Son las dos de la tarde. La hora perfecta para bajar a casa de Agatha. Tomaremos algo ligero. Porque digo yo, que dirá ella: “el pobrecito vendrá hambriento”… Y algo me ofrecerá. Momento en que yo aceptaré su propuesta y después, en los postres… ¡Zas!

Y a volar, que ya está bien. Que llevo dos días recalentao y en remojo.

A ver si me va a tener esta, como la mujer de Avellaneda, el farmacéutico de la esquina.

Y mira que la estaba viendo venir, «Apolito, que no es mujer para ti, que esa sabe latín y fórmulas magistrales». Pero a veces la picha se me pone tonta, y me consume toda la energía y se pone a pensar por sí sola… Y me monta cada sarao, que no puedo con la vida.

Yo había ido por un encargo que no era para mí, pero quién le explica eso a Pilar, con la farmacia llena de abuelos con tos-ferina y mamás con cangrejera. Esa es otra…. las mamás, que me comen con la mirada. ¡Y ya está bien! yo no soy ningún muñeco de tarta, no tengo que salvarlas a todas, ni hacerles sus fantasías realidad. Joder, que soy un hombre sano. No un adicto como Michael Douglas. Que yo no estoy todo el día chingando por vicio. A lo mejor hay ratos que me destrozo a pajas, eso es verdad, pero luego paro… Y picoteo algo de comer y veo algunas series. Que lo mío es por diversión sana. Y no puedo estar aliviando a todo el barrio.

El descaro de Pilar creció por momentos. Fui por un lubricante que el ginecólogo le había recetado a mi mujer, para los ejercicios con las bolas chinas. Y Pilar, con esa cara de vicio, me dijo que pasara más tarde a recogerlo, cuando lo tuviese listo. Y Prudencio, su marido, al lado. ¡Yo no tengo edad de estar partiéndome la cara con señores del barrio!

Dejé de ir a la farmacia durante dos semanas y en lugar de olvidarme, empezó a mandarme notitas. Al principio me las pegaba en el cristal del coche, pero viendo que no le hacía caso, empezó a dejármelas en el buzón de casa.

Tengo todo el lubricante en el almacén. Ven para que veas”

¡Lo que me faltaba, tirármelas y después hacerles una auditoria!

En vista de que no le hacía caso, se fue crispando poco a poco. Una mujer desatendida es un detonador nuclear en manos de Homer Simpson. Las notitas fueron subiendo el tono, pero en plan violento. Sus mensajes eran cada vez más agresivos, y me advirtió que no pararía hasta que se la metiese. Que ¿cómo se me ocurría abandonarla y sacársela, sin habérsela metido? Y que si no lo hacía, me atuviera a las consecuencias. Tuve que tomar una decisión. ACEPTÉ la misión.

Pero eso sí, tomé mis medidas. Le propuse una escena de película, que no podría rechazar. Yo llevaría un maletín con una serie de utensilios para satisfacerla. Me encargaría de que ella cumpliera su fantasía. Pero todo tendría que ser con los ojos tapados, y sin hablar. Accedió encantada. Le pareció incluso más morboso.

Y entonces llamé a Vicenzo, el redactor jefe de deportes de La Roma. que estaba pasando unos días en Madrid. Y en agradecimiento por su silencio y discreción respecto a la videoconferencia con Sonia, lo invité al juego.

Le advertí, que la señora en cuestión deseaba cumplir una fantasía. Pasar una noche con un hombre sin verlo, con los ojos tapados. En silencio, sin hablar. Y que estaba dispuesta a todo. No había ninguna otra restricción respecto al encuentro.

A Pilar la cité en un edificio de apartamentos muy chic. Se alquilan por noches completas o por horas, pero yo tengo tarifa plana que renuevo cada año. Para esta ocasión pedí el estudio del ático, y allí la llevé.

Entramos discretamente. Iba explicándole algunas curiosidades del edificio, pero ella no mostraba el más mínimo interés. Y nada más cruzar la puerta de la habitación, se encaramó a mi cuello y me aprisionó con sus piernas. Casi me tira. Agarré su culo a dos manos para que no se cayera, y la llevé a la cama directamente.

La lancé con fuerza al colchón, me sentí como si fuese Tarzán. Su minúsculo vestido me dejó entrever que no llevaba ropa interior. Me acordé de Instinto básico, encima la puñetera se parecía a la protagonista. Rubia y maciza, con mirada de bruja que quiere cobrarse algo.

Me la habría tirado cien veces seguidas, pero me molestaba que quisiera manejarme. Que fuese capaz de amenazarme tan fácilmente. No me gustan ese tipo de mujeres, por muy buenas que estén. No disfruto el momento, no me divierte, y pierdo el interés.

Pero con ella tenía que quedar bien, y la intervención de Vincenzo iba a ser providencial.

Acaricié los tobillos de Pilar, y fui subiendo hasta las rodillas. Con su lasciva mirada y sonriendo, se subió el vaporoso vestido hasta la cintura. Y yo se lo subí un poco más, hasta tapar su cara con él.

A partir de ahí le pedí silencio. Ya no estaría permitido hablar, ni ver. Tapé sus ojos con una cinta ancha, y até sus manos como cautiva, por encima de su cabeza. Hice pasar al erecto Vincenzo, que aguardaba la señal para entrar, escondido en el rellano de la escalera.

De nuevo extasiado, con aquellos ojos abiertos, grandes como huevos. Se relamía desnudándose impaciente, sin esperar a que yo saliese de la escena. Miré por última vez a Pilar, que se retorcía y mordía los labios, tendida y atada en la cama. Moviendo las caderas, reclamando. Esperando ser ensartada por un misterioso hombre silencioso.

Continuará…