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Le pusieron por nombre León y, como no podía ser de otra manera, el león era su animal favorito. Su simpatía por este felino comenzó en su más temprana infancia. Solo el hecho de saber que existía un animal con su mismo nombre ya hizo que se ganara su cariño, aún más si cabe cuando supo que se trataba de un animal salvaje. El rey de la selva. Y, de todos los niños que conocía, el único que llevaba aquel nombre era él. Desde niño se sintió único, especial.

Su nombre y su afinidad con el agreste animal determinaron su carácter, para bien y para mal. Así, a la par que era una persona extremadamente social, que odiaba la soledad y tenía un círculo muy amplio de amistades, también era en exceso dominante y orgulloso. Las burlas que tuvo que soportar en la infancia debido al nombre del que se sentía tan orgulloso, lo convirtieron en una persona luchadora con una fuerza descomunal que cultivaba día tras día en largas sesiones de gimnasio. Incluso se dejó crecer el pelo, rizado y rebelde, luciendo con soberbia su melena, para demostrarle a todo el mundo que era un verdadero león.

En sus amplios dominios, desde su superioridad suprema, siempre se consideraba a sí mismo el líder de la manada, con la pequeña salvedad de que sus amigos pasaron a convertirse en pequeños rebaños de ovejitas mansas que aceptaban a regañadientes y, cada vez menos, su sumisión. De todos era conocida su promiscuidad y siempre eran varias las parejas que mantenía simultáneamente en lo que para él era un simple y burdo ritual de apareamiento.

Hasta que un día a nuestro fiero amigo le tocó el corazón una leona, como él. León conoció el amor por primera vez en su vida y demostró que el rey de la selva, el animal más salvaje, en el fondo no era más que un lindo gatito.