Perdí la noción del tiempo. Las horas con Carmencita pasaban sin darnos cuenta. En casa y en el trabajo la gente empezó a reclamarme.

Y es que, cuando uno ha cogido vicio, se pierde sin remedio.

Decidí que lo mío con la sobrina de Pérez, debía terminar. Había que zanjar el tema por completo. La chica ya conocía la ciudad y sus garitos más oscuros. Era el momento de dejarla marchar. Le iría bien, estaba seguro de ello. Durante algunas semanas estuvo buscándome. Intentando soliviantarme con algunos toqueteos dentro del coche. Me asombraba su soltura, la destreza con la que se comunicaba conmigo sin palabras, tan solo con los golpecitos de lengua, en la cumbre del mástil. Y me admiré de mí mismo, del febril dominio adquirido, a la hora de traducir los mensajes en mis dos cabezas.

Dije adiós a Carmencita, sin remordimiento, aunque con cierta pena. Era mi criatura, la que había creado con cada encuentro en la trastienda, pero todo maestro comprende que sus alumnos son gente de paso, y que hay que dejarlos marchar, para que evolucionen con naturalidad.

“Regresé” a casa con mi señora. Ciertamente la había desatendido en el último mes y decidí recompensarla. Le propuse llevarla el fin de semana a la casa de la playa. Nuestros polvos allí, siempre habían sido memorables. Y en cuanto le dije de irnos, preparó la maleta. En cuestión de dos horas, estaba sentada en el asiento del copiloto. Esperando impaciente, como el chiste de las ovejas tocando el claxon.

Amelia es la esposa perfecta. Adivina cada uno de mis defectos y los tolera de forma comprensiva. Me admira, y yo la admiro a ella. Se siente segura a mi lado, porque yo también conozco sus debilidades… y las alimento sin temor.

Salimos a cenar al restaurante del acantilado. La noche parecía amenazada por una de esas tormentas de verano, con viento, truenos y rayos. Me agradaba. Me pareció el escenario perfecto para retomar con fuerza lo nuestro. Las noches en el CocoBonGo Sound Machine son siempre un espectáculo. La esplendida orquesta al más puro estilo west coast jazz de los 50, ameniza con elegancia las veladas, envolviendo la cena de un aire muy cinematográfico, muy chic.

Aunque a mí, lo que más me gusta del CocoBonGo, son los bongos de Monny, la atractiva cantante de jazz. La Gilda de mis sueños.

Ordenamos pronto la cena. Dos langostas a la parrilla y dos botellas de Champagne, francés, of course. Siempre pedimos lo mismo, es un clásico nuestro. Eso, y el postre de chocolate tibio que acabamos por terminar… en el ascensor.

Amelia estaba muy guapa, como de costumbre. Llevaba, a petición mía, uno de esos vestidos lenceros de seda salvaje, sin ropa interior. Un hecho que resaltaba e insinuaba aún más, sus magníficas formas. Y entre sorbo y sorbo, el fino tirante caía deslizándose como una pluma sobre su hombro. Y ella me miraba expectante, resoplando su flequillo. Sumisa, esperando que yo la rescatase con un dedo, para recompensarme presurosa, por debajo de la mesa. Masajeando, presionando mis atributos con su pie descalzo. Y yo extático, la miraba… entre descansos, eso sí, de mi intenso espionaje a Monny.

Esa noche, quise regalarle a mi esposa algo que no olvidaría jamás. Uno de esos regalos que marcan un antes y un después en la historia de cualquier pareja. Invité a Monny a nuestra mesa, y pedimos otra botella de Champagne. Las dos mujeres no paraban de reír con mis ocurrencias. Saqué de mí caja de sorpresas, varias de mis mejores historias y me esmeré en aliñarlas con cierto aire picante. Fui dirigiendo con maestría el tono y el fondo de la historia hacia una calle,  que solo puede tener dos salidas… y un salido.

Las chicas se fueron animando. Sus miradas chisposas y llameantes, me pedían que fuese más allá con mis cuentos. Me fijé en sus bocas, el modo en que se entornaban esperando ser mordidas… Las miré sonriendo, complacido por su disposición al juego. Y extendiendo mis brazos, acerqué cada una de sus cabezas  hasta unir sus vertiginosos labios… Se besaron ante mis ojos, y pedí la cuenta…

Continuará…