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Cuentan que un día el Sol se apagó de golpe, y la Tierra ya en penumbra, no pudo más que detenerse a admirar la belleza que existía en la oscuridad.

Ese día, el día en que se hizo noche eterna, las personas se sentaron a contemplar el cielo, solo ellas y la negrura de un firmamento alumbrado por brillantes luceros.

Y cuentan, que las personas bajo un manto de estrellas se hablaron unas a otras, como antes jamás lo habían hecho. Sin tener conciencia del tiempo, sin importar si era noche o día. La luz se apartó para dar paso al conocimiento en su estado más puro.

Y las personas formaron círculos, sentados en torno a una fogata que no ardía, pero que imaginaban. Alguien dijo que incluso podía sentir su calor. A otro, le pareció quemarse las suelas de sus zapatos. Algunos disfrutaron con el olor a leña quemada, y otros sencillamente, sentían arder su pecho en llamas.

Hablaron sin que el tiempo ni el espacio se lo impidiese. No amanecía, porque no anochecía.

Y las personas fueron conversando unas con otras, inventando cuentos e historias, algunas reales y otras inventadas. La imaginación fue abriéndose paso entre la  oscuridad, y le ganó la batalla a la rutina, a la soledad.  Y la gente se arremolinó en torno a inmensas fogatas inexistentes, emocionados, no podían dejar de hablar y contar historias. Y sonrieron soñando, como nunca antes lo habían hecho.

Sin luz nada importaba, no se veían las caras ni sus ropajes, no existían muros que los separaran. Y sopló con fuerza y sin freno un viento bohemio, que se encargó de llevar la voz de fogata en fogata. Y fue en medio de la oscuridad, donde encontraron el secreto que encerraban sus corazones.

Y se conocieron todos, en profundidad, y se amaron con esa ceguera valiente, con la que tan solo es capaz de hacerlo el alma.