En el jardín de las camelias, encontré por azar la delicada figura de una flor de singular belleza.

La simetría de sus pétalos y sus pequeños estambres prisioneros, parecían evocar cierta melodía de libertad. Quizá lo soñé, pero sentí como si la flor me hablase. Cautivado por semejante lindeza, olvidé aquel día el resto de mis tareas en el jardín. Obsesionado en descifrar a la nueva especie que había brotado de la nada, sin aviso. Concentré mi atención en el estudio de la nueva dama blanca que florecía en pleno invierno para alegrar mis heladas tardes de aburrimiento.

Al caer la noche, me asaltó un temor desconocido, y sentí miedo de perderla. Por su bien, debería trasladarla a un lugar más cálido, procurarle fértiles rayos de sol, o las bajas temperaturas de la noche, podrían marchitar su radiante blancura. Y la llevé al jardín junto al estanque de peces dorados, donde su garboso reflejo no dejaría indiferente ni a los nenúfares.

Durante el día, la flor permanecía cerrada, alimentando aún más su propio misterio, pero al llegar la tarde, volvía a despertarse inclinando delicadamente su tallo hacía mí. La admiraba absorto, con la sonrisa imperturbable del loco que sueña despierto. Como se miran las nuevas bellezas por descubrir. Ahora, en el jardín secreto, junto al estanque dorado, crecía una planta desconocida que merecía toda mi atención.

En las noches, embrujado por el hechizo, sentía que me llamaba, que la fuese a buscar. Un hilo de voz en el aire me llegaba, y me advertía de que no quería estar sola, que no soportaba la soledad.

Las otras camelias, ahora desabrigadas, languidecían. Pasaban los días intentando esbozar sonrisas, o dibujar graciosos movimientos con la brisa. No lo veía, mi obsesión me nublaba, tenía que preservar la belleza intacta de la nueva flor. Jamás pensé que las estuviera abandonando a su suerte. No lo pensé, curioso y abismado, tan solo me dejé llevar.

Pasaba largas noches contemplando mi flor. Le hablaba a escondidas, en voz baja, para que nadie pudiera oírnos. Pero nos oían. La flor más singular, era bella y cálida, en la cuna de la belleza de mi jardín secreto.

Cierto día, descubrí sobre la nueva flor del pequeño jardín, un desconocido insecto. Tomé la lupa del escritorio para observarlo de cerca. Se trataba de alguna especie invasora. Me preocupó la seguridad de mi pequeña rareza de invernadero, la evolución de ella y de todas las demás especies, todo se tambaleaba. Una terrible alarma acababa de poner en jaque al frágil jardín de camelias.

Me apresuré a proteger a mi blanca flor con una campana de cristal. Le aporté luz y tiempo, con dedicada admiración. Aquel diminuto insecto, no podría volver a rozarla jamás.

Pasó el frío invierno. Sobrevivimos a la amenaza invasora. El cristal y mis precisos cuidados, habían conseguido que creciera con exultante vitalidad, pero la tragedia que siempre acecha, se reveló inevitable. De lo que mis ojos, ni mi corazón se habían percatado, era que las demás camelias ya estaban muertas. Indefensas, no habían podido soportar las grandes heladas nocturnas. Comprendí que mi jardín, el jardín que llevaba tantos años mimando, había sido exterminado. Pétalos extendidos por el suelo, marchitados de soledad e inanición.

La extraña especie invasora había exterminado a mis pobres leales flores blancas. La vanidad y la ceguera de mi eterna juventud, habían sido sus cómplices. No fue el insecto el enemigo invasor, ni siquiera la blanca e inusual flor, comprendí que solo había un culpable, y que ese sin duda, era yo.

Arrepentido y doblegado, intenté trasplantarlas, reanimarlas, inyectarles la vida con un rico manto de tierra ácida. Volví a procurarles sol, y agua en abundancia. Desatendí a la nueva flor, a la que odié por distraerme, por alejarme de lo verdaderamente valioso. Hice venir a los más expertos jardineros, curanderos y otros practicantes de malas artes, pero ninguno me supo dar la razón. Mi jardín yacía mustio, sin encanto, ni perfume. Enmudeció la belleza para siempre, fundiéndose los pétalos con la tierra, y una legión imparable de insectos todo lo invadió. Lloré muchas noches seguidas preso de la desolación. No hallaba consuelo para mi perdida, ni excusa para mi traición. Y me asaltó inevitable una pregunta… ¿Qué hago ahora con mi pena? ¿Ahora qué hago yo?

Mara Marley