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Las palabras grises que nos lanzábamos fueron las encargadas de horadar abismos infranqueables entre nosotros. Poco a poco, fueron mutando hasta convertirse en silencios, tan densos que se podían mascar igual que nuestros chicles de menta fuerte sin azúcar, esos que te dejan el aliento fresco pero un picor insoportable en la lengua. Los juegos, las risas, las bromas, las palabras amables no tuvieron un sitio en el que quedarse. Los fuimos sacando sin darnos cuenta del cajón donde escondimos las sonrisas y terminaron en el cubo de la basura cuando hicimos la limpieza general en nuestro corazón.

Las palabras grises fueron las culpables de que la distancia que nos separaba se pudiese medir en kilómetros aunque solo se tratase de unos pocos centímetros. Los relojes detenían sus manecillas en nuestros encuentros, de modo que conseguían convertir en soporíferos unos momentos que debían haber durado como instantes fugaces que nos dejasen siempre con ganas de más. Esas ganas que metimos juntos en la lavadora la última vez que hicimos la colada y quedaron desteñidas por efecto de la lejía que utilizamos para desinfectar nuestras emociones.

Las palabras grises rellenaron páginas enteras de nuestros diarios. Una tras otra, estas palabras se sucedían en trazos disformes sobre las líneas azuladas de una libreta con la espiral desenrollada por el abuso, sin ser capaces de formar entre todas ellas ni tan siquiera una historia que mereciese la pena ser releída. Fueron historias grises, a juego con las palabras con las que fueron escritas, que ninguno de los dos se atrevió a arrojar a la papelera el día que sacaste tus libros de nuestra habitación.

Aquellas palabras grises se convirtieron en auténticos borrones que no fuimos capaces de cubrir ni con varias manos de la pintura plástica con la que recubrimos nuestros corazones plagados de humedades, armados con rodillo y brocha gorda en lugar de con pinceles y besos de colores. Manchas de color gris bajo una pátina blanca de indiferencia forjada bajo el mismo fuego que las rejas de nuestro balcón sin flores.
Las palabras grises. Ellas fueron las culpables. O tal vez fuésemos tú y yo.

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Madrileña de 40 años. Financiera de profesión, escritora de vocación. Escribo todo lo que pasa por mi mente, dando rienda suelta a esa dosis de locura que todos llevamos dentro, sin encasillamientos. Me encanta partir de una imagen para crear un texto. Y aquí estamos, intentando cumplir mi sueño de la infancia, reinventándome cada día un poquito más. Pero, sobre todo, aprendiendo. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir...
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