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La naturaleza humana es sencilla y predecible. Tanto que, podríamos concentrar la felicidad y reducirla a tres placeres primitivos y un solo goce verdadero. Ejem, ejem y ejem. Todo se reduce a eso. Solo eso. De cintura para abajo seguimos siendo prehistóricos en las cavernas. Es la puta realidad.

Decía que, nuestra naturaleza es sencilla, básica, salvaje. Yo, por ejemplo, estoy deseando encajarla en el huequito de Ágatha. No puede ser que esté encerrado en casa durante cinco días, que tenga a una vecina potente pidiéndome  a gritos  ver el cabecero de la cama, y que se pasen los días sin lograrlo.

A veces pienso en escribir mis memorias y acto seguido me viene a la mente la historia de Minerva, la viuda de Ristendi, mi compañero de necrológicas, en Milán.

Recuerdo cuando Minerva llegó a la redacción. Yo era un joven becario demasiado novato en todo. Un tímido enamoradizo e inexperto, que se sentía terriblemente atraído por unas piernas bonitas y una señora bien vestida… Minerva era como esas actrices italianas de los 50. Maciza e imperiosa. Sensual e inalcanzable. Una exuberante diosa romana de la fertilidad. Viuda a los ocho meses de celebrar su lujosa boda en Milán, se quedó tan triste y desmotivada que, pidió un traslado urgente de oficina, y de país.

Y fue así como apareció en nuestras vidas para deleite de los simples mortales. Pequeños hombrecillos que jamás habíamos visto una mujer de esa talla, más que en el cine.

Tenía todas las curvas del mapa encerradas en su cuerpo. Resultaba fácil marearse con tan solo mirarla. Curvas, y más curvas… Estábamos hipnotizados, idiotizados con el vaivén de su caderas. Su curvilíneo trasero enmarcado siempre en faldas rectas, nos invitaba a soñar con sus muslos duros y torneados. Malabaristas en equilibrio sobre tacones de vértigo.

Pronto olvidó su pena, todos la mimábamos demasiado. Y ella… ella se dejaba querer en su afán por salir de la tristeza.

Su puesto como secretaria de dirección potenciaba su estilo. Siempre tan atractiva, tan educada en el trato. Con ese dominio de lenguas, seis idiomas nada menos. Yo soñaba con sus clases privadas de francés, de griego, de ruso, y hasta de cubano. Minerva se convirtió en el brillante objeto del deseo,  tan codiciado por todos nosotros, que nos matábamos por ir al baño, tras verla caminar por los pasillos de la redacción. Se trataba de una fantasía recurrente. Hasta aquel día, el día en que…

Siempre recordaré ese viernes. Fue una mañana de locos en la que esperábamos la visita de unos inversionistas interesados en impulsar el periódico, darle un giro al contenido y una mayor proyección de futuro. Todo debía estar en perfecto orden de revista si no queríamos que el socio inversor saliese huyendo.

Mi jefe inmediato me mandó al cuarto de los ratones, a desatascar la fotocopiadora. El trabajo de los becarios es así de ingrato. Al parecer, alguien la había atrancado de papel al darle varias veces a imprimir sin lograrlo. Tuve que desenchufarla, abrirla y meter mi cabeza hasta el fondo.

Cuando estaba afanado, con la cara llena de tinta y sudando como una foca en un pajar, sentí abrirse la puerta del cuartillo. Tenía la cara hundida dentro de la fotocopiadora, solo pude girar un poco el cuello y mirar hacia el suelo.

Lo que vi fueron unos sugestivos tobillos y unos tacones de charol rojo… ¡Dios! Ese color impactó de lleno en mi cerebro. Imaginé que ella estaría observando mi trasero, por la postura que yo tenía, con la cabeza hincada en las entrañas de aquella maquinaria.

Mi imaginación se disparó, pude sentir hasta el roce de la palma de su mano en mis nalgas. Se me puso dura al momento. Y no era plan de girarme a saludarla. Durante cinco absurdos minutos ella me hablaba y yo le contestaba de espaldas, con el pulgar hacia arriba… Sin sacar la cabeza de la fotocopiadora.

Me puse nervioso, ahora sudaba como un cerdo. La oía hablar, y yo solo contestaba con un: Aham, ahamm, aaham. Mi nivel de timidez resultaba patético, decidí sacar la cabeza y dar la cara.

Pero al girarme e incorporarme, se me enganchó la cremallera en el tirador, ¡¡lo que me faltaba!!

Ahora me encontraba intentando desengancharme. Dando saltitos con la “estrella del rock” dura como una banana verde. Enganchado a una puta fotocopiadora. Minerva se tapaba la boca para que las carcajadas no alertaran a los demás… Ni en mis peores pesadillas habría imaginado que mi primer encuentro con ella, sería así. Después de unas risas, ella se puso más sería y me dijo…

—¿Necesitas ayuda?

—Joder, sí nena… ¡vamos!

…Eso, eso es lo que yo habría querido decirle de ser un tío duro, y no un gili. Me contuve.

—Sí, claro. Te lo agradecería, es una situación incómoda… Te lo ruego, ¡¡¡ Ayúdameeeeee!!

Me faltó echarme a llorar. ¡Qué desastre!

Y Minerva sin dejar de sonreír se acercó peligrosamente para soltar mi cremallera. Fue mucho peor, creí que el pantalón estallaría. Me estaba mareando. Normal, la sangre no me llegaba al cerebro precisamente. Me daba cien vueltas la habitación por cada roce de sus manos en plena maniobra de salvamento.

Por fin pudo liberarme…

Le di las gracias sin dejar de mirarla a los ojos… Y se fue sin decir ni adiós, pero dejándome el espléndido paisaje del contoneo de su trasero en equilibrio con sus zapatos rojos. Suspiré viéndola marchar… Imaginando como sería tenerla en la cama. Era una mujer volcánica, que siempre me ponía a punto erupción.

Intenté volver en mí mismo, dejar de soñar despierto. Como pobre mortal.

Pero, para mi asombro, Minerva no salió del cuarto… La diosa italiana echó el cerrojo de la puerta, y se dio la vuelta caminando hasta mí. No sabía si gritar o correr… o quedarme a morir de pie y de gusto.

Un hombre puede estar encantado, con todas las señoras, es cierto… Pero con Minerva, mucho más.

Se acercó a mi cara, hasta rozarme con sus gruesos labios, respirando cerca, sin llegar a besarme… Repasó el perfil de mi boca con su lengua exploradora, en una febril degustación… Y después se fue deslizando hasta el suelo, pasando sus manos por mis hombros, pecho, cintura, y ponerse al fin, de rodillas frente a mi…

Rodeó mi trasero con sus brazos para acercarme a su boca. Y con la pericia de un taimado ladrón, atrapó entre sus dientes la cremallera, bajándola del todo… Mi puntal salió disparado, dándole una buena cachetada en toda la boca. Me miró divertida y  encantada de conocerla. Acto seguido, hundió su cara en mis ingles, besándolas muy despacio, poco a poco, a pequeños mordiscos.

 

Y entonces, la puta comisión de inversores en pleno, llamó a la puerta… ¡¡¡JODERRRRR!!!

Continuará….