Clica para calificar esta entrada!
[Total: 2 Promedio: 5]

 

Las cosas con Carmencita se fueron complicando. Y todo porque la chica había cogido vicio. Y el vicio te hace actuar sin conocimiento alguno. Pasamos de frotarnos en la trastienda de Pérez, a gozarnos en los probadores de Cortefiel, que encima son de esos de cortinilla que dejan los pies al descubierto.

Empezó a pedirme cosas cada vez más complicadas de satisfacer. Se convirtió en una fierecilla salvaje, caliente e insaciable. Los encuentros eran diarios, y algunos días hacíamos triplete.

Como una gata del demonio, Carmencita, se acercaba desnuda, ronroneando a cuatro patas. Allí en mitad de la tienda de hábitos y con el cartel de “vuelvo enseguida”. Yo la observaba de pie, y la esperaba apontocado en el mostrador, con mis dotes  metidas en un cuenco de leche tibia para su desayuno. Y ella tan viva y risueña, se acercaba muy, muy despacio. Contoneándose, deslizándose por el suelo con una calma que conoce su recompensa, hasta ponerse de rodillas y hundir su cara en el tazón. Me asombraba su pericia para medir la temperatura de la leche con la punta de su lengua y como, acto seguido, se afanaba en relamer el borde hasta beber la última gota, con ese excelso sentido suyo de la limpieza.

Luego retiraba el cuenco con delicadeza, y me ofrecía una pequeña pero efectiva reverencia. Casi pidiendo permiso para volver a practicar con mi cuerpo. Y de nuevo acercaba su cara, y hundía su nariz en mis ingles, dando comienzo a un juego de palabras sin sonido. Mensajes en código morse, que yo debía descifrar, si quería que continuase… Me puteaba. ¿Donde habría aprendido esta chica tanto?… si el novio de pueblo era de los de meter y sacar. No necesitaba saberlo, solo experimentarlo.

Me transmitía toda la información por impulsivos golpecitos de lengua. Un potente emisor de señales eléctricas que dominaba a la perfección el positivo y el negativo. Su preciso ajuste de tensión y presión para enviarme hasta treinta caracteres por minuto, me ponía frenético. Y yo que no entendía en absoluto lo que quería decirme, solo pensaba en metérsela hasta la campanilla, pero ella no me dejaba…

Durante cinco días estuve aprendiendo el código morse. Hasta que por fin, conseguí descifrar sus eróticos mensajes secretos. Y entonces ella, dispuesta a pagar lo que se me debía, se recostó sobre el mostrador, entreabriendo sus piernas, con la sonrisa más lujuriosa que yo recuerde haber visto jamás.

Continuará…