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Fui la última en llegar y lo hice con tanta sutileza que nadie se dio cuenta. Las demás fueron llegando poco a poco, con calma algunas, con una fuerza ciclónica otras, pero todas fueron bien recibidas, sin queja alguna e incluso con buena disposición. Para cuando quise llegar yo, ya no quedaba espacio.

Vi cómo mis compañeras fueron llenándolo todo, pasando incluso desapercibidas en algunas ocasiones, sin que nadie las detuviera. Tampoco lo hicieron conmigo, nadie me prestó atención, así que continué mi camino, ese que me habían marcado de antemano sin que yo pudiera ejercer ningún poder de decisión. Simplemente me dejé llevar, seguí la corriente del destino como hicieron las demás.

Lo que para las demás pudiera ser una tenue diferencia entre nosotras, para mí llevaba implícita una carga de gravedad insoportable. Yo no fui bien recibida. Fui tachada de culpable, sobre mis hombros cayó el peso de una responsabilidad que, a mi modo de ver, no me correspondía. No, al menos, en diferente grado que a las demás, pues lo único que hicimos todas nosotras fue recorrer nuestro camino.

Sin embargo, yo fui diferente. Yo fui la gota que colmó el vaso.