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Resulta graciosa, podría incluso decirse que hilarante, la expresión que se muestra en tu rostro cuando esperas de alguien más de lo que recibes. Máxime cuando te detienes un momento a reflexionar y la grácil consciencia de la realidad te abofetea como si tus sentimientos se tratasen de un ingenuo muñeco de sparring que a duras penas se mantiene en pie sin imaginarse el ataque que recibirá.

Es bonita la utopía que se crea en nuestro corazón amartelado cuando te sientes en plena disposición de entregarlo todo. Es bonita, también, la sensación que recorre tus entrañas mientras lo haces. Pero, porque siempre tiene que existir un pero, bonita conjunción, parece que la sensación no se muestra en plenitud si no viene acompañada de cualquier evidencia de reciprocidad. Es así. Somos humanos, egoístas por naturaleza. O tal vez no se trate de egoísmo. Tal vez solo se corresponda con una necesidad intrínseca de sentirnos correspondidos, amados, necesitados.

Necesidad. En ella reside precisamente el quid de la cuestión. Es tan pronto como comienza a gestarse el sentimiento de necesidad cuando se inicia la decadencia del ser humano. No sentirse necesitado es lo que despierta, no la ira ni la rabia, ni siquiera la tristeza, sino algo mucho más dañino, la decepción. Puede que la decepción sea el comienzo de la espiral auto destructiva que todos guardamos en nuestro interior. Y la decepción, a fin de cuentas, es una mera consecuencia de nuestro propio egoísmo, de nuestra propia necesidad.

Hemos de buscar la manera de no construir el sentimiento de decepción que, en sí mismo, nos deconstruye. Los demás no nos decepcionan, sino que somos nosotros mismos los que nos sentimos decepcionados. Quizá sea la hora de aplicar la máxima de darlo todo sin esperar nada a cambio. Al fin y al cabo, en eso consiste el amor. ¿O no?