Cuando el viento comenzaba a corretear por las extensas llanuras de Kansas, no eran sólo las hojas secas las que se elevaban bailando al compás de algún remolino juguetón; también el corazón de Dorothy se alzaba, evocando numerosos recuerdos, haciéndola mirar de nuevo al cielo, llena de nostalgia. Pero cabe decir que, por más tornados y torbellinos que vinieron, ninguno volvió a elevar la casa.

Aquella tarde terminaba tranquila. Un lienzo rosado bañaba la vieja granja del tío Henry. No había ningún indicio de que fuera a desatarse tormenta alguna. Pero los pájaros dejaron de cantar y las gallinas se escondieron apresuradas en el corral. La joven Dorothy supo que sucedía algo. Salió apresurada dejando a su caballo preferido a medio cepillar y oteó el horizonte, un poco hacia el sur, que era el lugar de donde habitualmente venían los tornados. El cielo se había vuelto gris de repente. Un ruido estremecedor hizo vibrar la vivienda. De la nada apareció un extraordinario remolino con forma de tubo que serpenteaba acercándose a la granja. Curiosamente, aquel tornado no arrastraba los objetos hacia arriba; más bien empujaba las partículas hacia abajo, cayendo piedrecillas y granitos de arena sobre el tejado. Dorothy sonrió cuando se encontró en el centro del huracán con el cabello alborotado. Percibía que aquel fenómeno estaba allí por algún motivo. Alzó la vista. Oscilando como una pluma mecida cariñosamente por el viento, cayó sobre sus manos una carta que traía consigo el olor de un país que visitó hace mucho tiempo atrás.

El sobre era dorado, con un sello amarillo –de la misma tonalidad que ciertas baldosas que había pisado años antes-. Al abrirlo encontró una especie de pergamino escrito con tinta de color azul turquesa. Por los diferentes trazos y garabatos, supo que la habían escrito tres personajes que ella conocía muy bien. La carta decía así:

“Querida y muy estimada Dorothy,

¡Cuánto te echamos de menos! Soy el Espantapájaros. ¿Te acuerdas de mí? Nuestras aventuras para llegar a la ciudad de Oz aún están en mi memoria. ¡Cómo no! Debo decir que ahora tengo una memoria de elefante. El cerebro que he conseguido funciona a las mil maravillas. He decidido aprovecharlo al máximo y hacerme profesor para demostrar mis conocimientos. Sin dificultad alguna me he doctorado con honores. Mis altísimas aptitudes han llamado la atención del rectorado y, adivina… ¡me han ofrecido un puesto en la prestigiosa Universidad de Oz! Por supuesto, he aceptado con mucho orgullo, pues me lo merezco; he demostrado mis capacidades a tal punto que he hecho parecer como una pequeña panda de ignorantes al resto del profesorado. Me rodeo únicamente de la más alta élite de científicos y pensadores. Tan solo es una lástima que de regreso a mi trabajo tengo que aguantar a ese puñado de fracasados que tengo por estudiantes. Siempre con sus preguntas y sus dudas, como si fueran niños de párvulos. ¡Qué inoportunos y exasperantes me parecen! A veces, para librarme de ellos y relajarme, bajo al pueblo a descansar. Pero entonces todavía es peor: verme rodeado de gente con tanta incultura y tan vulgar… ¡Me pone enfermo! En fin, no te quiero aburrir con mis palabras, aunque podría definirte muchas. Simplemente te deseo lo mejor y recuerda: estudia mucho y vuélvete inteligente.

¡Ah, Dorothy! ¡Cuántos recuerdos nos has dejado! Te escribe el Hombre de Hojalata. ¡Has hecho de mi vida la más feliz de entre los mortales! Cuando creía que no tenía corazón era el más desdichado de los seres vivos. Pero ahora todo mi interior destila amor. Por eso busqué, hasta encontrarla, a la muchacha de mis sueños para ofrecerle a raudales lo que llevo dentro. La encontré, Dorothy, la encontré. Era tan bella como recordaba, tan espléndida, tan grácil. Sufrí tanto -¡ay, cómo es el amor!- porque no me atrevía a acercarme a ella y expresarle lo que siento. Dudé y dudé -¿y si me rechazaba?-, y cuando por fin di el paso, me di cuenta de cuánto me había perdido por esperar tanto. ¡Oh, qué bello es el amor! Compartimos todas las dulzuras, las mieles de los besos y las fragancias de los abrazos. Ningún trovador pudiera haber entonado canción más bonita. Tan solo en aquellos momentos en que el desacuerdo interrumpía nuestro romance, o en las ocasiones en que había que tomar una decisión difícil, yo me veía en la necesidad de apartarme, pues no soporto que se marchite la pasión. Insectos vinieron a carcomer nuestra felicidad y vientos de tormenta quebrantaron nuestra paz. Yo me escondí y ella los enfrentó. Salió herida, pero en su tristeza y su dolor, yo le canté mis versos más dulces, mis sonetos más tiernos. ¿Por qué no funcionó como antaño? No comprendo qué le ha pasado a mi pétalo de rosa, que la veo tan distante. Yo no he cambiado, pero ella… ¿Es que no percibe mi amor? Quizás tú puedas entenderme.

¡Aparta, que me toca a mí! ¡Hola, Dorothy! ¡Soy el León! ¡Cuántas ganas tenía de saludarte! ¿A que no me reconoces? Bueno, no me reconocerías si me vieras ahora. ¡Ja, ja, ja! ¡No hay nadie más valiente que yo! He ganado más medallas a la valentía que el más aguerrido de los soldados de esta ciudad. ¡Tantas son las condecoraciones que me han dado, que están pensando en fabricar una chaqueta especial que tenga la envergadura suficiente para colgarlas todas! Así he llegado a ser general del ejército de Oz. ¡A buen tiempo! Las brujas han vuelto a atacar. Pero hemos defendido la ciudad con toda la valentía que nos caracteriza. Hemos hecho incursiones en los más tenebrosos bosques y en las escarpadas montañas de las tierras del Oeste. Nuestra estrategia es sencilla: lanzar nuestro grito de guerra y precipitarnos contra el enemigo. Muchos de los nuestros han caído en las numerosas trampas y emboscadas que nos han puesto. Pero eso no nos detendrá. ¡No tenemos miedo! Nuestra consigna es: ¡Siempre hacia adelante y atacar! Impresionante, ¿no? Es inspiración mía. Ahora estamos defendiendo la población de las figuritas de porcelana. Vigilamos día y noche; y cuando algún extraño asoma la cabeza nos lanzamos sobre él (a veces nos hemos confundido con un transeúnte o un viajero que ha pagado las consecuencias). En ocasiones corremos por esas diminutas calles, rompiendo algunas casas y monumentos; ¡es que están hechos de un material muy delicado! Y también hemos tenido que llevar a reparar alguna que otra muñeca de porcelana… Gajes del oficio. En fin, ¡esto es la guerra! Y no te molesto más. ¡Dale saludos a mi buen amigo Totó!

Te queremos. Tus amigos de Oz.”

Las emociones se mezclaban en el pecho de Dorothy al terminar de leer la carta. Inmediatamente entró en la casa y se dispuso a escribir una respuesta. Todavía el torbellino estaba allí cuando terminó, como si entendiera su misión de paloma mensajera que servía de unión entre los dos mundos. Dorothy metió la carta en un sobre de color verde, como el color esmeralda de la ciudad de Oz, y lo soltó ofreciéndoselo al viento para que lo llevara consigo. El gran remolino comenzó a elevarse con tal fuerza que casi arranca la granja del suelo con todos sus animales dentro.  Pero duró unos pocos segundos, pues desapareció repentinamente dejando el atardecer tan calmado como al comienzo de nuestra historia. La carta, que también se había esfumado, fue leída días después por tres curiosos personajes que leyeron con mucho interés y expectación. El texto decía así:

“Dorothy Gale. Kansas.

¡Mis queridos amigos! De verdad que os he añorado y me he sentido emocionada al recibir noticias vuestras. ¡También Totó os recuerda con gran alegría! Juntos vivimos muchas aventuras y peripecias mientras buscábamos la ciudad de Oz. Y ahora os recomiendo que volváis a caminar por un sendero de baldosas amarillas o que busquéis de nuevo un mago que abra otra vez vuestros sentidos para percibir lo que os falta a cada uno de vosotros. Aunque en realidad no tendréis que desplazaros lejos, pues lo tenéis a vuestro alcance.

Sí, amigos míos. Mirad un poco a vuestro alrededor para descubrir las virtudes que tienen otros, las cuales pueden suplir las carencias que nos son imperceptibles. Concretamente insto a que el Espantapájaros observe al Hombre de Hojalata, que el Hombre de Hojalata mire al León y que el León aprenda del Espantapájaros. Porque la inteligencia sin amor se transforma en pedantería y falta de tacto hacia personas que son igualmente valiosas, tanto si son ilustres como analfabetas. Porque el amor sin valentía no sabe luchar por la persona amada, pues hay momentos en que los versos no pueden contra los temporales y lo que se requiere es el esfuerzo de enfrentar la situación que nos amenaza. Y porque el valor sin inteligencia se convierte en necedad, ya que todo embate en esta vida necesita de un plan bien elaborado que mida las consecuencias y evite el mayor número posible de daños que después pueden ser irreparables.

Sin más que añadir y con enormes deseos de que volvamos a vernos muy pronto, me despido. Os quiere mucho y os recuerda siempre,

Dorothy.”

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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