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Aquella noche mandaron al niño a dormir, porque la película era de dos rombos. El niño se fue a la cama. Se quitó una bota y la dejó caer ruidosamente. Luego la otra. Se quito un calcetín… y llegó el trance. Quedó en un estado mitad dormido, mitad despierto. Cuando empezaron los anuncios, su madre fue a ver si se había acostado. Tenía un pie sobre la rodilla con un calcetín colgando del dedo gordo. (Los verdaderos brossistas, saben lo que eso significa. es un misterio solo al alcance de unos pocos iniciados y continuados. Solo lo saben los elegidos). El caso es que la madre le reprendió por no estar entre las sábanas con el pijama puesto y se sentó con él para asegurarse de que no volvería a dormirse con el siguiente calcetín a medio quitar. El niño estaba muy serio.
-Mamá, ¿quién falta?
Su madre no entendía la pregunta.
-Tiene que faltar alguien, ¿no?
La madre no logró entender a qué se refería el chaval.
-¿Quién crees que falta?
-No sé, mamá, pero falta alguien más.
-¿Te refieres al niño Jesús?
-A lo mejor. Pero no me refería a él. Alguien falta.
-Hijo, no sé. Estamos todos.
-No mamá. Aquí falta alguien.
-Siempre estamos los mismos. Tu papi, tus hermanitos… Creo que estabas soñando algo. Vamos duérmete ya.
-Pero, Mamá, aquí falta alguien.

A partir de aquel día, este diálogo se repetía continuamente.

-Mamá, es que aquí falta alguien.

Nadie podía entender al crío. Sus hermanos empezaron a decir que el niño estaba loco. Una tarde, su madre llegó a perder la paciencia:
-¡Basta ya con eso!

Aquella misma noche, ella habló con su marido:
-Adolfo, yo creo que lo que le está pasando a Sergio es que tiene obsesiones.
-Pepa, lo de la bici no es obsesión. Es lo normal a su edad.
-Pero está muy pesado.
-¡Va!
-¿No será que le prestas poca atención?

El domingo siguiente proyectaba las habituales líneas blancas de luz sobre las paredes. Era el sol que se filtraba de las contraventanas de madera. La luz era fuerte, no era la neblina de las primeras horas. Sin duda era un domingo soleado y sería media mañana.

Su padre, se asomó desde la puerta del dormitorio.
-¿Qué hace el peque? ¿Se despierta?
Se sentó en la cama y comenzó a hacerle cosquillas.

Fue un domingo raro. Su padre no fue con toda la familia a pasear al parque, sino que le puso un casco y se lo llevó en moto, provocando las protestas de sus hermanos. Se dieron un largo paseo los dos. Fueron al quiosco y compraron dos periódicos y dos tebeos, unas gominolas y un paquete de Winston. Después se sentaron en un banco mirando a la gente que paseaba perros. Un hombre lanzaba lejos un plato de plástico y su perro salía corriendo a por él, metiéndose en el estanque si era preciso. Lo estaban pasando bien.

-Papá, no fumes.
-Tienes razón, hijo. Debería dejarlo.
El hombre se quedó mirando su cigarrillo encendido en la mano.
-Oye, hijo, si me hablas de ese que dices que falta tiro el tabaco a la basura.
-Qué te voy a contar. Como no viene nunca, no sé nada de él.
-¿Y entonces como sabes que falta?
-Porque tiene que haber otra persona. ¿Tú lo notas, papá? ¿Notas que falta alguien?

Acabado el cigarrillo y un cierto reparto de gominolas subieron a la moto.
-Papa, ¿te imaginas que los cascos que llevamos fuera una escafandra de un traje espacial? ¿Y que nos subiéramos a tu nave y vinieran unos marcianos a atacarnos?
-Corre, corre, agárrate fuerte, que sale el cohete.

La moto salió disparada y el muchacho siguió soñando despierto que paseaban en una moto lunar por un planeta recién descubierto, sin tocar el suelo. Hasta que al parar en un semáforo el padre se volvió a decirle:

-¿Puede ser que eches de menos a tus abuelos?
-El niño se soltó un momento las manos para darle una palmada en la espalda a su padre, y le dijo:
-Papá, no te obsesiones.

2

Días más tarde, el niño fue llevado al psicólogo. Se trataba de una amiga de su padre. Ya que sus padres estaban ocupados, le acompañó, “Fito”, su hermano mayor, que pese a ostentar el nombre de Adolfo como su padre, era un adolescente descontento y pesimista que se quedó en la sala de espera tecleando su teléfono móvil.
La psicóloga en cuestión era una argentina muy atractiva de unos cuarenta años. Junto con su acento, imprimía a sus palabras cierto aire de superioridad, incluso cuando trataba de ser cariñosa con el chiquillo.
-¡Guao, qué niño tan reguapo! ¿Cómo te llamás?
-Sergio.
-¡Sergio, qué bonito nombre! Fíjate que yo tengo una niña de la misma edad que vos.
Sergio apenas sonreía.
-¿Querés un dulce? ¿Un caramelo?
-¡Vale!
-¿Sabés por qué estás aquí? ¿Qué te dijeron tus papás?
-Me dijeron que era bueno charlar con usted, porque tengo mucha imaginación.
-¡Ah, qué bien te lo explicaron! ¡Qué listo es tu papá!
-La que me dijo eso fue mi madre.
-Sí, pero esteeee… tener imaginación es bueno, es muy bueno, ¿vos lo sabés?
Sergio se metió el dedo en la boca para tratar de despegar el caramelo de sus muelas.
-Dejate la boca, Sergio. Es feo urgarse la boca cuando te están hablando. Dejátela ya.
-Es que se me ha quedado pegado…
-Vamos dejátela, Sergio, por favor.
Sergio obedeció y ella trató de recuperar el tono adecuado para la conversación, mientras Sergio empezó a empujarse el caramelo pegajoso con la lengua intentando limpiarlo. Por eso, mientras ella hablaba, esta vez en un tono de dulzura excesivamente obvia, Sergio comenzó a hacer unos gestos extraños con la boca y al final, con toda la cara, de tan entregado que estaba a separar el caramelo con su lengua, o a tratar de aspirarlo, haciendo ruiditos. Entre tanto, Andrea Bonarotti empezaba a impacientarse, porque Sergio le distraía con sus muecas.
-Está bien, Sergio. Sacá los restos de caramelo con el dedo si querés. Yo pienso de que acabaremos antes.
El niño lanzó su dedo índice a la caza y captura del dulce de café con leche, mientras ella se levantó y retocó la colocación de su título académico, como quien disimula para apartar la vista de algo obsceno.
-¡Ya está! -avisó el niño con una amplia sonrisa de agradecimiento.
Andrea se sentó de nuevo a la mesa y abordó directamente el tema:
-Decime, Sergio. ¿Por qué decís que falta alguien en tu casa?
-Me lo parece.
-Sí, pero ¿cómo lo notás? ¿Querés decir que antes había otra persona más en casa?
-No me acuerdo.
– ¿Entonces?
El niño vio sobre el escritorio un cubilete vacío y le preguntó.
-Andrea, ¿no pones lápices en ese cubilete?
-Pues algunas veces.
Andrea se quedó pensativa.
-Vaya que eres inteligente. Ya se a quién has salido. Querés decirme que se nota que faltan lápices aquí, aunque no los has visto antes. Me impresionas.
-No, no lo decía por nada. Pero mi hermana tiene uno parecido y pone sus lápices.
-Ya, ya, ya… Sos endiabladamente relisto.
Andrea se quedó mirando al muchacho con sus ojos verdes tan abiertos como su boca, porque realmente se había quedado deslumbrada. También se sintió algo insegura.
-¿Crees que en tu casa hay una especie de hueco para alguien más, como mi cubilete para los lápices? ¿O quizás para sustituir a alguien de la familia?
-No creo… No.
-¿En qué habitación de la casa viviría esta persona que falta?
-No lo sé. A lo mejor no quiere vivir en casa. Como no sé quien es…
-¿Es hombre o mujer?
-Es que no lo he visto nunca, que yo recuerde.
-¿Pero tú cómo te lo imaginas?
-Que no lo sé, que no lo he visto nunca.
-Pero ahora hablamos de imaginar, no de haber visto. ¿Como te imaginas a esta persona?
-Es que no lo sé.
Suspiraron los dos a la vez.
-Dime una cosa, Sergio. ¿Te da miedo?
Sergio lo pensó unos segundos:
– No.
– ¿Nada, nada de miedo? ¿Ni un poquito?
-Nada. ¿Y a ti te da miedo?
Andrea apoyo la espalda en el respaldo y a partir de aquel momento perdió la poca naturalidad de la que podía hacer gala.
-Yo tampoco lo conozco. Quiero decir… Sergio, esto es como un sistema para cuidar de tu imaginación y funciona de modo que las preguntas las hago yo. Y las haré todas yo. ¿Entendiste?
-Vale.
Andrea se estaba poniendo nerviosa y empezó a garabatear como si estuviera tomando notas. Había perdido el hilo.
-Sergio, entonces es bueno. Si no te da miedo será que es bueno.
-En mi clase hay un niño muy malo que siempre escupe y pega a otros niños. Pero no me da miedo.
-Es cierto, podría ser malo y no darte miedo. Quizás es malo.
-Pues creo que no.
-Bien. ¿Crees que es chico o chica? ¿Viejo o joven? ¿Es un niño?
-Yo creo que no es chica… pero yo no…
-Ya, ya, no lo conocés.
-Ni viejo tampoco. Ni niño. No me pega eso.
-¡Es un joven, entonces!
-Eso ya no lo tengo tan claro.
Andrea se quitó las gafas y se frotó la nariz.
-¿Sabés lo que se me ocurre? Lo vas a dibujar. ¿Te gusta dibujar?
-Mucho.
-¿De verdad? A mí también me rechifla dibujar. Y la gente que dibuja bien es mi favorita. Mira. En este papel vas a dibujar a papá, mamá, tus hermanitos…
-¿A Pumbi?
-Claro, a Pumbi, el lindo gatito también.
-¡Vale!
-Y a esa persona que falta.
-¡Vale!
Vaya, esta vez no le había dicho que no podía dibujarle porque no le había visto nunca. Eso le dio una cierta sensación de victoria a la psicóloga. Para no interferir con el niño, decidió hacer una llamada de teléfono. Comenzó el parloteo:
-¡Leandro, que hiciste! -dijo tras llamar a un amigo suyo. Soltó muchas carcajadas y, mientras hablaba, miraba la evolución del dibujo del niño. Parecía una habitación. Había una mesa, un cuadro en una pared y una puerta. Pintó lo que podría ser su padre y su madre. Después dibujó a sus hermanitos mientras escuchaba la conversación de la psicóloga. Andrea siguió hablando con el tal Leandro un buen rato:
-¡Claro que lo conozco! Está cerca de mi despacho. Algunas veces como por allí o me tomo un café… Qué cosas… ¿Pero y no se sabe qué hace allí? No sé si es para tomarlo en serio o a risa… ¡Claro! Ayer me tomaba yo allí un café.
Pero al acabar la conversación, Sergio seguía pintarrajeando la pared de aquella supuesta habitación. Entonces llamó al papá de Sergio y salió del despacho. Su voz adquirió una dulzura especial.
-Sí, aquí lo tengo dibujando. Tu hijo es tan relisto como vos. Me confunde… Sí, también como vos… Debe de ser genético… Bueno, de otra manera. Sí, sí… No me extraña… ¿Comemos mañana? Y lo hablamos… Sí, sí… De momento no le he sacado nada… ¡Dale! Bueno. ¡Dale! Te digo otra cosa. Hablé con mi amigo Leandro. ¿Te acordás que te hablé de él? Me dice que por casualidad ha visto un programa de televisión, “Ahora En Directo”… Sí, pues sale nuestro bar, donde tomamos café. Realmente no dicen nada del bar. Solo que sucede que hay un hombre allí que se ha encerrado con cinco mochilas en los lavabos… sí. ¿Ah? No se sabe. No se sabe nada… Los de Ahora en Directo dicen que es una vergüenza que no desalojen la zona, porque podría ser un terrorista o un suicida con una bomba… Si claro, también puede ser un terrorista suicida, muy gracioso. Están los guardias, pero no hacen nada…
Andrea miraba por la ventana, hacia un lado, por ver si veía algo de gente o coches de policía por lo del bar próximo del que estaban hablando. El cielo tenía una tonalidad metálica muy extraña, manchada de ocre. <<Debe de estar a punto de caer una buena tormenta>>
Cuando Andrea volvió a su sillón, Sergio le dijo que ya había terminado. Andrea miró con la mayor atención el dibujo del chaval.
-Sergio. El dibujo es precioso. Está regio, diría yo. Pero fíjate que está faltando el otro personaje.
El pequeño lo miró con atención, como si tuviera que comprobarlo.
-Sergio, falta el otro personaje. ¿No lo ves? Habíamos quedado en que lo ibas a dibujar también.
El chico levantó la mirada hacia la profesional
y dijo:
– ¿Te das cuenta?
-¿De qué, querido niño?
– ¿Lo ves cómo falta? Tú misma has dicho que falta. Siempre falta.
– ¡Sergio! ¡Pero es porque no lo dibujaste! ¿Te estás riendo de mí? ¿Acaso querés visitar a la amiga bruja de tu mamá? ¡Quiero que lo dibujes ahí, como si estuviera!
Andrea se sentía muy indignada. Su cara de mujer de telenovela pareció acumular de pronto diez años más y su voz reflejaba una irritación que Sergio parecía no comprender.

3

Cuando Fito regresó a casa con Sergio, Pepa llamó inmediatamente a su marido.
-Adolfo, que ya han vuelto.
-Ah, vale.
-¿Por qué no llamas la psicóloga esa a ver qué te dice?
-Ya hemos hablado.
-¿Y qué ha dicho?
Adolfo le explicó que Andrea Bonarotti no había logrado sacarle nada. Y que no le dieran importancia, porque era solo un niño y solo trataba de captar la atención de todos. Pronto se le olvidaría.
En realidad, Adolfo estaba inventándose ese juicio de Andrea, ya que lo que estaba expresando era su propia opinión. Pero su mujer le preguntó:
-¿Entonces para qué tiene que volver Sergio la semana que viene?
Adolfo comprendió que Andrea le había dicho eso a Fito, y Fito se lo dijo a su madre.
-Bueno, ya sabes cómo son los psicólogos, siempre quieren tener visitas semanales…
-¿Entonces?
-¿Entonces qué?
-¿Que si le llevamos otra vez o no?
-Pues quizás…
-Nunca me ha gustado esa Barbie.
-¡Vaya! Seguro que se habrá tomado mucho interés…
-Sí, ya…
Adolfo hizo como si no percibiese lo que su mujer estaba pensando, y le dijo que tenían mucho trabajo, que ya lo hablarían en casa.
-Una cosa, Pepa. Ni se te ocurra llamar a la bruja Maruja esa.
-No es ninguna bruja.
-Te lo digo muy en serio. No quiero a nuestro hijo envuelto es sus majaderías esotéricas.
-A lo mejor son majaderías para ti, pero para otras personas no.
-¡Mira, Pepa, no me fastidies!
La discusión fue corta porque es esas cosas Pepa simplemente no le hacía ningún caso a su marido.
-Pepa, que alto tienes el televisor. Casi no te oigo ¿Qué estás viendo?
-“Ahora en directo”. No sé qué dicen de un terrorista encerrado en un váter de un bar. Por cierto, cerca de tu oficina.
-Vale, ya me lo han contado. Te dejo, que yo tengo trabajo y no tengo tiempo de ver la tele.
Ese comentario que encerraba un reproche no hizo más que animar a Pepa a ignorar más a su marido, así que, acabada la conversación, Pepa tomó de nuevo el teléfono.
-Hola, Marujita, guapa. ¿Cómo estás, amiga mía? ¿En el más allá o en el más acá? ¿Te pillo en buen momento para poder hablar o estás con clientes? … Sí, bueno, contarte algo referente a mi hijo Sergio.
En aquellos mismos momentos, Fito y Sergio caminaban en dirección a su casa.
– ¿Qué tal con la psicóloga esa?
-Bien.
-¿Qué habéis hecho en su despacho? ¿Te ha hecho muchas preguntas?
-Algunas. Pero he estado dibujando casi todo el tiempo…
-Es que creo que por los dibujos se puede saber si alguien esta majara como tú. ¿Y te lo ha dicho ya?
-¿El qué?
-Si estás loco.
-No. Dice que tengo que volver.
-¡Vaya psicóloga! Para qué tantas reuniones. Si se te nota al kilómetro que estás como una regadera.
-¡Pues tú más!
-¡Mira aquello!
Cerca de donde estaban, había mucha gente. Vieron un coche de policía aparcado en segunda fila con sus luces azules y rojas intermitentes.
-¡Qué chulo! ¿Vamos a verlo?
-¿Y si es peligroso? -dudó Sergio.
-Mira, hay un coche de la tele.
-¿Eso es lo que llaman una unidad móvil?
-¿Qué habrá pasado? Vamos a mirar.

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Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra. Subcríbete a los artículos de Enrique Brossa
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