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Voy a tener que pensar bien con qué tipo de excusa me cuelo en su casa. Podría decirle que he visto a mi gato en su balcón, sí, eso es. Le suelto la milonga de mi preocupación: que lleva varios días desaparecido, y ¡zass! Me acabo colando en su casa. Luego ella me ofrecerá un café mientras aparece el gato parrandero. Y yo le diré que no he desayunado y que con gusto, me comería unas buenas… tostadas. A ella le dará la risa floja y… Sí, eso haré.

Con un poco de suerte, me la habré merendado antes del almuerzo. Y se acabó, a otra cosa. Dejaré zanjado el tema vecinal. Estos delicados asuntos de vecindario, mejor terminarlos pronto, que luego se vuelven cargantes. Recuerdo la última vez que me enrollé con una vecina:

Era Carmencita, la sobrina de Pérez, el del séptimo izquierda. Una chica muy mona, muy decente y con unos protuberantes argumentos. Al parecer, la joven se había llevado un desengaño amoroso en el pueblo con uno de esos novietes labriegos. Y en un desaire, tras un enfado por tema de celos, la muchacha buscó refugio en casa de su tío viudo, en la ciudad.

No hay nada que una gran ciudad no pueda curar. La joven canturreaba en el patio mientras tendía su blanca ropa interior de algodón, tan pulcra y celestial, tan libre de pecado, que me incitaba a profanar todo signo de pureza. A soñar con manchar sus intimas ropas con mis lujuriosas manos. La chica se convirtió en una obsesión. Un tema recurrente donde refugiarme de los problemas.

Ahí me empecé a fijar. Imposible no hacerlo. El tamaño de sus sostenes tapaba los ventanales de mi despacho. Dos grandes lunas de nácar que se colaban sin permiso por mi ventana y mis pensamientos. Cada mañana me tomaba el café observando e imaginando como serían esos pechotes recogidos en semejantes embalajes…

Una noche, sin que mi esposa se diera cuenta, fui al cajón de su ropa interior. Quería comprobar el tamaño, la talla. Calcular cómo sería atrapar aquellas lozanas carnes de absoluta redondez. Seguramente se necesitaban las dos manos para sostenerlas y alzarlas como un cáliz que se ofrece antes de ser derramado y bebido… Empecé a excitarme pronto. Me tenía en un ¡ay! continuo.

La alisté a mi causa, sin ver su rostro, ni su trasero. Yo sabía que contaba con dos buenas armas para mi guerra… Esos, esos son los aliados que yo necesito, pensaba a menudo mientras conducía hasta mi trabajo en el periódico. Soy redactor jefe, pero eso ahora no tiene importancia.

Una mañana salí muy temprano de casa. Tenía que entrevistar a un conocido escritor para cerrar el suplemento dominical. Habíamos quedado en una terraza del centro. En un ático propiedad de una pareja de coleccionistas de arte. Un lugar intimo y lleno de creatividad, para poder conversar a gusto.

Apresurado, guardé las llaves en los bolsillos, sosteniendo un montón de documentos que llevaba en volandas. Al abrir la puerta del ascensor, me encontré de golpe con ella. La reconocí de inmediato por el tamaño de aquellos vultuosos pechos. Llevaba todo el mes calibrando el tema, y al tenerla de frente supe que era ella. Me daba miedo mirarla a la cara… ¿Y si tenía cara de sapo o de jirafa? Me daba igual. Es la puta realidad. Solo pensaba en empotrarla allí mismo, en la cabina del ascensor y contra el espejo. Ver sus tetas reflejadas, rebotando como dos flanes untados en crema y en movimiento. Chocando una contra otra. Y cabalgarla, cabalgarla sujetando las bridas de su cabello en dirección al horizonte. ¡Hi-yo, Silver, away!

—Buenos días, ¿va para abajo? Dijo la chica con aquella vocecita tímida…

—No, ¡¡va para arriba!! -me puse nervioso… ¡claro que la cosa iba para arriba! ¡la tenía en alto desde hacía un mes!… Perdón, estoy dormido todavía… sí, voy al garaje.

La acompañé hasta la tienda de su tío en coche. Una tienda de hábitos religiosos que quedaba en el centro, muy cerca de donde yo tenía mi cita… Parece ser que Pérez quiso recogerla no solo por caridad. Necesitado de unas buenas vacaciones desde hacía años, pronto le entregó las llaves del negocio y se largó a París con un flautista de la filarmónica, dejando sola a la muchacha en esta gran ciudad…

Menos mal que estaba yo, para hacerme cargo…. menos mal…

La escolté hasta la tienda de hábitos… Aquello me ponía más cachondo que si hubiese trabajado en un salón de masajes. Le ayudé a subir la persiana, y con el pretexto de que nunca había visto una tienda igual, me invitó a pasar. Eché el pestillo, y di la vuelta al letrero…”Vuelvo enseguida”

En media hora, ya le había hecho quitarse media docena de hábitos…

Uff, mira que hora es, y aún no me he duchado… ¡¡Y todavía tengo que bajar a ver a Agathita!!

Continuará…