¿Sabes una cosa? El romanticismo no ha muerto. Han intentado acabar con él, pero es más fuerte que todo y no lo han conseguido. Y no te estoy hablando del romanticismo a la antigua usanza, cuando los caballeros se inclinaban ante las señoritas para besarles el dorso de la mano, cuidadosamente cubiertas con unos sutiles guantes de seda. No. El romanticismo del que te hablo es el de nuestros días, el de los pequeños detalles, el de las muestras diarias de cariño, el de los “te quieros” susurrados al oído. Ese existe, claro que sí. Es mentira que haya muerto.
Sé que tienes dudas, pero te lo voy a demostrar. Tras dos largos años de relación a distancia ya ha llegado el momento de que entrelacemos nuestras manos, de pasear juntos bajo la lluvia, o bajo el sol, o bajo el cielo nublado. Ha llegado el momento de tomar juntos un café, charlando como siempre hacemos, pero con el beneficio de poder deshacernos en caricias durante esos momentos. Ha llegado el momento de unir nuestros labios en un profundo beso, de sentir cómo nuestros corazones laten al unísono, de besarnos durante horas deteniendo el tiempo a nuestro alrededor.
Ha llegado el momento. Lo sabes, lo sé. Por eso llegaré puntual a nuestra primera cita, aunque en realidad sea la número ochocientos treinta y dos desde que nos conocemos. Sé que no necesitarás ninguna de las típicas señales de las citas a ciegas porque la nuestra no lo es. Conoces cada palmo de mi rostro igual que yo conozco cada pedacito del tuyo, cada lunar, cada línea de expresión, cada bucle de tu rebelde melena, cada pestaña de tu mirada. Pero te lo voy a poner aún más fácil y voy a hacer una apuesta por ese romanticismo que según tú ha muerto, para demostrarte que no es así. No conmigo.
Cuando llegues estaré esperándote. Solo tendrás que buscarme con la mirada. Seré el único que portará entre sus brazos un precioso ramo de rosas rojas en medio del resto de la amplia gama de tonos grises que invaden la realidad.

Madrileña de 40 años. Financiera de profesión, escritora de vocación. Escribo todo lo que pasa por mi mente, dando rienda suelta a esa dosis de locura que todos llevamos dentro, sin encasillamientos. Me encanta partir de una imagen para crear un texto. Y aquí estamos, intentando cumplir mi sueño de la infancia, reinventándome cada día un poquito más. Pero, sobre todo, aprendiendo. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir...

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