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Cuando era un chaval, tenía un compañero de juegos al que siempre me alegraba mucho ver. Pasábamos juntos el poco tiempo que su madre le dejaba estar en la calle. El motivo de dejar lo que estuviera haciendo o con quien, para estar con él, no era otro que la sonrisa con la que bajaba a jugar, ofreciéndomela todo el tiempo que pasábamos juntos. Su sonrisa me ponía de muy buen humor. Esa sensación de felicidad me contagiaba al instante, me duraba incluso hasta mucho después de que desapareciera al oír los gritos de su madre llamándolo desde el balcón. Tal vez por ese motivo, poco a poco y definitivamente cuando se cambió de barrio y lo dejé de ver, me quedé con la expresión de sus labios y la hice mía. Un tiempo más tarde, perdí mi nombre por ese motivo y pasé a responder al apodo de “Sonrisas“ durante muchos años. Aunque al hacerme más mayor e ir cambiando de amigos volví a recuperar mi nombre, ya jamás perdí la expresión de mis labios de juventud robada.