Ana _Rey

Mª Ángeles Cantalapiedra
¿Qué voy a decir de mí?No soy seria, me gusta la vida, reírme, viajar... Soy de Valladolid, pero no vivo allí, que no sé decir ya si no es escribiendo. He ganado algún premio y me he sentido la reina del mambo pero cuando han dado las doce campanadas pues vuelvo a la realidad. Tengo dos novelas publicadas SEVILLA...GYMNOPÉDIES, que ha recibido el premio en la feria del libro de Madrid 2016 como MEJOR AUTORA NOVEL. En 2017 publiqué MUJERES DESCOSIDAS y en 2018 AL OTRO LADO DEL TIEMPO, premio Sial Pigmalión de narrativa... Y nada más, que si alguien me necesita pues estoy por ahí zascandileando. http://angelesysuscuentos.blogspot.com/ http://mellamolola.blogspot.com/ http://contartecosas.blogspot.com.es/
Mª Ángeles Cantalapiedra

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