Me dijiste «sígueme» y yo, sin dudarlo ni un segundo, así lo hice. Al más puro estilo de la canción, «si tú me dices ven, lo dejo todo». De hecho, es la canción que iba resonando dentro de mi cabeza cuando, agarrado de tu mano, te seguía por la arena de la playa.

Aún recuerdo tu cuerpo tostado al sol y aquel precioso biquini azul, que hacía juego con tus ojos. Los ojos más azules que había visto en mi vida. Tanto, que hasta el cielo y el mar les tenían envidia, perdían parte de su encanto y esplendor en comparación con ellos. Yo me había pasado toda la mañana mirándolos, ahondando en ellos para encontrar alguna pista que me hiciera saber si yo te interesaba. Pero, igual que eran los más bonitos que había visto jamás, también eran herméticos a más no poder. Insondables.
Por eso me pilló por completo desprevenido el momento en que me tomaste de la mano y me invitaste a seguirte. Creí haber llegado al séptimo cielo, al paraíso, me encontré bebiendo en copa de plata por un instante.

Nuestros grupos se habían conocido aquella misma mañana en la playa. De hecho, yo llevaba ya varios días observándote en la distancia, admirándote en silencio. Cada día que pasaba mi deseo hacia ti iba incrementándose exponencialmente, hasta el punto en que me encontré, en menos de una semana, enamorado hasta las trancas de ti. Por eso aquel día estaba siendo el más feliz de mi vida. Por fin pude hablar contigo, descubrirme solo a medias, porque tampoco era hombre de tomar grandes riesgos.
Tu actitud hacia mí no me hizo dilucidar en ningún momento ninguna muestra de interés. Como ya dije, tus ojos eran insondables, lo que no hacía otra cosa que aumentar mi deseo de ti. Quería conocerte, pasar tiempo contigo a solas, hacerte un hueco en mi vida y que tú me incluyeras en la tuya.

Te ganaste mi confianza al instante, por la predisposición que ya llevaba. Y yo me debí ganar la tuya, por el gesto que tuviste. Te seguí, como sigue un pequeño cordero al rebaño, con ilusión y sin poner objeciones. Poco me duró la alegría, ya que tú te detuviste a escasos metros, solo para preguntarme al oído si mi amigo Fran tenía pareja.

Todavía tengo que anudar bien mis recuerdos y mis sentimientos cuando voy a visitaros a vuestra casa. Tengo que aguantar las lágrimas cuando veo corretear a unos chiquillos que bien podrían haber sido míos. Y aun así, nunca dejo de ir a verte, porque cuando se quiere como yo lo hice, el amor no muere, sino que dura para siempre.

Y todavía sigo esperando el día en que vuelvas a decirme al oído, «sígueme».

Madrileña de 40 años. Financiera de profesión, escritora de vocación. Escribo todo lo que pasa por mi mente, dando rienda suelta a esa dosis de locura que todos llevamos dentro, sin encasillamientos. Me encanta partir de una imagen para crear un texto. Y aquí estamos, intentando cumplir mi sueño de la infancia, reinventándome cada día un poquito más. Pero, sobre todo, aprendiendo. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir...

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