Jazmín se levanta mucho antes de que el alba haga su mágica aparición tras las montañas en las que se asienta su casa. Le despierta el canto del primer gallo en la madrugada, cuando toda la aldea está aún recubierta por un fino velo de silencio y quietud. Regala a su mujer un cálido beso en los labios y reparte un beso en la frente para cada uno de sus tres pequeños, que comparten cama con ellos. La casa es pequeña, construida con barro contra la dura pared de roca de la montaña, como tantas otras en la aldea; una única estancia en la que subsisten con grandes ausencias materiales pero con una enorme riqueza en el corazón.
Sale de su casa cuando el primer rayo de sol se atreve a adentrarse a través de las pequeñas ventanas sin cristales. A la espalda, una vieja mochila de cuero con lo imprescindible para sobrellevar las largas horas que le esperan hasta que el sol llegue al punto más alto del firmamento. Camina despacio, con pasos arrastrados sobre el suelo de tierra, cual si fuese un anciano, cuando en realidad aún no ha llegado a cumplir los cuarenta. Pocas personas se cruzan en su camino a esas horas, el poblado aún duerme, pero a las que ya se han atrevido a desafiar la mañana las saluda con una amplia sonrisa sobre su rostro curtido al sol. Siempre son los mismos.
Sus sandalias se llenan de la vieja arena de la playa en cuanto sus pies se posan sobre ella. No le importa. Solo tiene que avanzar unos cuantos metros para llegar a su barca, en la que los aperos para faenar le esperan con una elegancia que solo puede ser apreciada a esas horas de la mañana. La playa aún conserva una semi-penumbra que hace de ese instante cotidiano algo mágico. Jazmín suspira, inhala con fuerza la brisa fresca marina que le recibe con los brazos abiertos, como a un hermano, y empuja la barca hacia el mar.
La playa ya está por completo iluminada por el sol de la tierna mañana cuando Jazmín detiene su avance a través de las calmadas aguas de su hermano mar. Desde donde se encuentra, la percibe como un diminuto oasis en la distancia. No puede perder ese punto de referencia, de otra manera se encontraría perdido en la inmensidad marina. Lanza sus redes al agua y espera.
Ese momento, en el que espera tranquilo a que el mar le provea, piensa en su familia mientras masca un puñado de tabaco rancio. Piensa en su cariñosa mujer, que siempre tiene dispuesta una sonrisa para él, más grande incluso en los días en los que regresa a la casa con las manos vacías. Piensa en sus tres pequeños, sus propios soles que iluminan su vida cuando está a punto de tirar la toalla. Piensa en ellos y se siente afortunado. Y feliz. Y agradece al universo la vida tan humilde pero tan sincera con la que le ha correspondido. Piensa en la mar, porque para él aquella inmensa masa de agua salada solo puede tener esencia de mujer, y le pide que alimente a su pequeña familia.
La mar se agita, chapotea, le lanza una ola juguetona que casi le moja por completo, y envía sus corrientes en el sentido favorable para que sus redes se llenen de alimento. Jazmín sonríe ante los juegos del mar, agradecido, y recoge la pesca, casi siempre abundante. Hay algunos días, pocos, en los que la mar se enfada y no le deja capturar a ninguna de sus criaturas o, simplemente, se enerva de tal manera que ni siquiera puede sacar la barca al mar. Pero la mayoría de los días le recibe con cariño.
Jazmín regresa a la cala de su aldea con suficiente alimento para su familia durante varios días. Les ofrece el fruto de su trabajo a los más necesitados, mostrando una solidaridad insólita para cualquiera de los que vivimos en el mal llamado «primer mundo». Juega con sus pequeños durante la tarde y, de vez en cuando, se permite un baño de agua salada en su querida mar. Hasta que comienza a caer el sol sobre la aldea y, cuando apenas falta una hora para que se esconda tras la delgada línea que separa el cielo del mar, vuelve a sacar su barca, como cada día, esperando a que la luna aparezca sobre él y, acompañándole con su baño de luz, pueda regalarle una fructífera jornada más.
En ese momento, Jazmín no puede ser más feliz.

Madrileña de 40 años. Financiera de profesión, escritora de vocación. Escribo todo lo que pasa por mi mente, dando rienda suelta a esa dosis de locura que todos llevamos dentro, sin encasillamientos. Me encanta partir de una imagen para crear un texto. Y aquí estamos, intentando cumplir mi sueño de la infancia, reinventándome cada día un poquito más. Pero, sobre todo, aprendiendo. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir...

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Comments

  1. Bellísimo relato que escribes con elegancia y respeto manejas el mar a tu merced y al pescador con tal dignidad que sientes lo que él siente. Todo el relato está impregnado de una sensibilidad extrema.
    Precioso.

     

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