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Tenía que decírselo, aquello no podía seguir así.
-Por favor, abra la puerta.
Pero él continuaba en la misma linea.
-Lo siento pero no puedo.
-Oiga, que abra inmediatamente. ¿No ve que esta situación es absurda?
-Mire, será absurda pero no pienso salir.
-Pues llamaré a la policía.
-Muy bien, llame, llame.

El problema había empezado más o menos así:

José Luis tenía una cafetería.Una del montón de cafeterías del centro. Aquel día había llegado un tipo de aspecto más o menos normal con una gran mochila de montañero. Pidió un café con leche y lo pagó antes de tomarlo. Al poco tiempo llegaron otros cinco amigos con sus mochilas, llenas hasta los topes. Las mochilas sí que parecían para el campo, pero ellos iban vestidos de ciudad, uno hasta con traje y corbata. El que había llegado primero se metió en el lavabo. Al cabo de un rato fueron el segundo y el tercero y volvieron en pocos minutos sin las mochilas. Entonces fueron el cuarto y el quinto. Se supone que dejaron las mochilas en los servicios y salieron.Pero el primero no salía.

-Oiga, ¿Por qué dejan tantas mochilas en nuestro cuarto de aseo? ¿Piensan poner una bomba?
-No señor, no se preocupe por eso. No tiene por qué explotar nada.
-Me alegro mucho. ¿Entonces? He contado 5 mochilas.¿Qué están haciendo ahí?
-Son para nuestro amigo.
-¿Y por qué tiene que meter las mochilas su amigo en nuestros servicios? ¿Es que se va a instalar en el retrete? -dijo José Luis tratando de impostar un sentido del humor castizo.
-Yo no lo entiendo muy bien, pero ha elegido sus aseos.
-¿Pretenden ocupar mi bar?
-No. En todo caso, solo sus lavabos.
-Ah. ¿Sí? Ya me están empezando a tocar las narices todos. Que salga de ahí de in mediato, que lo más suave que se me ocurre es llamar a la policía.
-Pues llame. Hará muy bien. Yo si alguien acampase en mi cuarto de baño llamaría a la policía.
-¿Y entonces por qué le ayuda? ¿Se está burlando de mí?
Aquel insensato comenzó a argumentar sobre la amistad y la filantropía. ¿Acaso hay alguien que  no tenga algún amigo un poco loco pero al que en todo caso ayudaría porque la amistad en la vida era como…

-¡Mire, no me diga más sandeces!

-¡Eh, un poco de respeto!

-¿Un poco de respeto? ¡Respeto a nosotros! Saquen inmediatamente al del váter, que no estoy para  muchas tonterías.

José Luis se acercó a la puerta y golpeó rabioso con los nudillos.
-Oiga, le doy dos minutos para salir de los aseos con todo ese equipaje que han metido.
Una voz se oyó del otro lado de la puerta.
-Eso no va a pasar por ahora.
-¿Cómo dice?
-Que por ahora no.
-¿Se encuentra bien?
-Bueno, sí, no me pasa nada. No es un lugar muy cómodo, pero sí, estoy bien.
-¿Cómodo? Tiene un minuto para salir o llamo a la polícía.
-No, mire, es que por ahora no voy a salir.
-¿Le pasa algo?
-Por ahora no.
-¿Por ahora no? Por ahora voy a llamar al 091.
-Bueno.

José Luis sacó su teléfono y unos instantes después empezó a dar explicaciones a algún policía.
-No, si mucho tiempo no llevan, pero es que dice que no piensa salir por ahora. Han metido allí cinco mochilas… ¿Cómo que les deje? A ver si van a ser terroristas y va usted a tener toda la responsabilidad de lo que pase aquí por no hacerme caso. ¡Oiga, que no quiero calmarme!

De pronto, al ver que los amigos del presunto okupa salen a la calle les increpa.
-Eh, ¿a dónde creen que van?
-A nuestras cosas. No hemos tomado nada.
-Nos tenemos que ir. Hay que trabajar. No se preocupe tanto, que no es tan grave.

José Luis estaba pensando que todo sería una broma. ¿O nos estábamos volviendo todos locos?

Fermín, el yerno de José Luis, en paro, estaba ayudando en la cafetería y decidió que como macho joven que era, debía tomar cartas en el asunto en apoyo de su suegro. Fermín no sabe nada de hostelería y para sentirse más experto, lleva siempre un trapo en el hombro porque piensa que eso le da un aire de camarero de los de toda la vida. Su suegro no lo traga y lo mira con escepticismo. Realmnte José Luis querría que Fermín trabajase en cualquier otro sitio que no fuera su bar. El joven se echó impulsivamente el trapo a la espalda como quien se azota por los.pecados del mundo, o como si quisiera sacudirse una avispa. Con andares de matón se acercó a la puerta de los servicios y llamó con enérgicos puñetazos. Entre tanto, toda la clientela se había percatado del asunto. Algunos se iban yendo, ya que el público era en general empleados en las oficinas de la zona. Otros parecían muy interesados en el asunto.

-¿Oiga? -dijo el yerno.
-¿Sí, dígame?
El tono de ese «sí, dígame» hizo sonreír a muchos clientes, que estaban atentos, ya que parecía una llamada de teléfono, pero en realidad era una conversación a los lados de la puerta de un váter.
-¿Podría salir, por favor? Hay más gente que necesita usar los servicios.
-Ya…
-¿Podría salir?
-Pues… Es que ahora mismo está ocupado.
-Claro. Por eso lo digo. ¿Podría salir, por favor?
-¿Cómo dice?
-Qué si podría salir ahora mismo, ya, del servicio
-¿Cómo?
-¿Qué si podría salir ya del servicio?
-¿Eh?
-¿No me oye bien?
-Pues no mucho.
-¿Quiere salir?
-Pues… por ahora no.
-¿Cuando va a salir?
-No le sé decir.

El suegro se irritaba más aun:
-¿No ves que se está riendo de ti?

El yerno ya vio que no seria fácil ganarse a Jose Luis con ese gesto de apoyo que estaba intentando. Se cambió el trapo de hombro y prosiguió.

-Yo se lo aconsejo, porque va a venir la policía.
-Bueno.
-Las puertas son caras…
No hubo contestación.
-Si tenemos que echar la puerta abajo la pagará usted. Y son caras.
-Depende de dónde la compre… Ya le daré yo una dirección de unos tíos que conozco. Son baratos y trabajan bien.
-A mí no. La tendrá que pagar usted.
-No sé.

José Luis estaba cada vez más alterado:
-¿No ves cómo se está cachondeando de ti? ¿Es que no lo ves? Hasta se están riendo los clientes.

¿La gente opinaba. ¿Cómo era posible que hubiera tanto loco suelto?

Llegó la policía. Dos guardias uniformados saludaron y empezaron a preguntar a Fermín hasta que Jose Luis se interpuso.

-Buenas. José Luis Domínguez, propietario del establecimiento. Gracias por venir.
-Para eso estamos.

Se acercaron a los servicios.
-Buenos días. Somos de la policia.
-Encantado.
-Nos han dicho que usted se esta negando a abandonar estos servicios. ¿Es correcto?
-Por ahora, voy a seguir. No es que no quiera salir. Ya saldré, eso seguro, pero más adelante.
-¿Nos puede decir por qué no sale ya?
-No, no me apetece mucho hablar de eso ahora.
-No es cuestión de que le apetezca. Somos la policía y si no me responde ahora se lo preguntaré en comisaría. ¿Lo entiende?
-Creo que sí.
-Pues responda ya, por favor.
Silencio.
-¿Oiga?
-Es que… No me parece necesario.

Al  oír esto, Fermín hace un gesto con el puño, dando a entender que le daría una paliza. José Luis se acerco a los policías y  les preguntó qué les parecía semejante caso.

-Pues qué  le  vamos a decir nosotros. Si supiera la cantidad de locos que vemos cada día…

-¿Y ahora qué?

-Pues ya le hemos dicho que salga.

-¿Y si no sale? Vamos, ya ve lo que dice, que  no va a salir.

-Dice que por ahora no. Quizás le ha pasado algo, puede que esté indispuesto.

-¡No, no, no! -se desgañitaba José Luis, desesperado- Le digo  que han venido unos individuos con él y le han metido allí cinco mochilas de montaña. Es algo preparado, no sabemos para qué. En cualquier caso, esto es privado, y ese tipo tiene que irse.

-Comprendo.

-Oiga, no me diga que lo comprende. Dígame qué narices van a hacer.

El policía más mayor se acarició el bigote con un dedo.

-Lo primero que vamos a hacer es una llamada de teléfono.

CONTINUARÁ

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Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra. Subcríbete a los artículos de Enrique Brossa
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