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El extraño caso de las cinco mochilas (1)

El policía más grande salió por la puerta, seguido por el otro, de aspecto más quebradizo, pero también más cruel.

– ¿Qué te pasa, Paco?

Paco volvió a tocarse el bigote y con cara de enfadado empezó a otear la calle por un lado y por otro, escudriñando a todos aquellos que pudieran estar parados. Su compañero Tito lo miró irónicamente. Paco le provocaba simultáneamente respeto y risa. Por un lado, era un gran tipo, un gran policía por muchos conceptos y en parte, Tito habría querido ser como él, fuerte y fiable, pero se sentía a su lado solo un pequeño pillo. Pero desde otro punto de vista, se burlaba de Paco. De las caras que ponía de duro cuando barría las calles con su mirada de águila para tratar de detectar el mal. Paco se sentía siempre protagonista de una película policiaca. Tito en cambio estaba frustrado. Ser policía para él era una mierda. Quería meterse cada día más dentro de un sindicato policial, para tener otro tener otro tipo de poder, más interesante. Además, los políticos no les dejaban hacer su trabajo. En vez de patadas en la entrepierna, acabarían repartiendo besitos a los delincuentes.

Paco siguió dirigiendo su aguda y recelosa mirada por las aceras, pero no vio nada sospechoso.

-Que qué te pasa, Paco.

Paco hinchó sus pulmones, contuvo la respiración y miró el cielo, que parecía una lata roñosa. Siguió haciendo esperar su respuesta a Tito, que esperaba con mirada irónica. Por fin, soltó el aire.

-Tenemos un día raro -dijo.
-¿Me quieres decir por qué no le has dicho al majadero del váter que está detenido y que salga o tiramos la puerta abajo?
-Ya te lo estoy diciendo. Tenemos un día raro. el cielo está raro, yo estoy raro, y… -por fin empezó a sonreír mirando a Tito- y no me digas que lo del tipo del váter no es raro.
-Sí que está raro el cielo, parece que vaya a nevar… Aquella nube parece un ovni. Igual es un marciano. Pero con tanta mochila… ¿Tú crees que un marciano vendría a la tierra con cinco mochilas y se haría fuerte en los váteres de este barucho? Será solo un tarado más.
-Seguramente. Pero ¿y las mochilas? ¿Qué hay dentro de esas mochilas?

Tito se quedó callado de pronto, como si le hubieran olvidado las mochilas. Pero reaccionó y le propuso tirar la puerta, que luego ya revisarían ellos todo.
Paco se lo quedó mirando inexpresivo, y Tito comprendió que se lo había pensado poco.

-Las mochilas… -dijo Tito tratando de adivinar lo que pensaba Paco- Pueden ser muchas cosas. Puede ser un terrorista. Un terrorista imbécil, porque… Puede ser alguien que está destruyendo papeles comprometedores en el váter… Puede estar deshaciéndose de un cargamento de drogas u otro tráfico prohibido…
-¿Qué otro tráfico?
-¡Yo qué sé, joder! Puede estar disfrazándose de fallera. ¡Yo qué sé! Puede estar convirtiéndose en vampiro.
– Lo mejor será hacer una llamada, como he dicho antes.
Tito se dio media vuelta y llamó a José Luis.

-¿Podrían cortarle el agua?

Las protestas de José Luis y Fermín no se hicieron esperar. Más cuando Tito era incapaz de explicar el porqué de aquella iniciativa suya. Pensó que el lugar en el que se había encerrado aquel tipo solo podía aportar dos cosas. Agua e intimidad. Quizás si le faltaba una de las dos cosas, optaría por largarse. Pero la teoría le pareció tan floja a su propio autor, que decidió no explicarla. Finalmente, José Luis accedió y tuvieron que cortar el agua a todo el bar, pues la llave de paso de los lavabos estaba justamente allí, bajo un lavabo.
Paco hizo su llamada. Cuando acabó estaba de mal genio.

– ¿Qué te han dicho?
– Que nos quedemos aquí.
– ¿Cómo que nos quedemos aquí?
-Que nos quedemos aquí y no hagamos nada.
-Vamos, Paco, no me jodas. ¿Y si es un terrorista cargado de bombas y muere toda esta gente? O peor. ¿Si solo es un idiota y por su culpa nos pasamos aquí todo el día?
-Que sea un terrorista no les preocupa, Tito. Al menos no tanto como que sea un okupa.
– ¿Un okupa? Vamos, no me jodas. ¿Un okupa que solo okupa un cuarto de aseo? ¿Domínguez te ha dicho eso?
-Domínguez está harto de tener problemas por enfrentarse a algún okupa porque el alcalde parece creer que son lo mejor de la sociedad.
-Pero, Paco, no le vamos a hacer caso, ¿verdad?
-Vamos a esperar…
– ¿A qué?
-Ya sabes que Domínguez pide permiso a la superioridad hasta para orinar. A ver qué le dicen.

Tito dio un fuerte puñetazo a la persiana y empezó a maldecir. ¡Esto era ser policía! ¡Esto era! ¡Tragar y tragar sapos cada día! Arriesgarse mientras otros inútiles que no sabían por dónde andaban les trataban a su vez como si lo tontos fueran ellos. ¿Un okupa de váteres? ¡Qué broma era esa!
José Luis se acercó y con modales exageradamente cuidadosos les preguntó a los señores policías si habían pedido refuerzos para sacar al estreñido del váter o le habían pedido permiso al Presidente del Gobierno. ¿Iban a venir los GEO?

-No podemos ni beber ni mear -apostilló Fermín.

Tito no dejó de darles la razón, mientras que Paco decidió que para estar en su lugar de policía perfecto no debía delatar lo que estaba pensando de su estúpido jefe.

-Ustedes lo ven absurdo y nosotros… nosotros nos tenemos que callar, porque es nuestro trabajo -decía Tito.

Poco a poco, el bar se iba llenando de mirones ya que el coche de policía aparcado en doble fila presagiaba acontecimientos. Gente que pedía un café como excusa para poder seguir allí, conociendo de primera mano lo que estaba sucediendo. Jubilados que solían “supervisar” la zanja abierta en la calle para instalar la tubería del gas, habían visto el coche policial y allí estaban encantados de verlo todo en primera fila. Fermín les instaba a pedir para que José Luis viera que hacía lo posible para aumentar el negocio. Al menos estaban saliendo cortados y cigarrillos de la máquina expendedora.
Habían pasado más de dos horas y media desde que todo el incidente había comenzado. Paco, seguía más preocupado por lo que pasaba en el exterior, siempre en la puerta, revisando los coches aparcando con alguien dentro. Disimuladamente empezó a hacer fotos con su teléfono. Tito lo vigilaba:

-¿Pero qué narices buscas, Paco?
-Hazme un favor. No te muevas de al lado de la puerta del servicio y trata de escuchar todo lo que sucede ahí.

No se oía absolutamente nada. José Luis preguntó:

-¡Eh, oiga! ¿Va usted a salir?
El público se calló de inmediato para poder escuchar la respuesta del extraño del váter.
-Sin duda, sin duda… Pero bueno, ahora mismo, no.

La gente se reía mucho. Algunos jubilados no lo habían oído bien y preguntaban al anciano de al lado, menos duro de oído y el otro se lo contaba admirado por la incomparable dotación glandular de quien así respondía, muy refinadamente, “sin duda, sin duda”.
Cuando las risas ya se estaban calmando, añadió el hombre.

-Créanme, no les engaño. Al final saldré. Lo que pasa es que ahora mismo no voy a salir.

Tiito fue a hablar con Paco. Aquello era un ridículo de dimensiones históricas. Era como para dejar la pistola y la gorra allí mismo y largarse. En el sindicato lo contaría y… De pronto se calló.

-Ay, Tito, qué día tan raro. A ver si rompe a llover de una puñetera vez. Yo creo que es este cielo tan extraño, que nos vuelve a todos idiotas.
-Paco, demos publicidad a esto.
-Eso no nos corresponde.
-A nosotros no. ¿Pero a tu amiga, la rubita del telediario?
Se miraron los dos. La rubita era una amiga de Paco que habían conocido cuando ella informaba de un suceso callejero en el que Paco estaba asistiendo. Si eso salía en informativos, algún idiota tendría que tomar una decisión.
-No sabía que tú pensabas, Tito. Lo has estado llevando en secreto todo este tiempo. ¡Tú piensas! No nos habíamos dado cuenta nadie. De verdad que no sabía nada de que tú hicieras eso. Si decimos que ha venido la prensa, tendrán que tomar decisiones. Hoy has desayunado bien.
-¡Venga, genio, llámala tú! Voy a la puerta del servicio.
Llamó a la periodista rubita y le dijo que esas cosas estaban bien para el noticiario local, donde aprovechaban cualquier cosa para convertirlo en noticia. Ella dudó al principio.
-Un tío que tarda en salir de un bar…
-Un tío que no sale ni por orden de la policía y que está encerrado con cinco mochilas de las grandes.
Pero debía ser secreto que él la había llamado. Diría que se había enterado por casualidad.

Más de tres horas habían pasado. Hasta los jubilados se aburrían de tanta inacción. Pero llegó la rubia y un cámara y el ambiente se electrizó. Todo era más importante si salía en la tele. Ella iba a darle dos besos a Paco, pero él la detuvo disimuladamente.
-Ahora no nos conocemos.
Fermín le dijo a su suegro que les iba a ofrecer unos cafés a los dos policías, a ver si así les salía algo de nervio a esos cachazas.
A los pocos minutos Fermín fue con un café a la puerta para ofrecérselo a Paco, y se cruzó con la periodista.
-Éramos pocos y… -dijo Fermín.
-Hay que ver, cómo se enteran de todo, los reporteros estos…
-Una cosa, agente. Si el dueño del bar, mi suegro, decide darle una patada a la puerta, que es su puerta -dijo marcando mucho el “su”- de su baño., de su bar… ¿Verdad que nadie se lo puede prohibir?

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El extraño caso de las cinco mochilas (1)

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Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.
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