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Hace años que nadie repara en el bastón del bisabuelo Julián. Antes, cuando los más pequeños de la familia aún eran unos niños, aquel bastón tenía vida, pero, ahora que ya habían crecido, había quedado relegado al papel de mero elemento decorativo en un paragüero de cobre en aquel rincón que nadie advierte cuando llega a la casa. Sin embargo, allí continúa, año tras año, sin que ninguno de los miembros de la familia se atreva a deshacerse de él.

El bastón es fuerte, diríase que incluso bonito. La realidad es que es una verdadera obra de arte esculpida en un pedazo de rama de roble envejecida aún más por el paso inexorable de los años. Los nudos propios de la imperfecta madera son, precisamente, los que le otorgan ese aire de perfección al bastón. Eso y la vida propia que rezuma por sus poros de reliquia obsoleta de un pasado que, por suerte o por desgracia, no volverá.

Fue el propio bisabuelo el que lo talló, con sus manos curtidas en el frente de batalla, el mismo lugar que dejó su pierna derecha sin la vitalidad propia de la edad que tenía Julián cuando regresó cabizbajo y maltrecho junto a su familia. Aunque siempre se mostró huraño por haber tenido que abandonar el frente cuando a la guerra todavía le quedaban años de lucha sobre las llanuras castellanas, lo cierto era que, en soledad, agradecía en secreto a la bala que le había atravesado el muslo por haberle concedido la gracia de haber regresado con vida al pueblo que le vio nacer, junto a su esposa y sus tres pequeños.

Si aquel bastón hablara, sin duda podría contar mil historias acerca de toda una vida de lucha y superación en los duros tiempos de la guerra y, lo que fue incluso peor, la posguerra. Hablaría también de amor, de caricias furtivas en veranos calurosos bajo la parra del patio, mientras los pequeños crecían sin tregua a su alrededor. Hablaría de viñas y olivos, de campos de trigo al sol, de tabaco liado con manos trémulas al calor de la lumbre. Hablaría de pueblos desolados que habían resurgido de sus cenizas, de caminos polvorientos que conducían al lugar lejano y privilegiado donde poder conseguir una simple hogaza de pan, del sudor que se apelmazaba en las frentes tras duras jornadas de trabajo bajo el implacable sol del campo.

Aquel bastón hablaría de botas de vino compartidas en jornadas de fiesta, ennegrecidas por la brea de años de sufrimiento. Hablaría de bailes lentos y agarrados bajo la luz de la luna en tiempos en los que el amor aún era auténtico y real. Hablaría de interminables partidas de cartas, del orujo fabricado en casa y compartido en chatos junto al fuego del hogar. Hablaría de miedos, de incertidumbres agotadoras y de maletas vacías arrinconadas en un desván. Hablaría de visillos floreados y tapetes de ganchillo dispuestos con delicadeza sobre un primer televisor.

Pero el viejo bastón no habla ni lo hará nunca más, ha quedado despreciado y cubierto del polvo de la añoranza y las telarañas del recuerdo. Por eso, cada cierto tiempo, aún puede verse una lágrima de la savia que aún corre por las venas que se creían muertas de la vieja madera, deslizándose con melancólica congoja desde la empuñadura.