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—Ponte una camiseta, te estás quemando la espalda —me dijo mi madre, sentada en una hamaca bajo el porche.

Me toqué el hombro enrojecido y mis dedos quedaron grabados en él. Ya me había quemado y mis dos hermanos no estaban mejor que yo. Fui a por una cerveza fría.

—¿Queréis unas birras? —grité, ya, bajo el cobijo de la sombra.

Nos entró la cerveza como elixir salido de los pechos de la Reina de hielo. Aproveché para hacer caso a mi madre y me puse la camiseta. Pocas cosas hay en la vida más desagradables que vestir la piel sudada y polvorienta, pensé cogiendo, de nuevo, la azada y preguntándome si no sería demasiado tarde para construir una piscina en el jardín de mamá, quiero decir, ya era verano, y seguramente, la acabaríamos en otoño. Si el cabrón de papá no se hubiera largado, ahora tendríamos pasta suficiente para que nos la hicieran. En fin, seguí cavando bajo el sol. Era mediodía. El sudor me entraba en los ojos y no me lo podía secar porque me los llenaría de tierra.

—Mamá, ¿cuándo comemos? —preguntó mi hermano mayor.

—Un poquito más, hijos, un poquito más —dijo con un vermouth helado en la mano y un porro en la otra.

Hambriento, golpeé la tierra con fuerza y noté un objeto sólido que me sacudió la espalda.

Mi madre, con su bañador, sus gafas de sol y su sombrero de paja se levantó, sorbió un largo trago, dio una gran calada y nos dijo:

—Acabáis de encontrar al pichafloja de vuestro padre.