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Le dio un abrazo tan fuerte que parecía que con él fuera a romperle el alma. Había albergado muchas dudas acerca de aquel momento. Tantas, que hasta aquel preciso instante no hubiese podido afirmar cuál sería su reacción. Mucho miedo, mucha indecisión, pero también mucha ilusión y mucha energía puesta en aquel proceso que había durado tantos años. Por fin había llegado el momento, se hallaban frente a frente por primera vez en su vida y, antes que ninguna palabra, lo primero que le salió fue aquel sentido abrazo.

No había sido fácil crecer sin un padre. Su madre, que hacía ya varios años que había partido hacia algún lugar supuestamente mejor, siempre lo había dado todo por él. Nunca le faltó cariño, pero el hecho de tener que salir adelante solos, supuso en quizá demasiadas ocasiones la necesidad de interminables jornadas laborales para que no le faltase de nada. Era consciente de la lucha que había realizado su madre por ellos. Y la había querido muchísimo. De hecho, la quería muchísimo. Pero lo cierto es que siempre, desde su infancia, había imaginado y fantaseado acerca de cómo sería la vida con un padre al lado.

En cuanto cumplió la mayoría de edad, emprendió su búsqueda. Tarea harto difícil si tenemos en cuenta que aquel hombre tan solo había sido un amante de una noche. Aquello se convirtió en un objetivo de vida, encontrar a una persona que ni siquiera sabía de su existencia, un padre perdido en el anonimato de una noche de sexo y alcohol. Y fue exactamente eso lo que tardó en encontrarlo, prácticamente una vida, siguiendo los pocos detalles que le pudo dar su madre. De hecho, toda su vida.

Casi se desmorona su mundo cuando, tras dar con él, aquel hombre que le había dado la vida no quiso saber nada de él. Sentía que él no era culpable de nada y que tenía todo el derecho a tener esa figura paterna de referencia que tanto había necesitado en su infancia y juventud. Con cuarenta años, tendría que renunciar al deseo que llevaba toda su vida para cumplir cuando estaba justo a las puertas de conseguirlo. Su propia familia fue su mejor refugio contra la indefensión que sintió.

No fue hasta pasados diez años, cuando fue ingresado en una residencia sin familia que pudiese cuidarle, cuando aceptó ver a su hijo. Este pensó que había sido egoísta, que nada le otorgaba derecho para volver a despertar aquel sueño de la infancia ahora que se había acostumbrado a vivir sin él. Aun así, fue a verle. Y lo único que le salió fue un abrazo tan fuerte que parecía que iba a romperle el alma, mientras escuchaba las palabras de su padre: «Tantos años sin ti, hijo».