Todos en la escuela se burlaban de Andrés, pero, a pesar de ello, él se sentía un chico plenamente feliz. Era diferente y eso le gustaba, aunque supusiera tener que soportar las burlas de sus compañeros. Él, a diferencia de los demás, utilizaba el tiempo libre de los recreos para ir a la biblioteca de la escuela y sumergirse en un buen libro, mientras el resto de sus compañeros corrían como locos por el patio o daban patadas a un balón.

Su mochila siempre iba repleta de libros. Junto a los libros escolares se mezclaban otros tantos cargados de historias de todo tipo. Andrés devoraba cualquier lectura que cayese en sus manos, ya fuesen libros de historia, filosofía o cómics de superhéroes. Con estos últimos era con los que el muchacho se sentía ligeramente integrado en el conjunto de sus compañeros, pues en cuanto le veían con un cómic entre las manos, todos acudían a su alrededor e incluso le pedían que se lo prestase. El chico nunca se negaba, pero tenía tan claro que aquella falsa amistad era tan efímera como el sentimiento de tristeza que, en ocasiones, le provocaban sus burlas.

Andrés había logrado, enfrascado en la lectura, una capacidad de evasión tal que, en más de una ocasión, había llegado incluso a saltarse alguna clase o se había pasado la parada del autobús que le llevaba del instituto a casa. Había desarrollado una capacidad extrema para sumergirse en la historia que tuviese delante en aquellos momentos, de manera que olvidaba, durante esos instantes, todo lo que tuviera que ver con el mundo real.

En cierta ocasión, había perdido tanto tiempo leyendo desde la mañana temprano que, por mucho que corriese, no llegaría a tiempo al instituto. Así que, aquel día, tomó un zumo en dos grandes sorbos, agarró su mochila y salió corriendo de casa, olvidando entre aquel trajín matutino la lectura que le había hecho retrasarse sobre la mesilla de noche de su habitación. Cuando llegó la hora del recreo, comprobó apenado que no podría continuar con aquella historia que le estaba atrapando de aquel modo tan intenso, así que decidió ir a la biblioteca a buscar una nueva lectura.

Jamás hacía eso, nunca comenzaba una lectura sin haber terminado la anterior, pero aquel día se trataba de un caso de extrema urgencia. Para él, podría decirse que era prácticamente de vida o muerte. La sola idea de tener que pasar el recreo aislado, mientras observaba a sus compañeros perder un tiempo tan preciado en juegos absurdos, le provocaba un incipiente pánico en su interior que brotaba en su cara y en sus brazos en forma de un sarpullido alarmante.

Se acercó hasta la biblioteca, como cada día. Lo cierto es que jamás había leído un libro de los cientos que se encontraban apilados en aquellos estantes, meticulosamente ordenados por temáticas y orden alfabético. Siempre llevaba sus propias lecturas, escogidas con sumo cuidado y que trataba como si fueran el más delicado de los tesoros. El chico caminó entre el silencio que emanaba de aquellas estanterías coloridas, no había nadie más en el lugar. Dedicó varios minutos a pasear entre ellas, a aspirar el aroma que desprendían los libros, una suerte de perfume en el que se mezclaba ese particular olor del libro nuevo con el antiguo. Durante unos instantes, aquel lugar, tantas veces visitado, le pareció mágico.

En uno de aquellos pasillos fue donde algo le llamó la atención. En uno de los estantes superiores, sobresalía varios centímetros un volumen antiguo de lomo desgastado que, en sus tiempos, parecía haber lucido un hermoso tono dorado. Era un libro grueso con la palabra «imaginación» impresa en el lomo con filigranas. Colocó sus pies en el estante inferior y, haciendo un gran estiramiento, logró dar un pequeño empujón a aquel misterioso volumen desde su parte inferior. Lo que consiguió fue que el libro cayese con aplomo sobre el suelo, a la vez que se libraba de un buen coscorrón con un ágil movimiento de cabeza. El libro dio un golpe seco contra el suelo entarimado de la biblioteca, mientras levantaba una espesa nube de polvo.

Andrés tomó el libro entre sus manos, a la par que con un soplido terminaba de retirar el polvo acumulado sobre él. Era bastante pesado y parecía muy antiguo. El filo de las páginas estaba lacado en dorado, lo que le daba el aspecto de una vieja Biblia o algún libro sagrado. Pero el título no se correspondía con nada de esto. «Imaginación», rezaba impreso en dorado con una preciosa e intrincada caligrafía. Ubicó con la mirada el lugar más alejado de la biblioteca, un rincón apenas escondido tras la última estantería donde podría pasar desapercibido con bastante facilidad en el improbable caso de que alguien entrara a aquellas horas. Se sentó a la mesa, desplazando la silla con infinito cuidado para no hacer ruido, y acarició la dura tapa de aquel grueso y sorprendente ejemplar.

Abrió el libro y deslizó las páginas con cuidado. Parecían tan finas y delicadas que temía que se le rompieran con el simple vaivén de las hojas. Hubiese apostado a que aquellas finísimas páginas estaban elaboradas con papel de arroz. La letra era pequeña, enrevesada, como de otro tiempo, y estaba acompañada por unas increíbles imágenes en color, que parecían haber sido trazadas directamente sobre el papel. Aquello que tenía entre sus manos debía de tratarse de una verdadera joya, raro ejemplar en una biblioteca de secundaria que ni siquiera estaría catalogado, por la ausencia de las pegatinas de rigor en el lomo.

Andrés comenzó la lectura sumido en un estado de tranquilidad perfecto. A los pocos minutos ya había sido absorbido por aquellas letras que contaban historias maravillosas que jamás hubiesen podido surgir de su propia imaginación, por muy exacerbada que fuera. Perdió la noción del tiempo por completo.

Fuera de aquella biblioteca, las clases siguieron su ritmo tras el recreo. Después de que hubiesen transcurrido dos horas sin la presencia de Andrés en clase, mientras que su mochila y sus libros continuaban allí, el profesor dio la voz de alarma. Tratándose de él, el primer lugar en el que se les ocurrió mirar fue en la biblioteca. La clase al completo seguía al profesor con un barullo inevitable de comentarios y especulaciones. Cuando llegaron al lugar, una potente luz salía por los tragaluces que conectaban la biblioteca con el pasillo del centro. Fue el profesor el primero en abrir la puerta, con deliberada lentitud.
Aquello que allí vieron les dejó sin respiración durante unos instantes. En mitad de la biblioteca, a la vista de todos, se hallaba Andrés, sumido en un profundo sueño sobre un enorme libro que levitaba en el centro de aquel silencioso lugar. Una enorme sonrisa se dibujaba en el rostro del muchacho. Sin duda, estaba disfrutando de la imaginación en su grado máximo. El profesor hizo un gesto de silencio al resto de la clase, a la vez que iba cerrando con cuidado la puerta para no molestar a la magia que había encontrado y envuelto al joven lector.

Madrileña de 40 años. Financiera de profesión, escritora de vocación. Escribo todo lo que pasa por mi mente, dando rienda suelta a esa dosis de locura que todos llevamos dentro, sin encasillamientos. Me encanta partir de una imagen para crear un texto. Y aquí estamos, intentando cumplir mi sueño de la infancia, reinventándome cada día un poquito más. Pero, sobre todo, aprendiendo. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir...

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