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Ya no estás… No, me lo acaba de decir el silencio porque hay silencios que hieren tanto que casi parecen que te acribillan con balas de mutismo sordo, tan vacías que van entrando una a una hasta que te desplomas en un suelo. Este es frio, hielo. ¡Eso! Agua helada cayendo a un precipicio vacuo, un desierto sin, ni siquiera, arena, y lentamente te vas ahogando en oscuridad, esa opacidad que no te deja ni ver ni sentir. Te estrangula despacio y el aire se esfuma, desaparece de ti sin dolor, sin ser nada, si apenas percatarte.

Ya no estás… Me lo susurra a cada segundo mi desconsuelo. Solo hay dolor, congoja.

Ya no estás… Sí, me lo ha dicho la casa, sus paredes, sus puertas que ni se abren ni se cierran, están inertes, como si hubieran desfallecido por falta de vida. Como si el reloj si hubiera parado en una hora incierta que no quiero escuchar.

Ya no estás… Lo sé, mi sonrisa voló contigo a donde mi mente no puede llegar ni imaginando. Ni siquiera me deja decir “Vuelve” Su mano evaporada me cierra mis labios tan secos y agrietados que parecen tierra yerma.

Ya no estás… No, no estás ni estarás y mis ojos caen como la noche sin estrellas mientras el crepúsculo atusa esas penas negras, lúgubres, sin esperanzas…, sin nada a lo que asirme.

Ya no estás… Y que no me pidan que vuelva. Hoy no. tal vez algún día, cuando aprenda a coser tu ausencia, a engancharme a algún dobladillo que necesite como yo un porque…, no sé.

Ya no estás… Yo, tampoco.