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Tan entusiasmado estaba con los volcánicos mordiscos de Minerva, que no escuché los golpes en la puerta. Ni siquiera pensé en el peligro que suponía ser descubierto, pero al momento surgió la inevitable pregunta… ¿Y ahora qué, chaval?

¡Con el trabajo que me había costado conseguir un puesto en el periódico! Y allí estaba yo, cagándola una vez más en mi vida, con los pantalones en el suelo. Maldiciendo mi mala suerte y esperando a ser pillado in fraganti por los socios inversores.

No sabía qué era peor, si desperdiciar el apoteósico temblor de los labios de la italiana en mi ingle, o perder el trabajo y ser despedido con honores de idiota. Necesitaba un sueldo, pagar el alquiler.

Llevaba pocos meses viviendo en Madrid. compartiendo piso con una chica..

Candela, era actriz. Alguien que intentaba hacerse un hueco en la ciudad de las mil oportunidades. Lo cierto es que éramos unos “mataos” sin dinero, pero vivíamos en la gloria. Ahora lo veo con más claridad que nunca. Juventud, libertad, independencia. Una gran ciudad, y todos los sueños por estrenar. Sin duda, fue la mejor época de mi vida.

Candela, trabajaba por las mañanas como camarera en un VIP`s, y por las tardes, asistía a clases de interpretación. Algunas noches acudía a estrenos de teatro o cine, donde se relacionaba con gente del mundillo. Y otras noches, me las dedicaba a mí. Casi nunca estábamos en casa. Pero cuando coincidíamos… era algo especial. Esa sensación de hogar fresco, sano y ventilado. Nuestra amistad estaba blindada, a salvo de cualquier inclemencia.

Lo cierto es que en medio de esa sana amistad, también existían momentos de enorme tensión sexual. Momentos descalzos, en el sofá, o en la cocina. Candela era melosa, entregada a los placeres de las delicias más dulces. No era raro encontrar en casa cuencos de higos, nubes, uvas y dátiles dorados. Pero no le gustaba comerlos a solas. “Las cosas dulces a medias, las amargas… en solitario” Ese era su lema. A veces tomaba una nube entre sus labios, y me ofrecía morder el otro extremo empujando con su lengua. O sostener racimos de uvas por encima de mi cara, para que yo los atrapase con mi boca al vuelo. Le gustaba acariciarme los pies, mientras veíamos alguna peli. Amorosamente, sin prisa. Entusiasmada, como si comiese algodón de azúcar o una piruleta en el cine. Me tenía siempre con el mástil tieso. Ella parecía no darse cuenta, pero sonreía y luego seguía chupando mis dedos… desde el pequeño al más gordo.

No pasábamos de ahí. Era un momento perfecto, relajante. Solo eso.

Pensé que, si nos enrollábamos, nuestra amistad acabaría por estropearse. Aquellos momentos de intimidad entendida y compartida, eran únicos. Difícilmente de explicar a otros.

Pero nosotros nos entendíamos de maravilla. Incluso sin hablarnos. Encendíamos varillas de incienso, y velas por toda la casa. Creábamos belleza en espacios efímeros, decorados mágicos de un solo uso… Una de esas noches enmeladas, de cine y chupeteo, sucedió algo… Algo inesperado.

Candela, se sentó, en una esquina del sofá, con las piernas cruzadas como los indios, y tomó mis pies entre sus manos. Besó cada uno de mis dedos, y pasó su lengua por ellos. Yo estaba encantado. Tumbado. Totalmente relajado. Candela conseguía hacerme olvidar mis pequeñas preocupaciones, y yo me recreaba en el rojo intenso de su cabello, o me perdía en el misterio de sus enormes ojos verdes.

—Candela, he pensado muchas veces en ti. En lo agradable que es volver del trabajo y encontrarte en casa.

—No creas, yo también lo he hecho, dijo mientras mordía un regaliz. Pero te confieso algo, no solo he pensado en volver a casa y encontrarte. A veces he fantaseado con la idea de enrollarnos. Incluso he llegado a imaginar que al llegar a casa te encontraría en la cama con una mujer. ¿Te imaginas?

—Ah, ¿si? No sabía. Y ¿qué sientes cuando piensas en esas cosas?

—¿La verdad? La verdad es que cuando lo hago, solo veo una opción posible. Desnudarme y unirme a vosotros, Candela sonrió guiñándome un ojo.

—¿En serio? ¿Has fantaseado en hacer un trío? ¿conmigo? Nunca dejas de sorprenderme, niña. Pero me halaga. Me gusta que imagines cosas así. Me pone. ¿Lo has hecho antes?

—No, no ha surgido la posibilidad con nadie más. Tuve ofrecimientos, sí, pero gente que no me interesa para nada.

—Y cuando imaginabas verme con otra chica… ¿le ponías rostro?

—Sí, siempre es la misma chica.

—¿En serio? ¿te has enrollado ya con ella? ¿La conozco? ¡joder, Candela! Quiero saber quién es… ¡Cuéntamelo todo! No sé cómo te las apañas, pero siempre acabas poniéndome de aquella manera.

—Bueno, ella es muy cariñosa. Es como una cachorrita suave y juguetona. Siempre está dispuesta, esperando el momento de acariciarte, o enjabonarte. Le gusta que nos duchemos juntas. Sí, eso le encanta. También hemos probado algún que otro juguete sexual, dentro y fuera del agua. Pero no hemos llegado a otros extremos.

—¡La hostia, Candela, calla ya! ¡Calla ya, alma de Dios! Tú sabes lo qué estás diciendo? ¿Tú sabes el efecto que causa en un tío, oír algo así? Es demasiado calenturiento imaginarte hacer esas cosas con otra chica. ¿La conozco?

—Sí, te he hablado de ella, pero nunca os habéis visto. Es Liu, mi hermana adoptiva.

—¡¡Joder!! ¿La filipina?

—No es filipina, ¡es thailandesa!

—¡Joder, joder! ¡¡Mira lo que has conseguido!!

Allí estaba yo, empalmado como un quinceañero. Con la tienda de campaña montada en todo lo alto. Recreándome en las imágenes que me venían a la mente… Las dos hermanitas y yo…. Esto no iba a quedar así. Ya no. Ni hablar. NO…

Candela empezó a reírse, sin dejar de chupar mi dedo gordo del pie, diciéndome…

—Me gustas, pequeño saltamontes. Me gusta cuando callas, cochino, porque imagino lo que piensas. Me gustas cuando te descalzas y saboreo tus dedos, y las cosquillas que siento en los labios, mientras te pruebo. Me pregunto: ¿A qué sabrá el más gordo de tus dedos?

Por cierto, mañana por la noche viene Liu a cenar en casa. Llegará antes que yo, a eso de las ocho. Espero que la trates especialmente bien.Ya sabes, será nuestra invitada…

Continuará…

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Marley

Un pequeña mota en un inmenso mundo, en constante cambio y evolución. Escribo juntando letras que forman palabras. En ocasiones dan lugar a mundos de color, en cambio otras, borrones de tinta sin forma... De todo ello se alimenta mi espíritu. Amo la música y el cine clásico, el olor que desprenden los libros y la tierra mojada tras la lluvia... Amo estar viva para poder seguir creando cualquier cosa que aporte amabilidad al universo.
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