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Nuria se acercó al mendigo que solía encontrar cada día sentado sobre unos sucios cartones en el suelo, muy cerca de la entrada de su trabajo. Llevaba semanas viéndolo allí, día tras día, bajo el sol y la lluvia, con las ropas andrajosas y una larga barba, con signos más que evidentes de no haber recibido una buena ducha en mucho tiempo. Al principio, siempre le dejaba alguna moneda pero, con el paso del tiempo, dejó de hacerlo. Su economía tampoco era para tirar cohetes y no se podía permitir una jornada tras otra de limosna, aunque bien que le hubiese gustado.

Sin embargo, nunca había dejado de observarle. Aquel hombre tenía algo que, por más que le daba vueltas, no lograba reconocer, pero que le resultaba familiar. Quizá se tratase solo de un parecido con alguna persona de su entorno o habría coincidido con él en algún otro lugar. En cualquier caso, había llegado a un punto en que no podía dejar de pensar en aquella persona que, en tal situación de penuria, veía a diario. La sensación de familiaridad con él iba en aumento a medida que pasaban los días e incluso llegó a colarse en sus sueños. Tenía que esclarecer, de una vez por todas, el porqué de aquella sensación que tanto la estaba afectando.

Se acercó a él con cautela, en el momento de la pausa que siempre solía hacer para tomar café cada mañana. A medida que se iba aproximando, sin ni siquiera saber cómo iba a afrontar aquella situación, una profusa sensación de vergüenza se iba apoderando de ella. En cierto modo, le causaba malestar aproximarse a él con su arreglada ropa, sin ser cara, de oficinista. En el fondo, lo que le preocupaba era apabullar más a aquel pobre hombre con algo de lo que él carecía.

Cuando Nuria llegó, al fin, a los pies del mendigo, casi rozando con la punta de su delicado zapato de tacón la manta sobre la que reposaba, aquel hombre elevó la mirada hacia ella, con total seguridad en busca de algo de compasión y en espera de que alguna moneda cayese en la cajita de cartón que, a aquellas horas, se encontraba prácticamente vacía.

Nuria se encontró, entre la espesa barba enredada y la mugre que embadurnaba su cara, con una mirada limpia y luminosa que reconoció de inmediato. No había duda, era él, el primer gran amor de su adolescencia. Eso, o su cerebro le estaba jugando una mala pasada. Él, en cambio, en ningún momento dio muestras de haberla reconocido.

—¿Mario? —preguntó Nuria, con la voz entrecortada, casi apenas un susurro audible.

La mirada de aquel hombre pasó por todos los estados posibles. En un primer momento, sus cejas se elevaron en señal de sorpresa, para dar paso luego a un gesto de desconfianza. Por último, sus ojos se tornaron escrutadores, a medida que intentaban reconocer en aquella hermosa mujer que se hallaba a sus pies a alguien de su pasado.

—Eres Mario, ¿verdad? —volvió a preguntar Nuria, acuclillándose a su lado para poner su mirada a la misma altura que la de él. No tenía duda, el color de aquellos ojos, esa mirada tranquila y transparente, las marcas de los hoyuelos que se vislumbraban a través de la fuerte barba. Con razón llevaba tanto tiempo intranquila, por supuesto que lo conocía.

Los ojillos de Mario emitieron un fugaz brillo de melancolía durante unos breves momentos. Sin duda, la había reconocido. Habían pasado muchos años, pero la había reconocido. A punto estuvo de negarlo, pero la pureza de su mirada era incapaz de mentir y un puñado de lágrimas se agolparon sobre sus pestañas inferiores. Mario agachó la cabeza para que no le viese llorar.

—Mario, ¿te acuerdas de mí? —insistía Nuria, todavía incrédula por aquel reencuentro tan poco habitual. Él asintió con la cabeza, sin levantar la mirada de un punto fijo en algún lugar de su manta.

A Nuria le hubiese gustado estrecharle entre sus brazos allí mismo, charlar con él, saber cómo había llegado a esa situación, invitarle a un café. Pero Mario seguía allí, en la misma posición ausente, mirando a algún lugar indeterminado y con muestras mucho más que evidentes de no tener ganas de continuar con la conversación.

La hora del desayuno hacía ya tiempo que había terminado. Nuria se despidió de él de forma cariñosa, suave, con la nostalgia en la mirada de los tiempos pasados que se fueron para no volver, dándole una caricia cariñosa en el hombro.

—Mañana nos vemos —fueron las últimas palabras pronunciadas aquella mañana por Nuria en aquel lugar.

Aquella noche, Nuria no consiguió dormir. En la cama, daba vueltas y vueltas al encuentro de aquella tarde. Pensaba en la bolsa de ropa que había preparado para llevarle al día siguiente. Quería invitarle a su casa a tomar algo y que se diese una buena ducha. Incluso estuvo haciendo cálculos para saber si podría permitirse convivir con otra persona que no podría asumir ninguno de los gastos de la casa. Cerca ya del amanecer, con una firme decisión tomada, se dejó vencer por el sueño cuando apenas faltaba una hora para que la alarma del despertador comenzase a emitir su estridente sonido.

Al llegar a su oficina, no había nadie en el lugar de costumbre. No quedaban si quiera los restos de los cartones que servían a Mario de improvisado colchón. Pasó en aquel lugar unos minutos, decaída, sin saber realmente qué opinar al respecto. Un camarero que atendía las mesas de una terraza cercana se acercó hasta ella:

—Señorita, el caballero me dejó un mensaje para usted. Dijo que se alegraba mucho de haberla vuelto a ver.

—Gracias… —suspiró Nuria, cabizbaja, antes de adentrarse en el edificio de oficinas con un cúmulo de lágrimas sobre el párpado inferior.

Madrileña de 40 años. Financiera de profesión, escritora de vocación. Escribo todo lo que pasa por mi mente, dando rienda suelta a esa dosis de locura que todos llevamos dentro, sin encasillamientos. Me encanta partir de una imagen para crear un texto. Y aquí estamos, intentando cumplir mi sueño de la infancia, reinventándome cada día un poquito más. Pero, sobre todo, aprendiendo. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir...

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