Regresó al cementerio con la mirada perdida, mientras las frías gotas de lluvia le calaban por completo. Había ido caminando, como solía hacer siempre que necesitaba encontrar su propia tranquilidad, cuando la ansiedad se comenzaba a adueñar de su ser. Las calles estaban prácticamente desiertas aquella tarde de noviembre en el que las nubes habían comenzado ya a descargar de manera casi torrencial sobre la ciudad.

La humedad sobre su cuerpo hacía que el frío se anclase a sus viejos huesos, en un cruel recordatorio de que ya no era, ni muchísimo menos, el joven que algún día logró enamorar a la mujer a la que se disponía a visitar, al igual que había hecho la tarde anterior. Divisó el cementerio en la distancia, oculto tras una bruma narcótica que bien podía ser causada por la cortina de agua que se cernía sobre él, bien por la espiritualidad que desprendía el lugar. No era la primera vez que sentía aquel hálito mágico rodeando el camposanto, pero aquella tarde se presentó ante sus cansados ojos con una apariencia en cierto sentido tétrica.

Desechó aquellos lúgubres pensamientos de anciano y continuó con su pesado avance, volviendo a perder la mirada en un punto indeterminado que oscilaba entre el horizonte y sus pies. La lluvia continuaba derramándose con intensidad sobre él y, cuando llegó a la puerta del cementerio, tuvo que detenerse para sofocar los dolorosos crujidos de sus articulaciones. El interior del lugar estaba vacío, como cabía esperar en una tarde como aquella. Si hubiese sido soleada, a aquellas horas habría varias decenas de personas portando flores y limpiando lápidas con sonrisas melancólicas. Pero cuando el día se presenta desapacible nadie parece querer cuidar de sus seres queridos que se mojan bajo la lluvia que va empapando la tierra que los cubre.

Apoyado en el dintel de la gran verja de hierro forjado, levantó su mirada hacia el interior del cementerio. El silencio era absoluto, solo se lograba escuchar el sonido de la lluvia al caer incesante sobre los caminos. No había cantos de pájaros aquel día, refugiados como estarían entre las ramas de los viejos y gruesos álamos que rodeaban el cercado. Allí dentro todo parecía estar cubierto por una atmósfera relajada y acogedora, incluso la densidad del aire parecía ser diferente, más ligera, menos sofocante. Dirigió sus pasos hacia los caminos de tierra que tantas veces había transitado, siguiendo un recorrido que conocía de memoria. La suave grava del sendero crujía bajo sus pies, haciendo salpicar el agua de los incipientes charcos hasta mojar aún más, si cabe, sus pantalones ya calados.

Comenzó a arrastrar los pies cuando divisó la tumba de su mujer. Las flores que dejó la tarde anterior estaban espléndidas, frescas y lozanas bajo la lluvia, aportando un toque de color que contrastaba demasiado con la grisácea oscuridad que cubría aquella tarde. La tarde se tiñó más de luto si cabe, unas poderosas nubes negras se arremolinaron sobre su cabeza y el cielo se partió en un sonido desgarrador cuando dejó caer su cuerpo agotado sobre la tumba de su esposa. Creyó ver grandes jirones de niebla arremolinándose en torno a él, subiendo por sus piernas y envolviéndole en su suave telaraña, siguiendo el trazado de cada uno de sus músculos faltos de vigor y lozanía.

Una intensa calma se adueñó de él, algo por completo desconocido que no se asemejaba a ninguna sensación que hubiese podido experimentar en su vida. Otro trueno resonó de forma estrepitosa, provocando un sonido demasiado intenso en aquel lugar, en el que chocaba contra los nichos y reverberaba en todas direcciones. En su mirada, los jirones de niebla desaparecieron totalmente y una luminosidad radiante se abrió ante sus ojos asombrados. La paz que sintió en ese instante fue realmente intensa y supo sin temor a equivocarse lo que estaba a punto de suceder. Cerró los ojos y se dejó llevar, mientras su cuerpo seguía recibiendo las gruesas gotas de lluvia de aquella tarde de noviembre.

La mañana siguiente despertó con un intenso sol apareciendo desde detrás de las montañas. No quedaba rastro alguno de las furiosas nubes de la tarde anterior. Los pájaros retomaron sus vuelos y sus canciones, llenando el camposanto de una alegría fuera de lugar. Pequeños charcos quedaban diseminados por los senderos, único recuerdo de la lluvia de ayer. Cuando lo encontraron, aún empapado, sobre la tumba de su esposa, solo pudieron asombrarse por la gran sonrisa de felicidad que aún acogía su rostro.

Madrileña de 40 años. Financiera de profesión, escritora de vocación. Escribo todo lo que pasa por mi mente, dando rienda suelta a esa dosis de locura que todos llevamos dentro, sin encasillamientos. Me encanta partir de una imagen para crear un texto. Y aquí estamos, intentando cumplir mi sueño de la infancia, reinventándome cada día un poquito más. Pero, sobre todo, aprendiendo. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir...

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