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Se enamoraron y fueron felices para siempre. Ese era el final que ella hubiese querido para su cuento, un cuento de hadas, de príncipes y princesas, en el que no hubiera dragones, ni brujas malvadas ni ogros que raptasen a los niños. Pero la realidad había sido bien diferente.

La historia había comenzado bien, se enamoraron. Lo hicieron los dos, ambos cayeron irremisiblemente enamorados el uno del otro, como si hubiesen estado predestinados a hacerlo desde que nacieron. Fue lo que algunos han dado en llamar un flechazo, un amor a primera vista, el encuentro que ambos llevaban esperando toda la vida con esa persona especial que les haría sentir mariposas en el estómago.

Pero ocurre que la vida no es más que eso, una historia narrada en primera persona en la que muchas de tus voces las ponen los demás. O un devenir de acontecimientos, agradables unos, incómodos otros, en el que la única esperanza reside en que la balanza se incline del lado de los primeros para que merezca la pena. Lo único que es seguro es que la vida no es un cuento, y mucho menos de hadas.

Así, ocurrió que el apuesto y encantador príncipe que la había enamorado se convirtió, con el paso del tiempo, no en una rana, sino en el dragón que tanto temía encontrar en su propio cuento. Se transformó en un dragón que escupía fuego por la boca en forma de insultos y amenazas, que no la protegía frente a los peligros del reino, sino que constituía el peligro mismo, dentro de su palacio. Y ella no fue una princesa, sino más bien una sirviente sumisa y discreta, temerosa del más mínimo fallo que pudiera despertar la furia del dragón.

Cuando la venda del amor se cayó de sus ojos, el dragón apareció ante ella como lo que en realidad era, un pobre hombre inseguro que alimentaba a su ego a base de menosprecios; su castillo se presentó como una pequeña y angustiosa cárcel en la que vivía encerrada; su vestido de princesa se convirtió en unos vaqueros raídos y una amplia camiseta que ocultase los moretones que tenía repartidos por el cuerpo. Ella misma se condenó al exilio.

Se le cayó la venda en el momento preciso para darse cuenta de que la vida no es un cuento de hadas.

Madrileña de 40 años. Financiera de profesión, escritora de vocación. Escribo todo lo que pasa por mi mente, dando rienda suelta a esa dosis de locura que todos llevamos dentro, sin encasillamientos. Me encanta partir de una imagen para crear un texto. Y aquí estamos, intentando cumplir mi sueño de la infancia, reinventándome cada día un poquito más. Pero, sobre todo, aprendiendo. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir...

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