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Lucía y Elena eran hermanas. Ambas de tez muy blanca y una larga cabellera sedosa y negra, que contrastaba con su palidez, eran consideradas de una belleza casi prodigiosa a la que sabían sacarle un excelente partido. Siempre iban juntas a todos los sitios y, allá por donde pasaban, levantaban expectación. Hombres y mujeres se giraban a su paso para admirar la belleza que irradiaban las dos hermanas.

Como era de esperar, no les faltaban pretendientes. No bien se alejaba de ellas un muchacho con el corazón roto, tenían a sus pies a otro dispuesto a que se lo rompieran. Porque era eso lo que siempre ocurría. De poco importaba que ellas cuidasen a sus parejas como si fuesen los hombres de su vida, siempre terminaban haciéndoles daño y ellos se marchaban doloridos y apenados. Los rumores decían que los hombres que habían pasado por la vida de las dos hermanas jamás volvieron a ser los mismos. Desde el instante en que se alejaban de ellas, solo les esperaban infortunios y calamidades. Más de uno terminó sumido en una profunda depresión y hubo alguno que llegó incluso hasta el horrible extremo de quitarse la vida.

Lucía y Elena eran muy infelices con esta situación. Ellas deseaban encontrar el amor y sentían envidia de cada pareja que veían, de las familias rodeadas de hijos, de los jóvenes que se prodigaban arrumacos en los parques. Querían precisamente eso, encontrar a dos buenas personas con las que ser felices y formar una familia. Pero, por más que se esforzaban, siempre terminaban perdiéndolas. Llegaron incluso a encerrarse en casa una temporada para evitar hacer daño a otra persona y quedar tristes por otro desengaño amoroso. Aun así, todo esfuerzo era en vano, porque sus pretendientes se las arreglaban para llegar hasta ellas y caían prendidos ante su belleza. Invariablemente, a los pocos días la relación había terminado. Los hombres desaparecían destrozados y las hermanas quedaban de igual manera.

A tal punto llegó su sufrimiento por estos insólitos hechos, que las dos hermanas llegaron a creerse incapaces de mantener al amor de su lado. Mientras creían que no podrían soportar otra ruptura más ni volver a herir a otro de aquellos hombres maravillosos que querían formar parte de sus vidas, buscaron una solución de emergencia para casos extremos como el suyo. A pesar de que su fe era prácticamente nula, las dos ingresaron en un convento lo suficientemente alejado de su localidad para que ninguno de los varones que las conocían tratarse de acercarse a ellas también en aquel lugar.

La noticia de la decisión que tomaron fue acogida con gran sorpresa por parte de su familia, especialmente por sus padres, que nunca habían imaginado que las consecuencias de sus actos pudieran llevar a alejarlos de sus hijas. Sin embargo, debían reconocer que iba a ser un gran alivio para ellos poder dejar de tener que conseguir a diario los extraños ingredientes que la pócima para alejar el amor que les ponía su madre cada mañana en el desayuno necesitaba.