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La familia de Jonás hace tiempo que se olvidó de él. Viste camiseta blanca, pantalón vaquero, lleva el pelo muy corto y bigote canoso, rezaba en los centenares de carteles que repartieron por todo el barrio y difundieron por las principales redes sociales y medios de comunicación. Todo el mundo en el barrio se hizo eco de la desaparición de Jonás. Los carteles con su foto recorrieron toda España y llegaron a viajar incluso hasta el otro lado del océano.

Era un anciano muy querido por todos, siempre estaba dispuesto a entablar una agradable conversación con cualquiera que ofreciera disposición, aun cuando no llegara ni siquiera a recordar su nombre. Hacía ya varios años que se había granjeado la amistad de un famoso alemán que no era la mejor compañía posible. A esas alturas, ya no era capaz de reconocer a ninguno de los miembros de su familia, excepto a su querida hija Julia, la menor de sus cuatro hijos. De Julia jamás se olvidó.

Una mañana soleada de primavera, Jonás salió de la casa familiar sin que nadie se percatase de ello. Si lo hubieran hecho, no le habrían dejado salir solo bajo ninguno de los conceptos, pero aquel día Jonás, en un arrebato de lucidez de los que aún tenía con frecuencia, se sintió un estorbo en casa de su hija. Decidió salir a la calle, por completo ajeno a su enfermedad, para que el aire del exterior le despejase la mente de aquellas derrotistas ideas. Su intención nunca fue huir, pero una vez que hubo salido de la casa ya no logró recordar el camino de vuelta, ni siquiera si tenía una casa a la que regresar.

Para cuando la familia quiso darse cuenta de su desaparición, ya habían pasado bastantes horas. La alarma fue inmediata y, sin dilación, dieron comienzo a la búsqueda y a la difusión de su fotografía. No quedó lugar de la geografía española al que no llegase el llamamiento de su familia. Pero pasaron los meses y Jonás no apareció. La búsqueda infructuosa fue dando paso a una resignación silenciosa. De esta al olvido solo hubo un paso. Nadie recordaba ya al abuelo Jonás, ni en el barrio ni en su casa, donde llegó un momento en el que ni siquiera se volvió a pronunciar su nombre. Únicamente Julia dedicaba cada día uno de sus pensamientos a su padre y, aunque no creía en dioses, llegaba incluso a rezar por él.

Había transcurrido ya más de año y medio desde aquella mañana en la que Jonás salió a pasear y no regresó. Julia se disponía a salir de la casa camino del trabajo cuando, nada más abrir la puerta, se le paralizó la respiración. Las llaves cayeron sobre el piso con un gran estruendo, le costaba respirar y era incapaz de articular palabra alguna. Solo tenues jadeos se escapaban de su boca en pleno ataque de ansiedad. Frente a la pequeña cancela que daba a la calle, un anciano giraba en torno a sí mismo una y otra vez, desorientado. ¿Era posible lo que estaban viendo sus ojos? ¿Era cierto aquel milagro?

Julia reaccionó en el instante preciso en que vio al anciano alejarse de la cancela. Salió corriendo en su dirección y, en un par de zancadas, le dio alcance. Gruesas lágrimas resbalaban por su faz mientras se aferraba a aquel hombre que le había dado la vida y que ella había dado ya por muerto. Una y otra vez le preguntaba, entre abrazos, dónde había estado y si se encontraba bien, como si aquel tuviera capacidad para dar alguna respuesta coherente a aquellas preguntas que eran un sinsentido. Jonás se separó unos centímetros de ella, le limpió las lágrimas que corrían raudas por su mejilla y, con toda la tranquilidad del mundo, solo le dijo:

—Pero hija, ¿no te dije esta mañana que salía a dar un paseo?

Jonás y su cruel amigo alemán habían regresado a casa.

Madrileña de 40 años. Financiera de profesión, escritora de vocación. Escribo todo lo que pasa por mi mente, dando rienda suelta a esa dosis de locura que todos llevamos dentro, sin encasillamientos. Me encanta partir de una imagen para crear un texto. Y aquí estamos, intentando cumplir mi sueño de la infancia, reinventándome cada día un poquito más. Pero, sobre todo, aprendiendo. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir...

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