Desperté antes de que cantara el gallo. Mi cuerpo está acostumbrado a anticiparse al alba en la víspera de una batalla. Puedo percibir el silencio, interrumpido únicamente por el sonido de mi respiración y algún grajo matutino que gorjea fuera de la tienda. Mis músculos permanecen relajados y mi corazón ya no late con el ímpetu de antaño, cuando aún me sentía niño para enfrentar estos embates. Más bien, estoy curtido en el manejo de la espada y la tensión del arco, experimentado en repeler emboscadas y frenar ataques, acostumbrado al ruido de los caballos y el grito de los jinetes. No es miedo lo que deambula por mi cabeza. Ni trolls, ni orcos me harían retroceder ante mi cometido. Sin embargo, una vez más, mi pensamiento me perturba.
Canta el gallo. Lo hago callar con el hastío acostumbrado, pero el animal ha conseguido su objetivo. Al poco rato, la calma del campamento se ha transformado en bullicio. Mientras borbotean las calderas para lo que será un frugal desayuno, tengo tiempo de ceñirme la cota de malla y calzarme las botas de cuero que protegerán los pies que han de arrastrarme a mi destino. Es entonces cuando echo un vistazo para observar a mi amada. Su elegancia natural y su belleza intrínseca hace tiempo que me eran desapercibidas. Venida directamente del país de los elfos, mantiene su mirada perdida en un pensamiento que resulta misterioso para mí. Sus gestos y sus palabras, aparentemente indiferentes, no consiguen engañarme; sé que el ardor de su pecho, que una vez encendió nuestra llama, continúa vivo y vela por revitalizarse de nuevo en los momentos más inesperados. Ella sabe a dónde me dirijo, pero tampoco tiene miedo. Sabe que adonde voy no habrá mago gris, ni blanco, que luche por nosotros. Que todo dependerá de la destreza de nuestras armas y nuestra astucia en el combate cuerpo a cuerpo.
No, no es miedo lo que me retiene. No me asusta el vibrar de los metales resonando a mi costado. Ni la terrible y continua presencia del Gran Ojo que escudriña con su fría mirada cuanto se mueve dentro de su territorio, a cualquiera que ose penetrar en sus dominios. Pero me pregunto cuánto durará todo esto y por qué he de verme involucrado una vez más en una guerra que siento que no me pertenece.
Giro, entonces, de nuevo mi rostro. Allí, en un rincón, están las dos criaturas más extrañas de Tierra Media. De tamaño menudo y corazón grande, apenas levantan unos palmos del suelo pero arman todo un alboroto con sus enormes y peludos pies. Los hobbits, cuya ingenuidad e inconsciencia me desconciertan. Ajenos a toda batalla y a las preocupaciones que inquietan a los hijos de los hombres, llaman mi atención con su lenguaje extraño y su entusiasmo manifiesto. Observo que ambos sostienen en sus manos sendos objetos que chocan uno contra el otro. Como si estuvieran batiéndose en duelo, blandiendo sus espadas, aunque únicamente se trata de tubos de cartón. Orgulloso, me acerco a ellos:
— ¿Os estáis preparando para la batalla?
— Son nuestros sables de luz. El mío es rojo y el suyo es azul. ¡Juega con nosotros!
— ¡Muy bien, mis pequeños padawans! ¡Os voy a enseñar cómo pelea un maestro jedi!
— ¡No! ¡Tú eres del Lado Oscuro!
Me sorprende su prodigiosa imaginación, cómo son capaces de olvidar por momentos su entorno y crear un mundo hecho a su medida donde ellos encajan a la perfección. ¡Cómo envidio su capacidad de abstracción en un mundo competitivo y cruel, donde uno tiene que buscar continuamente fórmulas para resistir mentalmente a la abrasadora rutina de cada día! Y plantearse, además, una razón, una motivación trascendente para dar sentido a tantas horas de nuestra vida que son invertidas en aquello que no nos resulta ni agradable ni atrayente…
— Ahora no puedo —respondo—. Tengo que ir al trabajo. ¿Habéis visto mis llaves…?
Hallo, junto a la entrada de la tienda, la brida y las correas de mi cabalgadura. Ya en el umbral, echo un último vistazo a mi alrededor y vuelvo a preguntarme el porqué de mi desdicha y de mi sino. Pero también observo a los hobbits; ¿qué sería de ellos, y de su mundo, si yo no me enfrentara a mi destino? Sí; puede ser que todo el mundo necesite una razón para acometer su lucha. Yo la tengo delante de mis ojos. Lo haré una vez más. ¡Por los hobbits!

 

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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Comments

  1. Me has envuelto en la atmósfera que más me gusta respirar. Hace tiempo que deje de habitar en el mundo de los hobbits pero vuelvo allí muy a menudo a recordar cuando yo fui uno de ellos. Afortunadamente hay algunos en mi vida que me ayudan a volver.
    Me ha encantado. Todo por los hobbits.

     

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